Las chicas solo querían divertirse (carta a una amiga) | El retrato de una chica perdida

Por María Fernanda Vázquez

En la semana coloqué mi música en aleatorio, iba tarde porque me quedé dormida gracias a que últimamente no encuentro reposo para la sensación de cansancio. Recuerdo que una vez escuché en la radio a dos locutoras, el programa era de música, era de mañana, las ocho, creo; ellas comentaban que habían dormido pero sin descansar. Supuse que era una exageración y ahora habito en ese oxímoron a mis veintipocos.

No está mal.

Es decir, sistemáticamente está mal acostumbrarse a ello, el sistema en el que nos engranamos todos los días no debería ser así; pero no está mal admitir los cansancios. Admitirme humana y cansada es uno de los mayores alivios que he experimentado en estos días, uno de los pocos que me deja la rutina… Ahora, es cuando me recuerdo a mí misma que mi intención al comenzar a redactar esto era no ser demasiado pesimista.

Retomo.

En la semana coloqué mi música en aleatorio, iba tarde y fastidiada, porque me culpaba por mi propia incapacidad de ser disciplinada con algo tan básico (aquí por favor lean con tono sarcástico) como levantarme todos los días a las 6 de la mañana para pasar unas, para nada agotadoras, tres horas en el transporte -muy eficiente- de la ciudad.

Sin duda era mi culpa.

Entonces,
en la semana,
una que se se parece a muchas, muchas semanas que he transitado viendo por una ventana en donde no decido detenerme a observar porque ya lo vi todo, ya lo conozco todo, pero, en realidad no identifico nada, solo lo paso. Lo veo de frente, pero no reconozco sus detalles, inhalo un aroma que no identifico, toco superficies que no me sensibilizan y escucho la misma plática ininteligible que, sin detenerme a decodificar, me aseguro que es una charla sin sentido.

Así que,
En la semana, que pudo ser cualquier otra semana, puse música en aleatorio. Iba en ese asiento que es mi favorito, y el favorito de muchxs según un ranking de asientos del metro que alguna vez vi en redes sociales, el asiento solito que va al final del vagón. Dos personas que se sientan una frente a la otra pero deciden ignorarse el resto del trayecto con la absoluta certeza de que tienen un breve momento de espacio personal que no será perturbado. El paraíso del cuerpo fatigado e introvertido (soy infj).

Lo que pasó ese día, de la semana, una semana, fue que el metro no avanzaba con dificultad, no contenía dentro de sí mismo a una multitud de cuerpos en busca de un poco de aire, un poco de espacio, un huequito para existir.

No, iba libre.

Iba libre, yo iba tarde.

La ciudad ya estaba iluminada, descobijada y, aparentemente, activa (aunque se sabe que la ciudad está activa desde mucho antes, cuando cuerpos cansados poco a poco van activando todo con su transitar). Miré, descolocala por la elección musical y optimista de mi algoritmo, frente a mí a una chica que también llevaba sus audífonos puestos, su bolsa colgaba de entre sus dedos como si quisiera rendirse, caer y ver que forma tomaba una vez que las asas eran liberadas. Sin embargo, ella no la soltaba. Parecía contener toda su fuerza en su mente -aunque esta ya soy yo proyectando mi propio proceder-, para que los pensamientos no ganaran y liberaran las lágrimas que se estaban acumulando desesperadamente, difuminaban su mirada.

Una vez me dijeron que era peligroso llorar en el transporte público -no sabes quien te está viendo, no sabes quien podría aprovecharse de verte vulnerable-

Está todo muy jodido.

Por eso esa semana desconecté “accidentalmente” el bluetooth de mis audífonos y dejé que la canción sonara un poco en el vagón. Ella me vio, yo le sonreí como cuando le dices a alguien está bien, no pasa nada. Dejó que sus lágrimas fluyeran del estanque de sus ojos.

Al final, todo esto es una dramatización de un evento, chiquitito, rutinario. Quizá esa chica acababa de bostezar y yo me hice una película en mi mente, para tener algo que escribir, para tener la oportunidad de redactar esto y poder decir: estoy cansada, pero antes tenía ganas de divertirme.

Todavía las tengo.

Pero es peligroso, pero no hay tiempo, pero hay cosas más importantes que hacer.

y esto en realidad no pasó hace poco, en esta semana; ni hace mucho.

Esto pasa desde siempre y seguirá pasando. Sin embargo, tengo una amiga que vive cerca de mi casa y también vive a miles de kilómetros de distancia, mi amiga me abraza y me consuela, mi amiga lleva conmigo toda mi vida y mi amiga aún no se cruza en mi camino. Mi amiga a veces llora en el metro.

A veces yo soy la amiga.

es una y son todas

somos una y todas;

Hay semanas en las que escribo cosas que no tienen mucho sentido,
Pero no me importa, me estoy divirtiendo. (Quería, ahora lo hago, de vez en cuando…, jeje)

A cada una de mis amigas les digo que deberían hacer lo mismo. Creo que si le debemos algo a alguien, es solo a nosotras mismas. Es peligroso llorar en el metro, porque no sabes quien te está viendo, quizá hay que devolver la mirada, llorar en su cara y recordarles que estás cansada, pero eres fuerte.

Postdata: Decidí tomarme de manera seria el escribir, la sorpresa radica en que al parecer tengo que equivocarme, al parecer una debe rev/belarse. Así escribo, ahorita; espero eso transmitir. Esto es mío y suyo, de todas es el lenguaje.

✮ ✩ 

Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, crecí en el Edomex y ahora vivo allá, pero duermo acá, por decir algo. Actualmente vivo mis últimos instantes como estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM (aún en trámites de titulación, je) y espero poco a poco perder el miedo a mi voz.

Mi interés por la literatura ha crecido conmigo, no linealmente, pues es un vaivén de encuentros y desencuentros que me confirman que siempre hay algo por aprender y compartir. Espero poder encontrarme en las letras de lxs demas, espero alguien se encuentre en las mías.

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