Cada Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo vuelve a recordarnos algo incómodo: los derechos de las mujeres no fueron concedidos, fueron conquistados. Y en lugares como Chiapas, esa conquista todavía está lejos de completarse.
Chiapas es un estado lleno de contrastes. Tierra de culturas profundas, de lenguas originarias, de trabajo comunitario y de una riqueza humana incalculable. Pero también es uno de los estados donde ser mujer significa enfrentar desigualdades más duras.
Aquí, miles de mujeres sostienen economías familiares completas desde el comercio informal, el trabajo doméstico o el campo. Muchas lo hacen sin seguridad social, sin reconocimiento laboral y con salarios que apenas alcanzan para sostener a sus familias.
En comunidades rurales e indígenas, además, el acceso a la educación, a la salud y a la justicia sigue siendo limitado para muchas niñas y mujeres. No se trata solo de estadísticas. Son historias cotidianas: niñas que abandonan la escuela temprano, madres que recorren kilómetros para recibir atención médica, mujeres que aún luchan por ser escuchadas cuando denuncian violencia.
El Día Internacional de la Mujer no es una celebración cómoda. Es una fecha que obliga a mirar estas realidades de frente.
Pero también es una oportunidad para reconocer la fuerza que sostiene a este estado. Las mujeres chiapanecas no solo resisten: organizan cooperativas, levantan negocios, defienden su territorio, educan generaciones enteras y mantienen vivas lenguas y tradiciones que forman parte del corazón cultural de México.
El 8 de marzo no debería ser solo un día de discursos institucionales o publicaciones en redes sociales. Debería ser una invitación a preguntarnos qué estamos haciendo realmente para que la igualdad deje de ser una promesa y se convierta en una realidad.
Porque en Chiapas, más que en muchos lugares, el futuro también depende de algo muy sencillo y muy profundo al mismo tiempo: que nacer mujer deje de ser una desventaja.
Por Alondra de Castilla.
