Vaciar una montaña | De qué se trata escuchar a Juan Gabriel

Por: Samia Badillo

Llegamos temprano, a eso de las 7:30. Lanzo una pregunta a Raque, como una indagación: ¿Por qué venimos a ver este concierto al zócalo, si sabemos que es una grabación? ¿Por qué no verlo desde la comodidad de nuestra casa? Ella me dice: quizá por este sentido colectivo; queremos participar de este concierto con otros, por la pertenencia. Además, a muchas de las personas que estamos aquí nos hubiera gustado vivir un concierto de Juan Gabriel, especialmente ese de Bellas Artes. Entonces, esto es como vivir ese concierto.

Yo asiento. Estoy de acuerdo con su respuesta y me abro a la experiencia. Yo no soy una fan acérrima de Juan Gabriel, aunque, como todo mexicano, traigo en mi chip integradas muchas de sus canciones. Más bien iba por la intuición de que este era uno de esos eventos grandes que una no se podía perder. Y ciertamente quería bailar el Noa, Noa en la plancha del zócalo. 

En honor a la verdad, también quería distraerme un poco de mí misma y de mi tristeza, que además es una tristeza que se me viene como una avalancha. En realidad, el 70% del día tengo que estar rindiendo en el trabajo y no me permito estar triste. No es que no pueda, sino que no me dejo. Entonces vengo postergando esa tristeza, y lo que menos quería hoy en el concierto era abrirla. Pero fue total y absolutamente inevitable.

Empieza el video. Lo primero que nos encontramos es la voz de Juan Gabriel diciendo que el concierto se está grabando y que deja ese registro para cuando él ya no esté. Eso me conmovió profundamente, porque Juan Gabriel, de alguna forma, ya tenía en ese entonces esa conciencia de la muerte. Y no solo eso: sabía que estaba dando algo muy valioso a los mexicanos. Para siempre. Y justo ahora estábamos en ese momento: él ya no está ahora con nosotros, pero, de alguna forma, sí está, porque están sus letras y su ímpetu; porque su voz trascendió el tiempo. Fue ahí que empecé a abrir un canal.

Después apareció Juan Gabriel, vestido con un traje blanco de lentejuelas, caminando y contoneándose en el escenario. Ovaciones en Bellas Artes, pero también en el zócalo. Pienso en que en 1990 los asistentes con sus mejores galas en Bellas Artes no se imaginaban que un día estarían reunidas tantas personas en el zócalo de la Ciudad de México reviviendo ese momento. Y justo, eso me conmovió también: durante la proyección, pusieron cámaras que enfocaban en pantalla grande a algunos asistentes del Zócalo. Escuchar y ver a Juan Gabriel en pantalla grande, pero a la vez ver la reacción de las personas en vivo, fue movilizador. Creo que ver cómo la gente se dejaba sentir esas canciones fue de lo que más me conmovió del concierto. Empecé a ver los rostros y decía: son rostros muy afines, son rostros mexicanos. Tenemos muchos tonos de piel y de muchos colores, y reconozco en ellos a familia mía, a la gente que amo, y a mí misma.

Ver señoras, señores; ver mujeres con hijos, ver parejas LGBT que se abrazaban, ver personas caracterizadas como Juan Gabriel, fue realmente muy hermoso. 

Empezaron las canciones. La tercera: Yo no nací para amar, nadie nació para mí, tan solo fui un loco soñador, nomás…” era la hipérbole que necesitaba para llorar. Veía los rostros de la gente en el Zócalo, la gente a mi alrededor y en las cámaras; cómo vivían esa canción, cómo se enternecían y lloraban también. Entonces esa respuesta que me había dado Raquel se convirtió también para mí en otra cosa: estábamos todos convocados en ese concierto sabiendo que Juan Gabriel no estaba ahí en cuerpo, pero sí estaba en arte, para una cosa gigantesca: dejarse sentir. Juan Gabriel, me dije, es un habilitador de la emoción. 

Después vino un popurrì con letras: No tengo dinero, ni nada que dar, lo único que tengo es amor para dar” “Buenos días, alegría (buenos días, señor Sol), Buenos días al amor (Bueno días ah ah)”  y yo decía, bueno, esto está en una frecuencia un poco màs calmada, hasta optimista. Pero de ahí vinieron otras canciones: Ya lo sé que tú te vas/ Que quizás no volverás / Que muy tristes hoy serán/ Mis mañanas si te vas…adiós, amor…”

Y ahí otra vez: ver gente en la pantalla viviendo la canción. Ver los ojos llorosos. Ver los ademanes de quienes iban con el chaleco negro con lentejuelas doradas que en en la segunda parte del concierto ya se había puesto Juan Gabriel. 

