Escribiendo sobre lo que nació para ser escrito | No son tiempos de pelear

Hola, querido lector, ¿cómo estás?

Vuelvo a ti después de mucho tiempo, lo sé, y te pido una disculpa. Empiezo a pensar, sinceramente, que debería cambiar el nombre de esta columna a La columna invernal , por lo esporádica que es y porque, casi siempre, termino escribiéndote en diciembre.

En fin, después de esta sincera disculpa, te saludo con mucho amor.

La Ciudad de México ha estado muy fría últimamente. Hoy por la mañana escuché a papá decir: «¡Estamos a 10°!». ¿Puedes creerlo? Las ventanas de mi cuarto están ligeramente cubiertas de vapor y, por lo nublado que está el día, es imposible ver más allá de mis cortinas grises. Faltan nueve días para Navidad; sí, ya sé, el año se fue en un abrir y cerrar de ojos.

Quiero contarte que, casi siempre en estas fechas —y creo que también es el interés de muchos de los que conozco—, celebramos. Por eso, desde hace un tiempo, empecé a planear una reunión con todas las personas que nos acompañaron a mi familia ya mí este año. Pero la realidad resultó muy distinta.

Yo, bueno, soy escritora. ¿Qué te puedo decir? Siento las emociones tal cual, como si las estuviera escribiendo en ese mismo instante un gran poeta. Y mi mamá, bueno, ella es mamá de una escritora; de algún lado debía heredarlo.

Sin afán de hacer de esto un diario de mis problemas ni aburrirte con pláticas tediosas de familia, no nos pusimos de acuerdo y la reunión se canceló.

¿El problema? En parte, el primero fue informarles a nuestros amigos y a la familia que no iba a poder ser; mis amigos ya incluso tenían listo su regalo de intercambio. Y el segundo —el más importante, claro— fue que esto desató una caída de dominó de todo lo no dicho durante el año. Una caída en la que lo único que gobernó fue el ego y la poca empatía, llevándonos a no hablarnos.

Sí, en diciembre.

Porque cuando uno está enojado se vuelve necio, tercamente necio. Tanto, que en mi casa se azotaron dos puertas al mismo tiempo, cada cuarto se volvió una trinchera y cada humano, un guerrero en lugar de familia.

Sutilmente, papá interrumpió mi trinchera y, después de escucharme llorar por horas —sobre mi enojo, sobre lo injusta que para mí parecía la situación—, me dijo:

—Mira el día. Es diciembre.

Era inevitable que yo me diera cuenta de que era diciembre. Lo sabía incluso antes de mirarlo: diciembre ya venía haciéndose presente en mí. Traigo puesta una pijama navideña y, en los pies, unas botitas rojas y blancas que gritan que la Navidad está cerca; con ellas podría recorrer el Polo Norte. Aunque, si mi novio leyera esto, diría que estar con esas botas —las mismas que él también tiene— se siente como andar descalzo.

Mi casa está llena de adornos navideños. En la sala hay un árbol gigante —al menos así lo siento—, cubierto de rojo y blanco, y a sus pies descansan infinidad de regalos que llevan, repetidos una y otra vez, los nombres de quienes amo.

—Continuó papá—: viene Navidad y Año Nuevo. No es tiempo de pelear.

Y fue ahí cuando el balde de agua fría cayó sobre mí.

Entonces, ¿qué es la Navidad? Porque yo estaba cubierta de ella y no la sentía. Mi casa estaba decorada de ella y, aun así, la hostilidad que la habitaba no la dejaba verse.

Y aquí es donde te pregunto —o me pregunto—, querido lector: ¿serán acaso estas las vísperas de la Navidad?, ¿será esto el espíritu navideño? No planeo escribir un cuento donde todo cambie de forma esporádica ni donde la magia llegue de la mano de Santa Claus.

La Navidad no viene de cargarla encima ni de decorar tu casa. Viene de todos esos árboles que viste en la sala desde que eras niño; del esfuerzo de ese Santa Claus que hoy sabemos bien que siempre fueron nuestros padres. Viene de la familia picando manzana para la ensalada, de quienes se sientan a la mesa contigo, aunque apenas pruebes una pizca del banquete o de lo poco que haya.

La Navidad viene de lo que se siente.

No de la trinchera que armas,
no del enojo,
no de las mil fiestas.

La Navidad es aprovechar lo que el año nos dio y celebrar que seguimos juntos. Porque qué injusto sería cargarle a una sola fecha la responsabilidad de la paz.

No es tiempo de pelear.
No en diciembre.
Nunca.

Feliz Navidad, mi querido lector.
Vive con quienes más amas y no solo te adornes: adóralos.

Con amor,

DAyis.

Dayane Ortiz

Hola, me da mucho gusto que mis letras hayan llegado a ti. Soy Dayane, pero, me gusta que me digan DAyis, tengo 21 años y soy una estudiante de medicina, aficionada con la luna y amante de las letras, pero sobre todo soy una mujer valiente, fuerte y resiliente.
Gracias por leerme, mi querido lector.

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