De recuerdos, aventuras y reflexiones|Crónica de un paseo

Por Tania Farias

A las seis de la mañana de un domingo de puente toda la casa ya estaba en acción. Las maletas habían sido preparadas desde la noche del sábado, pero siempre queda algún detalle por afinar. Los movimientos eran lentos, con la pesadez de un cuerpo que se niega a activarse a una hora tan temprana en un día que se suponía de descanso. La cita había sido fijada para las seis y media, por lo que, llegada la hora, todos estábamos listos y esperando a que pasaran por nosotros. Pero las manecillas se colocaron sobre la media y no había noticias de nuestros amigos. Nada de qué preocuparnos en realidad; estábamos conscientes de la posibilidad de que eso sucediera, así que nos sentamos a esperar el mensaje que llegaría treinta minutos después.

              Los niños iban felices. El éxtasis era evidente desde que nos subimos al carro. Tenían prisa por llegar y disfrutar del día que ya imaginaban desde la ultima que vez que habíamos estado allí y que, para su desdicha, volver había tomado más tiempo del que habían planteado inicialmente. Como todo viaje con niños, las risas, los gritos y, por supuesto, los regaños no tardaron en llegar.

              Dos horas después ya estábamos desayunando en un pueblo a escasos minutos de nuestro punto final. El lugar estaba lleno, con grupos de locales y muchos otros, preparados para el calor que comenzaba a sentirse y que, se notaba, se dirigían al mismo lugar que nosotros.

              Con las baterías recargadas, salimos dispuestos a divertirnos, en especial, los chicos, cuyas ansias desbordaban y nos “endulzaron” los oídos con sus manifestaciones de entusiasmo los pocos kilómetros que nos quedaban por recorrer.

              El plan era sencillo; el mismo que habíamos realizado una vez anterior. Lejos de ser mi preferido, pero sí el de mi hijo: Los niños disfrutarían de su día en el parque acuático y pasaríamos la noche en el área de camping que el centro tiene para ofrecer. Fogata, juegos al aire libre, una cena en el pasto; qué más puede pedir un pequeño.

              Y así lo hicimos, nada más llegar, nos dirigimos a la zona de campamento, la cual, para mi confort, nos proporciona de pequeños lujos que un campamento salvaje jamás podría ofrecer y que me resultaría casi imposible aceptar a estas alturas de mi vida: baños limpios, áreas de ducha, luz eléctrica que ilumina la zona, una pequeña piscina para que los niños continúen la diversión en el agua y un espacio para cargar nuestros teléfonos, ese aparato que parece se ha convertido en el elemento más indispensable de la vida diaria.

              Campamento y entradas al parque pagados, los niños corrieron a cambiarse. Largo se les hizo la espera para concluir los trámites. Los entiendo, cada minuto que pasábamos frente al mostrador, era un minuto que ellos perdían en el agua.

              El día se fue entre toboganes de diferentes sensaciones, un sinfín de vueltas en el río salvaje y un momento final en una pequeña piscina ya muy cerca de nuestra salida, para acceder de nuevo a la zona de camping. Los niños y los papás iban y venían, mientras las mamás esperábamos en algún lugar de sombra con las mochilas llenas de agua, las toallas, los bloqueadores de sol y las sandalias cuando estas no eran aconsejadas por las fuerzas del agua. Mi amiga, de vez en cuando se unía a alguna de las actividades. Yo los miraba de lejos y tal solo mojé mi traje de baño en algún momento en que el calor comenzaba a sentirse muy fuerte y el bochorno era inevitable.

              Después de un día entero en el parque, llegó la hora de montar las casas de campaña y de darnos una ducha refrescante para dormir a gusto, seguido de juegos y una cena sentados sobre el pasto.

              El regreso a casa se realizó en etapas. Paramos para desayunar frente a un lago y después aguantamos pacientemente el viaje que por el tráfico capitalino se alargó del doble de tiempo del que habíamos necesitado para ir. Todos, a excepción del conductor, nos dormimos en algún momento. Ya no había el mismo entusiasmo de la ida. Ahora regresábamos con cansancio por un día lleno de actividades y la fatiga de haber dormido fuera de casa.

¿A dónde voy con todo esto? Es verdad que ese tipo de viajes, están lejos de entrar en la lista de mis ideales. No disfruto de los parques acuáticos en sí; no me gustan los toboganes, ni me siento cómoda estando en lugares tan concurridos, en particular, cuando se trata de un fin de semana de puente. Dormir en un campamento jamás, ni de niña, ha sido algo que yo haya deseado. Realicé algunos en mis años de juventud y soltería y en lugar de encontrar placer, los padecí. Sin embargo, y a pesar de ir únicamente como “dama de compañía” o “cuidadora de las pertenencias” siempre soy yo la que está incitando ese tipo de escapadas. Al final, mi placer más grande es ver la felicidad de mi hijo, la sonrisa que se dibuja en su carita. Por otro lado, me he dado cuenta de que el placer para mí también se encuentra en las pequeñas cosas, como el salir de la ciudad para cambiar la rutina y compartir un buen momento con amigos. De hecho, con el pasar de los años, me he hecho consciente de que mi principal gusto no se encuentra en hacer actividades extremas, ni en visitar lugares exóticos, no. Mi principal gusto está en compartir con personas con quienes puedo pasar horas conversando, con quienes puedo reírme de tonterías, con quienes puedo resolver, en teoría, los problemas del mundo, con quienes puedo ser yo misma, aun cuando eso implique esperar pacientemente mientras los chicos se divierten. Cierto, un viaje a un parque acuático está lejos de ser mi destinación favorita, pero en el fondo y aunque no lo parezca, yo también me divierto a mi manera.

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Publicado por tanif24

Nací en Zapotlán el Grande, México y después de haber vivido en el extranjero por dos décadas regresé a mi país y actualmente resido en CDMX. Soy Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos por la Universidad París XII, Francia. Colaboré en la revista cultural Ventana Latina en Londres, Inglaterra y después de un pasaje por Toronto, Canadá he participado en diferentes antologías como Nostalgia Bajo Cero (2020), Laboratorio de Historias Breves (2021), La Casa en el Arce (2022), Sexta Antología de Escritoras Mexicanas (20239. Actualmente publico para las revistas Bikiniburka de España y Lacoyol de México.

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