Hay una nostalgia que aparece sin aviso cuando el año se termina.
No es tristeza. Es otra cosa.
Es mirar atrás y darse cuenta de que la vida pasó mientras no estábamos prestando atención.
No recuerdo los meses en orden.
Recuerdo escenas.
Recuerdo una tarde cualquiera que no tenía nada especial y terminó siendo importante. Un suspiro profundo sin saber por qué. El canto de los pájaros entrando por la ventana como si el mundo siguiera intacto, aunque todo estuviera cambiando por dentro. Recuerdo una mirada que se cruzó con la mía y se quedó un segundo más de lo normal. Ese segundo exacto que decidí guardar, sin saber que lo iba a necesitar después.
Eso fue el presente.
Pasamos tanto tiempo pensando en lo que viene. En los futuros que nos prometimos para no rendirnos. En versiones nuestras que parecían más completas, más seguras, más felices. Creímos que ahí —más adelante— iba a estar la calma. Que el después iba a ser hogar.
Pero el después nunca se siente como lo imaginamos.
La vida sucede mientras tanto.
Sucede en lo pequeño. En lo que no fotografiamos. En lo que no contamos. En lo que pasa desapercibido hasta que, con los años, vuelve a nosotros cargado de sentido. No eran los grandes momentos los que nos estaban formando. Eran estos. Los silenciosos. Los breves. Los que duraron lo justo para dejarnos una huella.
Nuestra única realidad segura es esta.
Este aquí que a veces ignoramos.
Este ahora donde el cuerpo está presente aunque la mente se escape.
Aquí pertenecemos.
No en los futuros idealizados que construimos para sobrevivir al miedo, sino en este instante frágil donde todo es real. Donde el tiempo no promete nada, pero tampoco miente. Donde el corazón reconoce algo sin saber explicarlo.
El presente es efímero. Y por eso duele cuando se va. Pero también por eso importa tanto. Porque no vuelve. Porque no se repite. Porque solo existe una vez, y cuando lo entendemos, ya está lejos.
Año nuevo siempre llega cargado de intenciones, de listas, de ganas de empezar distinto. Pero nadie empieza desde cero. Empezamos desde aquí. Desde lo vivido. Desde lo sentido. Desde lo que aún nos acompaña aunque no sepamos nombrarlo.
Tal vez vivir sea aprender a quedarse un poco más en este instante. A no correr tan rápido. A escuchar el canto de los pájaros sin pensar en el día siguiente. A sostener una mirada sin miedo a que termine. A aceptar que todo lo que somos se construyó en momentos como este.
Somos del presente.
De este segundo que ya se está yendo.
De este ahora que fue nuestro, aunque no supiéramos cuánto iba a importar.
Y quizá eso baste.
Quizá siempre fue suficiente.

Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la memoria y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.
