Ojalá hubiera

por Vane Aguilar

Ojalá hubiera logrado transmitirte la espiral de emociones que erizaron mi pelaje la primera vez que me tomaste entre tus brazos. ¿Notaste el brillo en mis ojos y cómo mis orejas se irguieron al tiempo que mi rabo abanicaba el breve espacio que nos separaba? 

Ojalá hubiera podido comunicarte que el clímax llegó cuando nuestros ojos hicieron contacto. Que se trató de un amor a primera vista porque nuestros latidos se acompasaron. A partir de entonces comenzaste a pronunciar una palabra: Bombón. La repetías cada vez que me mirabas o deseabas decirme algo. <Bombón, ven. Bombón, no muerdas eso. Bombón, aquí no. Bombón, esto. Bombón, aquello>. ¡Qué habilidad para hacerme entender que ese era el nombre que me habías dado! La misma que mostraste cuando colocabas en el piso varias hojas de periódico que después yo mordisqueaba o mojaba por mera travesura, entonces sustituías la primera hoja por otra; lo hiciste muchas veces, las suficientes hasta que logré comprender que ese era el rincón destinado para mi orina. Por eso te seguía a todas partes, porque a tu lado me sentía a salvo, así que me esforzaba por no perderte de vista. 

Ojalá hubiera expresado de otro modo cual duro resultó acostumbrarme a tu ausencia matutina; cuando salías y la puerta se cerraba detrás de ti pasaba horas echada en el sofá con la cabeza recargada en la ventana y los ojos fijos en la nada. Esperaba y esperaba hasta que tu aroma se colaba por mi nariz, entonces de un salto llegaba hasta la puerta y olisqueaba por la hendidura hasta que esta se abría y ahí estabas de nuevo tú. ¡Cuánto adoraba la melodía que componías cuando agitabas mi plato después llenarlo con un montón de bolitas coloridas y deliciosas que previamente remojabas para evitar que me atragantara! Y cuanto lamento los rasguños de emoción que quedaban tatuados en tus piernas y brazos. En un par de días llegaste a conocer lo suficiente a esa bolita inquieta de pelo azabache, encías desnudas y ojos grandes que se tambaleaba al emprender una carrera cuando intentaba llegar a tu lado. ¿Recuerdas nuestra primera noche juntas? Llevaste una mano hacia tu rostro y frotaste tus ojos aun adormilada, mi afán de llamar tu atención hacía qué, sin querer, frustrara tu descanso. La falta de costumbre hizo que un principio me ignoraras, pero no desistí y continuó mi ulular. Cuando al fin me escuchaste y tus párpados se despegaron te incorporaste y fijaste tu atención en la frazada que habías acomodado con sumo cuidado sobre el piso, lo suficientemente cerca de tu cama para mantenerme vigilada. Me buscaste, después arqueaste una ceja al notar que la cobija se arremolinaba en el marco de la puerta de tu habitación. Te levantaste, la acomodaste en el mismo sitio de un principio, me tomaste en brazos y me acomodaste de nuevo sobre esta. <Es hora de dormir>, susurraste antes de posar tus labios en mi cabeza. 

Ojalá hubiera esquivado el miedo que me embargó la primera vez que me llevaste con un desconocido que usaba una bata con estampado, ese que me acariciaba con brusquedad y me hablaba con tono mimoso. El sitio olía al desinfectante que usabas para limpiar el piso de nuestra casa; ese día me pincharon en el lomo y en la patita, según tú para protegerme de enfermedades mortales. Silenciaste mi alarido con caricias y palabras lindas al tiempo que me acunabas en tu regazo. Estar tan cerca de tu pecho me calmó de inmediato porque escuchaba el latir de tu corazón, sobre todo, porque tu olor se intensificaba justo en esa zona. Cuanto me apasionaba cuando sonreías y festejabas cada uno de mis logros con la misma intensidad con la que me reprendiste cuando destrocé las pantuflas que acababas de comprarte o cuando arranqué las flores de los macetones y dejé esparcida la tierra por toda la casa. Entonces decidiste llevarme al parque dos veces por semana, según tú eso ayudaría a gastar la energía que se acumulaba en mi pequeño cuerpo. Quizás era la razón de mi inquietud. <Me lo ha recomendado un amigo>, confesaste con las mejillas encendidas mientras caminaba a tu lado y sujetabas con fuerza la correa que se anclaba al collar de cuero que habías colocado alrededor de mi cuello. 

