por Eliana Soza
Los malos recuerdos la atormentaban, ni siquiera los buenos lograban contrarrestarlos. Desde sus miedos a la oscuridad cuando era una niña de tres años, cada rincón del cuarto en el que dormía con su hermano. El color celeste de las paredes, carcomido por la humedad, los cinco nidos de arañas y las trece pieles de esos arácnidos colgando en el cielo raso. Los aullidos de los perros en la calle, las lucecillas extrañas que se colaban por su ventana y los gruñidos bajo su cama, unos guturales que no parecían de ningún animal conocido y que empezaban suavecito, para luego subir y ser insoportables, lo peor era que nadie más no los escuchaba.
Otras memorias insoportables eran: el día que su padre los abandonó, las maletas cafés de cuerina con unas hebillas oxidadas, su pantalón sin planchar, la camisa blanca sin dos botones y el cuello percudido debajo de un saco de paño gastado. Los ojos vidriosos del viejo, pero sin derramar ni una sola lágrima; el vestido amarillo de mamá, manchado con la gelatina del postre, las gruesas gotas que mancharon su rostro destiñendo su rímel, las tres veces que ella le dijo “hijo de puta”, y el silencio absoluto de él.
O el día en el que se quedó sola con el tío Juan, el olor de su ropa a tabaco. Los bigotes pintados de amarillo por los cigarros que fumaba, la nariz y las orejas llenas de pelos y el peinado grasiento. La camisa verde manchada de sudor en sus axilas y la mancha de kétchup al lado izquierdo del pecho. Las manos ásperas y torpes tocándole sus partes íntimas. Después, la vergüenza, las ganas de llorar hasta quedar sin respiración.
Tener estos recuerdos intactos, le quitaban el sueño, la torturaban en el lugar menos pensado: la clase de ciencias o en medio de una película en el cine. Trataba de concentrarse en los buenos, como la sonrisa de su madre cuando aprendió a hablar, sus comisuras formando pliegues en su piel tostada por el sol de verano. La sombra beige en sus párpados, con un delineador café oscuro agrandando sus ojos brillantes y los labios rosados. Ese vestido celeste con una flor roja bordada en el pecho que usaba los miércoles y la hacía verse hermosa.
Cuando su papá le enseñó a manejar bicicleta, su pantalón café combinado con una camisa crema, una de las diez que tenía; la calle vacía, los tres autos estacionados cerca a su casa: un Toyota Corolla rojo y dos blancos uno Hyundai y otro Nissan. La suavidad de los pedales negros, las ruedas limpias, el color azul lustroso de la bici. Las instrucciones de sentarse firme, empezar pedaleando con el pie derecho, mover el manubrio, mirar al frente, levantarse y volver a intentarlo si caía. Al finalizar el día ninguno funcionaba.
Las imágenes negativas daban vueltas una y otra vez en su mente, se tragaban a las buenas. Dominaba cinco idiomas que solo servían para pensar en sus penurias a través de nuevas palabras. Leyó miles de libros que conseguía recitar frase por frase, pero no podía olvidar las figuras vivas que la ahogaban, estrujaban su pecho y llenaban de ira su cerebro. Hasta que entre todas la mataron a sus trece años. El médico forense escribiría en su informe: asfixia por ahorcamiento.
Eliana Soza Martínez
(Potosí , Bolivia). En 2017 participa en la Antología Iberoamericana de Microcuento, compilada por Homero Carvalho. En junio 2018 publica su primer libro de cuentos Seres sin Sombra. En julio, junto a la Editorial Soy libre publica antología de cuentos de terror Macabro Festín. En 2019 junto a Ramiro Jordán publica el libro de microficción y poesía Encuentros/Desencuentros. Uno de sus cuentos es parte de la Antología Cuentos Fuera de Serie de los compiladores: Adolfo Cáceres Romero y Homero Carvalho Oliva. El mismo año es parte de la Antología Escritoras bolivianas contemporáneas, compilada por Rossemarie Caballero Vega, Amalia Decker y Marcia Batista Ramos. También de Nocturnalia, antología de cuentos iberoamericanos, compilada por Walter Saravia y Herejes, cuentos de terror navideño editado por Historias Pulp, España. Participa del Encuentro Internacional de Microficción de la Feria del Libro en Santa Cruz (por dos años consecutivos) y en agosto a la de La Paz. Colaboradora de la Revista Literaria “Letras Itinerantes” de Colombia. Sus cuentos fueron publicados en España, México, Argentina, Chile, Perú, Colombia y Costa Rica. En 2019 gana el tercer lugar del concurso de cuentos “Empoderando a Orange” de la Embajada Norteamericana en Bolivia.

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