El 14 de enero murió mi mamá, cuando sucedió, lo primero que sentí no fue tristeza pura, sino una mezcla rara: enojo, culpa, confusión. Me dolía que se hubiera muerto y, al mismo tiempo, me dolía que ese dolor no se pareciera a lo que se supone que debería sentirse cuando muere una madre. Como si existiera una forma correcta de llorar y yo no estuviera siguiéndola bien.
Crecí lejos de ella. La última vez que la vi, creí que iba a pedirme perdón. No lo hizo. Habló de maternidad como si no hubiera grietas, como si el pasado no pesara. Me fui enojada. Lo único que me llevé fue un detalle mínimo e inesperado: su letra. Escribía bonito. No recordaba eso. Y ese hallazgo pequeño, casi absurdo, fue lo más cercano que sentí a ella en años. Ahí, en una hoja escrita con cuidado, hubo algo que se parecía a mí.
Después vino todo junto.
La muerte.
Una crisis fuerte en mi relación.
La sensación de que todo lo que antes se arreglaba fácil ahora se volvía imposible.

Una amiga, que había perdido a su padre tiempo atrás, me dijo algo que me abrió los ojos: cuando alguien muere, las emociones no cambian, se intensifican. El enojo enoja más. La tristeza pesa más. Las discusiones escalan. El cuerpo anda sin filtro.
Ahí entendí lo que me estaba pasando. Estaba viviendo una superposición de pérdidas. Pero me negaba a mirar una de ellas. Prefería pensar que todo lo demás era el problema, menos la muerte de mi mamá. Como si nombrarla fuera demasiado. Como si aceptarlo me fuera a romper del todo.
Y aun así, me rompí.
Me cerré.
Con mi pareja. Con mi familia. Con mis amigos.
Con quienes siempre me ven fuerte.
Cuando la seguridad se rompe, la palabra se encoge. No porque no exista nada que decir, sino porque ya no se sabe si decirlo va a cuidar o a lastimar más. Guardarme se volvió una forma de sobrevivir. Callar, una manera de no perderlo todo.
También apareció otro miedo, más hondo: el miedo a elegir mal. A repetir historias. A quedarme donde no debo. A convertirme en lo que juré no ser. La muerte no solo se llevó a alguien; dejó preguntas abiertas sobre el futuro, sobre las decisiones, sobre el fracaso, sobre el amor.
Después de casi 20 años todavía me descubro pensando que tuve que haber hecho algo mal. Que debía existir algo defectuoso en mí para que no se quedara. Durante mucho tiempo creí que el abandono era una consecuencia. Que si una madre se va, es porque una hija no fue suficiente.
Cuando era niña me esforcé mucho por valer la pena. Por ser buena, por ser interesante, por ser digna de que alguien se quedara. No sabía que estaba intentando reparar una ausencia que no me correspondía.

Hay un tipo de duelo del que casi no se habla: el duelo sin vínculo. Ese que no nace de la cercanía, sino de lo que nunca fue. De las conversaciones que no existieron. Del perdón que se pensó resuelto y de pronto ya no tiene a quién dirigirse. Es un duelo silencioso, sin ritual claro, sin permiso social. Y por eso pesa doble.
A veces pienso que no ir al funeral estuvo bien. A veces me arrepiento. Ambas cosas son verdad.
No sé si ya perdoné.
No sé si algún día iba a llegar esa conversación.
No sé si el dolor se va a acomodar.

Lo que sí sé es que no todo duelo se llora igual, y no toda fortaleza consiste en aguantar en silencio. Mostrarme entera todo el tiempo me dejó sola. Y eso también cansa.
Quizá escribir esto no sea una forma de cerrar nada. Tal vez solo sea una manera de decir: esto existe, aunque no encaje en los moldes. Esto duele, aunque no se note como debería.
Porque al final, hay ausencias que no se van.
Solo cambian de forma.
Mamá, eres la ausencia más presente en mi vida.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
