Por Jenniffer Zambrano

Leí Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la nueva novela de Mónica Ojeda, y, entre todo lo que ocurre en la narración, hay un momento que permanece en mi cabeza: la imagen de un agujero formado a causa de las balas. Ojeda poetiza al respecto, diciendo que de él brota luz al mismo tiempo que permite al ojo de alguien ver a través de él. En el libro esto está hermosamente descrito y me impresionó la mirada de Ojeda, que fue capaz de encontrar en algo tan pequeño, en lo que pudo ser solo un estrago de la violencia armada, una fuga que me permitió conmover y ver belleza en medio del desastre.
Esto ocurre a menudo en la novela: los personajes buscan la belleza y el disfrute. Lo buscan porque las circunstancias en las que viven los asfixian y escapar es la única manera de salvaguardar no solo su cuerpo sino su mente. Noa y Nicole viajan desde Guayaquil, hartas de la situación de violencia que las ha envuelto durante toda su vida. Buscan algo que las eleve del plano donde la muerte es lo cotidiano y llegan a un concierto en las faldas de un volcán.
Colocar un miedo nuevo encima del anterior, unirlos, extenderlos entre sí. Eso pensaba a lo largo de la novela porque ningún personaje es capaz de soltar el terror, eso de lo que huyen. Para ellos, la huida es lo único posible, ya que no les es factible (como a nosotros) vencer las balas ni el abandono Estatal. En La Fiesta del Sol encuentran sustancias que alteran su mente, que las elevan, como deseaban, y elevarse implica mirar desde afuera, en completa perspectiva, estar y ser por fuera de lo que ocurre, de la ansiedad y la angustia que se origina en la realidad.
Me gusta mucho cómo los mundos interiores de los personajes son mostrados en su dimensión más compleja. Las dudas, las pesadillas, el amor, que parece ser lo que a algunos los sostiene en su cordura, y las pérdidas. El mundo interior de Nicole y de Noa se ve transformado por lo que ven afuera, no es posible ocultar de los ojos lo que pasa en las calles. Entonces, su propio vínculo, sus deseos y sus decisiones, se materializan sobre aquello que han conocido a lo largo de sus vidas.
A mí me pasa un poco: vivir en medio de la violencia no significa acostumbrarse, pero sí mirarla de otra manera. Si uno ha visto un cuerpo sobre la vereda frente a su casa, si ha aprendido a diferenciar el sonido de las balas del de los fuegos artificiales, no le pueden pedir que continúe como si nada, siendo el mismo que era antes de saber que allá afuera existen más cuerpos cayendo sobre el pavimento.
El papá de Noa es un personaje que aparece más adelante. Se ha retirado de la ciudad para vivir escondido del mundo, en las montañas, con sus perros y su pasatiempo de naturalizar animales. El padre de Noa vivió en Guayaquil y huyó de su hija, de sus vínculos, pero también de la imposibilidad de controlar el afuera. De que hubiese ladrones que a la madrugada ingresan a su casa, de que los vecinos, hartos de que nadie les diera solución, tuvieran que sostener con sus propias manos un arma para defenderse.
La familia de Noa se descompone por diversos motivos. La separación del padre es solo una arista del problema. Pero, como en la misma obra se dice: “Todos necesitamos una familia. Una familia te hace compañía cuando el pasado es un decapitado y el futuro un niño con una pistola” (p.157). Noa, desprovista de ese hogar inicial, construye el propio: en su amistad con Nicole, al principio, pasando por las drogas que prueba a lo largo del festival, hasta terminar en su mente, el hogar final de donde no hay escape. Cuando el mundo exterior es horrible, lo mental parece un refugio, pero cuando hasta nuestra mente es afectada, ¿qué nos queda?
Como muchos, he sentido la ansiedad provocada por las constantes noticias de violencia, que me llevan a revisar compulsivamente las redes sociales en busca de detalles sobre tal enfrentamiento entre bandas o aquella balacera muy cerca de donde vivo y que solo me sirven para alimentar mi temor. Pero esta omnipresencia de la muerte en los medios es la realidad que viven Noa y Nicole, y lo que propicia su búsqueda desesperada de escape y consuelo. La misma búsqueda que nosotros.
Como Nicole, Noa y su padre, pienso en cuáles son las posibilidades de habitar una ciudad lejos de la violencia armada, a veces tan invisible que uno se confía, llega a creer que no está. Cuál es la manera de existir sin que el nerviosismo la consuma a una. La depresión y la ansiedad no suelen asociarse directamente a fenómenos sociales pero eso también las causa: problemas económicos, violencia, etc. ¿Cómo nos mantenemos a salvo si parece que ni siquiera podemos asegurar nuestra integridad física?
En otra página de la novela se dice que “una ciudad agresiva e injusta deforma el carácter” (p.212). Pienso en que la situación de Ecuador nos deforma un poco a todos. En medio de la desesperación nos confunde, nos separa pensando que el otro es el peligro, el afuera, todo lo que no soy yo mismo y nos mantiene en un estado de alerta eterna: dormimos mal, tenemos pesadillas a menudo, sentimos un nudo en la garganta, una presión en el pecho. Es decir, terminamos por vivir como podemos. Para mí es claro: la ansiedad de existir en medio de conflictos, de precariedad, nos va formando como sujetos desanimados y tristes, sujetos enfermos. En chamanes eléctricos se ven algunos de esos estragos en Nicole y Noa, pero creo que más en Ernesto, el padre de Noa, para quien es trágico el solo acto de recordar lo que tuvo que pasar antes de retornar a las montañas.
He pasado estos párrafos enumerando hechos, posibles lecturas de este libro pero no soy capaz de ofrecer respuestas porque tampoco me importa hacerlo. Escribir me sirve para pensar y ahora mismo se me ocurre que, al igual que aquel agujero formado por balas que se menciona en la novela, la escritura, para mí, es también esa ranura que permite que ingrese algo de luz. El arte en general es el espacio donde están presentes conversaciones como estas y donde nos es posible abrazarnos a nosotros mismos y ser críticos a la vez. En el arte somos capaces de dolernos y regocijarnos.
Escribo esto desde el Guayaquil de Nicole y Noa. Con una ansiedad parecida a la que (creo) sufrieron ellas en algunas páginas porque para escribir he recordado cosas que ni siquiera alcanzo a mencionar. Y aunque dije que no buscaba ofrecer respuestas, escribo con una intuición muy en el fondo que me remite a otro fragmento de la novela: “el nido es siempre un refugio donde las cosas nacen y mueren en la tibieza” (p.208). El nido, el hogar, ese del que hablaba en párrafos anteriores y que para Nicole y Noa se manifestaba en su amistad, ese hogar que decidieron ambas, y que es posible para todos. Una ciudad (un nido, un hogar) lo es en la medida en que conseguimos habitarla en la tibieza de su ternura. Así como Nicole y Noa hicieron, podemos construir espacios, aunque estos sean solo nuestras manos, nuestros brazos para resguardar, para recostar y abrazar, para sostener mientras se respiran los ejercicios que más nos funcionen cuando la ansiedad asome.
Por todo eso voy a seguir escribiendo desde Guayaquil, acompañada de mis amigos, con miedo, con tristeza, caminando la madrugada vacía, voy a escribir Guayaquil (una ciudad, un nido, un hogar), sosteniéndome de quienes me mantienen en tierra, un poco, mientras esperamos que todo pase. Aunque no sea así y en algún momento debamos emprender un viaje o, como los personajes de la novela, simplemente esperemos que algo más ocurra. Porque son tantos los miedos que nos envuelven que un paso puede sentirse como un abismo.


