Por Tania Farias
Sucedió durante una actividad simple, del cotidiano: deslizaba con flojera las imágenes de mi Facebook. Un ícono en lo bajo de la pantalla me informó que tenía notificaciones pendientes. Una de ellas era el recuerdo de un verano pasado. Había sido un viaje familiar en el que tuvimos la fortuna de disfrutar de una deliciosa comida, en un bello restaurante. Como de costumbre, después de ver las imágenes publicadas, abrí los comentarios que mis amigos habían dejado en aquel momento. Al principio todo era risas, pues no faltaba aquella nota jocosa a la cual me había dado el tiempo de dar una respuesta similar. De repente, saltó a mi vista un comentario sencillo y corto que exaltaba lo delicioso que lucía el platillo que había fotografiado. Me di cuenta de que no había dado una verdadera respuesta a ese comentario; había, tan solo, marcado una reacción. Pensé por un instante en responder algo, pero fue cuando, lo absurdo de la situación, me provocó unas súbitas ganas de llorar.
Cierto, qué absurdo el querer llorar por un mensaje en Facebook. Mas no había sido el mensaje en sí el que me provaba tal reacción, sino el darme cuenta de que de nada valdría escribir un comentario de regreso. La razón no era porque habían pasado ya varios años desde el evento, sino que quien lo había escrito jamás podría leerlo. Ella había fallecido algunos meses después de aquella publicación. Se había ido de una manera silenciosa, rápida, sorpresiva, injusta, sin darnos ni siquiera la ocasión de volver a vernos. Tan solo su huella se había quedado plasmada en aquel comentario al cual no había dado una respuesta mayor.
Como una loza que caía sobre mí, fue tal vez ese momento en que el vacío de su ausencia se sintió con un peso oprimente que me invadió por completo. En un instante me di cuenta de que jamás volvería a conversar con ella, que nunca más escucharía sus argumentos llenos de sensatez, de conocimiento; que ella nunca más estacionaría mi automóvil como una experta en un espacio tan justo que cualquier movimiento de más podría golpear a los otros carros; que nunca más podría llegar a su casa de imprevisto y tampoco me recibiría con un abrazo lleno de amor, un café y anécdotas; que nunca más tendré un Me gusta de su parte en mis estados de Facebook, ni algún mensaje positivo. Nuestros hijos no volverán a jugar juntos, ni patinaremos durante el invierno en alguna de las pistas de la ciudad. Y es justo ahora que me doy cuenta de su ausencia y del peso que dejó ese adiós que nunca nos dimos.
Se dice que el duelo es un proceso y que tan solo el tiempo puede ayudar. He perdido a varios seres queridos a lo largo de mi vida y he aprendido que ningún duelo se vive de la misma manera. No es lo mismo perder a una madre o a un padre, o a un abuelo o a una amiga.
Algunos duelos se viven con tanta intensidad en el instante y en los meses siguientes, sin que nada pueda aliviar el dolor; otros se viven con la cabeza y se acepta con mayor facilidad la partida de esa persona, pues las circunstancias nos proveen con elementos que nos permiten comprender que todos tenemos un ciclo que cumplir y que esa persona, por más amada, había cumplido con el suyo; y otros, nos cimbran, pues la cercanía de edades, nos sacuden como una ráfaga de viento a una hoja de árbol. Son esos duelos los que nos hacen cuestionarnos sobre la vida y la muerte, los que nos llenan de miedo. Y hay aquellos, en los que a pesar del tiempo transcurrido y que creamos que el dolor se ha convertido en una gota de lluvia a la que no le queda mucho tiempo antes de evaporarse, un suceso, un comentario, una imagen, un olor y, de repente, se desencadena una tormenta y un rio de emociones te ahogan.
El perfil de mi amiga sigue activo en Facebook, su fotografía la sigue mostrando joven, con cabello corto, recuperado después de un tratamiento pesado y largo, pero que parecía haber funcionado. Leo los comentarios que algunos años después de su adiós sus seres más cercanos siguen dejando para honrar su vida.
Por mi parte, me pierdo en su mirada y en su sonrisa fija en aquella imagen y, su voz resuena en mi memoria. A pesar de las lágrimas que corren ya por mis mejillas, y el nudo que se ahoga en mi garganta, una sonrisa también se dibuja en mis labios, pues su ausencia, aunque dolorosa, es a la vez la prueba más real de que tuve la suerte de haber compartido un momento de vida con ella, y eso me basta para celebrarlo. Un abrazo hasta el cielo, querida C.
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