Para ese momento, Juan Gabriel ya había hecho gala de su voz, de sus tonos altos, de sus movimientos excéntricos y por supuesto que de su entrega total al escenario. Es un verdadero show man, me dice Raquel. Yo estoy asombrada. 

Llega querida: empieza quedito, como una invitación: querida, cada momento de mi vida, yo pienso en ti más cada día…mira mi soledad, que no me sientqa nada bien… pero después es el grito de dolor: querida, hazlo por quien màs quieras tù, yo quiero ver de nuevo luz en toda mi casa, oh, oh… ahí ya es un clamor de las entrañas que una ya no puede obviar. 

En varios momentos del concierto Juan Gabriel hace silencios para que en Bellas Artes coreen las canciones y eso mismo hacemos en el zócalo. Incluso los movimientos. Estamos siguiendo a Juan Gabriel, alzando las manos, bailando. Como si él nos viera o nos sintiera. 

Se va acercando el final. Juan Gabriel canta Viva México. Y yo no puedo evitar soltar el llanto también ahí. Repite: Viva México. Viva México. Mientras enfocan las caras de los asistentes. Mientras una ve la bandera ondeando. La catedral. El palacio nacional. El chico de los elotes que hace una pausa en su venta, se hace un elote y se sienta sobre su bici a disfrutar del concierto.

Una canción más. Tristeza. Y se apaga la pantalla. ¿Qué voy a hacer con este viaje emocional? le digo a Raque. Pero pronto sale el mariachi, que canta otras canciones. Entre ellas, el Noa, Noa. Que sí pudimos bailar. El concierto acabó con fuegos artificiales en el cielo. 

No dejé de pensar al final —venía platicando con Raquel y llorando, todavía llorando— que las letras de Juan Gabriel, que en algún tiempo me parecieron hasta exageradas, lo que habilitan es no sentirnos mal por sentir. La importancia que tiene Juan Gabriel en la emocionalidad mexicana es precisamente esa: que él, quizá en esto que yo llamo hipérbole y otros llamarían melodramatismo, es esa figura que no tiene miedo de su intensidad: la vive, la pone en frente, la expresa y con ello te convoca a sentir.

Te convoca a abrirte, a llorar, a emocionarte. Y a emocionarte y sentir no solo esa tristeza de Yo no nací para amar, nadie nació para mí, sino también ese gozo de decirle a alguien que te dejó Ya no quiero nada, nada, nada, nada… o la alegría por vivir y pasarla bien de Este es un lugar de ambiente, todo es diferente. Todo ese viaje emocional, Juan Gabriel lo habilita para que tú lo sientas.

Se me hace hermosa la imagen de un Zócalo lleno queriendo sentir y honrando el vehículo que es Juan Gabriel para emocionarnos. Se me abrió el corazón a decir: qué bonito México, que a pesar de las noticias tan tristes, tan devastadoras —apenas pasó en septiembre, la pipa que explotó bajo el puente de la concordia; en octubre las lluvias en la huasteca y Veracruz; en noviembre la muerte del alcalde de Uruapan—, este México dolido tiene una vía de expresión para sentir. Y Juan Gabriel es uno de esos canales que lo habilitan.

Se me hizo un milagro este concierto. Me pareció muy hermoso también el discurso que da Juan Gabriel de que no se compara con Tchaikovski o con Beethoven, pero que estaba ahí, ocupando ese espacio, ese lugar. Porque hay compositores clásicos que en su tiempo fueron música popular (y así como pasó también con la literatura). Y él así se reivindica, como diciendo: yo soy popular, pero lo que ahora es popular, será después un clásico. Al principio del concierto pasan en el video recortes de periodico diciendo “Bellas Artes se va a volver el nuevo Teatro Blanquita”. ¿Còmo iba a Juan Gabriel ocupar ese lugar? Pues así, con su presencia, que da el mensaje de “no tengo que avergonzarme por quién soy, ni de dónde vengo, ni de qué represento” en el recinto de Bellas Artes.

Cuando el director de orquesta lo abraza al final del concierto, es como ese abrazo entre la música culta y la música popular que se fusionan. Es la validación total. Lo que antes era popular ahora se convirte en clásico, porque lo popular se juzga desde un lugar de cultura ‘culta’, pero lo que cambia son las posiciones de poder que dan esos lugares, que designan qué es «culto» y que no; pero el arte trasciende esas categorìas desde el poder.

Esa es una imagen muy poderosa. Que Juan Gabriel haya cantado en Bellas Artes es arte por sí mismo. Así que lloré, lloré mucho. Evadirme de mis sentimientos no salió como yo esperaba; en realidad, nunca los evadí en ese concierto. Terminé arrasada, movida. Terminé habilitada para sentir.

Veinte años después de haberlo tildado de exagerado, entiendo con más empatía y humildad de qué se trataba escuchar a Juan Gabriel.

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

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