Ojalá hubiera conseguido retribuirte cuando en nuestro primer viaje juntas tuviste que detenerte un par de veces en la carretera, la falta de costumbre había provocado que ensuciara tu auto con una sustancia viscosa y agría que, sin querer, brotó de mi garganta. O el momento en que me ofreciste un poco de agua y bajamos para dar una caminata solo para relajarme. Y cuando llegamos a esa linda casa y de inmediato desabrochaste el collar de la cadena para permitirme inspeccionar y olfatear cada centímetro del enorme jardín para después marcar con mi esencia cada una de las plantas que custodiaban la entrada. No me detuve hasta que descubrí la imagen que reflejaba el agua cristalina de la piscina: tu rostro.

Ojalá hubiera rogado por que el desapego te sedujera al paso del tiempo y de ese modo restaras atención a ese instante en que mi energía comenzó a menguar. Un bicho extraño se había adherido a mi piel y de a poco fue mermando mi salud.  Intenté camuflar las señales de alarma, pero tú eras tan observadora que no pasaste por alto ese olor tan peculiar que despedía mi cuerpo ni la rapidez con la que mi pelaje empezó a desprenderse hasta dejar mi piel desnuda. Entonces las visitas a ese sitio que olía a desinfectante se volvieron una rutina y, por un largo periodo, todos los días me obligaste a tragar una pastilla de un sabor tan amargo que asqueaba. Porque de ese modo evitaría la mortificación que te provocaba mi fragilidad, la misma que podía reconocer por el tono de tu voz, incluso tu aroma se alteraba porque mi cuerpo continuaba marchitándose y nada podía evitar lo que se avecinaba. Hubo días en que solo me levanté para aligerar la sed que me amagaba, la comida especial que preparabas se atoraba en mi garganta y la poca que lograba tragar en minutos salía despedida debido a los espasmos de mi estómago. Eso te aniquilaba. <Bombón, tienes que comer algo>, musitabas con voz apagada mientras te sentabas en el piso, muy cerca de mi rincón favorito, para confortarme. 

Ojalá hubiera podido hacerte comprender que con ese gesto ahuyentabas el dolor. Y cuanto lamento el desconsuelo que te aprisionó en ese instante en que escupí pequeñas partes de mí interior. Agradezco qué no te conformaras, que buscaras alternativas y a pesar de la pesadumbre que te poseyó, te aferraras a ayudarme. «Perdóname por lo que voy a hacer, no tolero verte sufrir». Dijiste con un tono de voz ajeno mientras un manantial brotaba de tus ojos. «Te amo y voy a extrañarte, pero estoy convencida de que volveremos a vernos, aunque no pronto, amiga.»,agregaste, antes de que la aguja penetrara mi piel lastimada y una corriente helada recorriera mi cuerpo.

Ojalá hubiera encontrado una estrategia para detener el tiempo y continuar contigo. Una que te permitiera entender mi lenguaje y te hiciera entender cuánto te quiero.




Vane Aguilar

«Soy autora de cuentos, microrrelatos, relatos y novelas de diversos géneros. He participado en varias convocatorias donde algunos de mis cuentos y microrrelatos han sido seleccionados para publicar en revistas como Diversidad Literaria, en el II Concurso de Microrrelatos sobre la Mujer. Participé en la revista Penumbria, en su antología 42, con un cuento titulado «Mi fantasma», así como en la revista Fantastique con tres cuentos: «Cristi», «Mi ángel» y «El viejo ropero». En la revista La Calaca Cultural fui parte de un proyecto llamado A los Muertos, donde mi relato «Eréndira» resultó uno de los ganadores.También soy autora de varias novelas.

Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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