Enola Rue
Mi madre siempre decía que fumar es una enfermedad hereditaria. De niña, yo habitaba esos nubarrones blancos y grises que remolineaban entre los adultos: una arquitectura de niebla que sostenía las conversaciones y los silencios. Se movía entre nosotros esa tormenta estática que no traía lluvia, sino recuerdos viejos; una tranquilidad ansiosa que solo se disolvía cuando alguien finalmente abría las ventanas. Entonces el aire entraba como un intruso, las personas se dispersaban y la magia de esa herencia se desvanecía en la calle.
Aún conservo la curiosidad herida de cuando leía las advertencias en las cajetillas: esos catálogos de muertes inminentes que yo estudiaba como un presagio. Mis ojos de niña brillaban de miedo ante la paz con la que mis parientes inhalaban y exhalaban aquel hálito de muerte, como si el veneno fuera solo otra forma de respirar.
– De algo hay que morirse – sentenciaban–. Después de todo, uno no debe acudir a la muerte; ella es quien debe venir a buscarnos. Y tenían razón. Aquellos cigarrillos eran faros encendidos que no buscaban barcos errantes para guiarlos al Más Allá; eran luces que se retorcían en su propia ceniza, consumiéndose en el mismo lugar donde intentaban brillar.
Recuerdo cuando encendí mi primer cigarrillo: el primer faro para navegar ese mar imaginario que conduce al final. –Así que este es el sabor – pensé, – me agrada. Me agradó tanto que me asustó. Pero entonces, mi cuerpo rechazó la profecía con una náusea violenta y amarga; como si mis pulmones intentaran expulsar a golpes un destino que no les pertenece. Fue en ese vacío, con el sabor de la bilis y el tabaco todavía en la lengua, cuando lo comprendí: mi madre no advertía, sentenciaba. Fumar es, después de todo, una enfermedad hereditaria.
