Bitácora de una planta en resistencia

Por Arizbell Morel Díaz

Día 501 de cuarentena:

Me he convertido en una planta y hoy me he dado cuenta. Mi sobrino, a sus escasos y fructíferos seis años, me lo ha dicho sin pelos en la lengua: “Tía, te has convertido en una planta de cuarentena”, dijo mientras me regaba esta mañana. ¿Qué por qué una planta? Eso no lo sé, le voy a preguntar. Ahora regreso. 

Ya tengo su respuesta y no sé qué pensar sobre la capacidad de los niños para decirnos la verdad. Como en el cuento del Traje del Emperador, este niño me ha dicho lo que realmente soy: una planta de cuarentena. Y una de sombra, para acabar de completar mi nostalgia. Al parecer todo comenzó ahí del día 120, cuando él notó que yo ya casi no me movía del sillón de la sala, más que para ir al baño. Según Cristian, a los 200 días yo ya era verde y no me había dado cuenta. A estas alturas, supongo que es inútil. Nadie le dice al niño que regar a su tía está mal.

Y sin embargo tiene razón. Desde hace unos días notaba un olor a moho, a humedad rancia que no sabía de dónde provenía. También hoy me di cuenta de lo difícil que es aceptar nuestro propio aroma, de la pesadumbre que da saberse viva, comprender que de mi cuerpo nace algo intangible que me puede resultar repulsivo. Esto nunca me había pasado, había vivido veinticinco años sin darme cuenta de que el cuerpo humano apesta. ¡Qué feliz es la ignorancia de quién se ignora a sí mismo! Pero ya no hay vuelta atrás, hoy sé que mi olor es el de las páginas viejas remojadas en café, el de los rincones de esta casa que me asfixia y que me ha convertido en un rehén vegetal dentro de sus paredes color crema. Mientras la vida sigue, yo, finalmente he mutado. 

En el fondo de mi ser, en las entrañas de mi tallo, no me ofende en lo absoluto. Después de todo, las plantas siempre me han parecido muy bonitas. Tocar sus hojas, sentir la imperfección de su lustre siempre me ha proporcionado un gran placer. Sólo que nunca pensé que me uniría a ellas. Ahora, ya es muy tarde. Ahora (y gracias a la astucia de un niño de seis años) sé que la razón de que mis brazos me pesen es que se han convertido en ramas. También ahora sé por qué me pesa escribir estas líneas, es que de mis dedos cuelgan flores doradas que algún día próximo serán frutos. Me preguntó si Cristian querrá cosecharlos. Qué clase de frutos tendré aún no lo sé, pero espero que sepan bien con miel. 

Creo que así me podrían dar un buen uso: Mi madre puede dedicarse a vender mi mermelada como algo exótico y vegetariano. Será la primera empresaria en la exportación de mermelada humana, todo un honor para la madre de una niña que soñaba con ser poetisa. Pensándolo bien, ser planta no está nada mal. Antes, cuando era humana, siempre tenía que ser alguien, ser buena para algo. Y la gente no espera eso de las plantas, ellas son bonitas y ya. O frescas y ya. O dan frutos y huelen bien y uno procura que vivan a costa de desvelos y riegos y (en el mejor de los casos) de fertilizantes costosos que prometen lo que el viagra y los laxantes: volver al intoxicado la versión más atractiva de sí mismo. 

Lo único que extrañaré de ser humana es ver a mi abuela. Ella seguramente estará muy sola y me extrañará. Aunque ahora que lo pienso, no la he visto en estos días. ¿Por qué será? ¿Se habrá convertido en una planta también?

Si mi abuela fuera planta, seguro sería un lechuga o un árbol de mandarinas. No podría ser de otra forma. Ella siempre nos alimentó de alguna manera y sus cabellos abundantes caían sobre su cabeza como si fuera una palmera. ¿Qué por qué no puede ser palmera? Porque mi abuela nunca nos dio cocos. Ella siempre fue así. 

Otra cosa buena de ser planta: las horas pasan más rápido, Cristian me acaba de regar otra vez. Él dice que me va a regar de mañana y de noche. Entonces, supongo que ya es de noche. Es muy bonita la noche que todo lo permite y nada lo juzga. Ahora que soy planta, por fin puedo platicar con la Luna y las estrellas a gusto. Aunque ellas sigan estando muy lejos, para escuchar se necesita justamente eso.

Me preguntó si podré morir en mi estado vegetal y cuando pasará. ¿Qué se sentirá morir como planta? O simplemente transmutaré en un nuevo brote que nunca tenga fin. Ya lo he dicho, ser planta en el COVID es lo mejor que me pudo pasar. Además, ya no podía ser poetisa. Después de la pandemia, nadie quiere ni necesita algo tan inútil como el arte. La última vez que vi las noticias, ni siquiera hablaban de ello. Ser planta, dar frutos que vayan bien con miel es lo mejor que puedo ser. Porque de otra manera, sería solo un adorno en esta casa. Y al ser vegetal, hasta soy un entretenimiento útil para Cristian. Mi hermana ya no se puede quejar de que no le ayudo a cuidarlo. ¡Quizás como planta sea la mejor versión de mí misma que pueda existir!

Sin embargo…tengo una picazón que no me deja existir. Algo que roe mi tallo peor que los insectos y que me irrita más que la falta de agua. Lo voy a decir, tal vez así me olvidé de ello: Me niego a dejar de escribir. Después de todo, si me van a explotar en la cosecha debo tener algún placer de vez en cuando. Hasta las plantas necesitan darse sus gustos. Espero que nunca sé les ocurra quitarme este cuaderno. También espero que cuando Cristian crezca no se avergüence de mí, de mi nueva naturaleza. Creo que espero demasiadas cosas para ser una planta y no poder ni moverme. Pero eso también es parte de mi nueva naturaleza: esperar. La paciencia de observar los ciclos interminables es otra de mis virtudes de vegetal. Cuando el mundo siga corriendo, yo seguiré en este sillón, como la planta de sombra que ahora soy.




Arizbell Morell Díaz

Estudiante del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Teatrera, investigadora y escritora en formación. Recientemente, uno de sus ensayos ganó el concurso “La necesidad de una pausa” convocado por la Cátedra Bergman. Además publicó un ensayo académico “Bajo Tierra: La tierra en nuestros huesos” en la revista independiente Pérgola de humo.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

Un comentario en “Bitácora de una planta en resistencia

  1. Creo que convertirse en planta es una oportunidad de ver la existencia desde otra perspectiva, y si
    de preferencia da flores y frutos. Fabulosa metáfora del encierro y la re-composición del yo por medio de la reflexión. Felicidades Arizbell.

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