De recuerdos, aventuras y reflexiones|Frente al espejo

Por Tania Farias

Cantaba a todo pulmón, al mismo tiempo que veía los videos proyectados en las numerosas pantallas del bar al que había acudido con un grupo de amigas. La música y el ambiente me transportó a mi adolescencia y juventud. Recordar es volver a vivir, bien lo dice el dicho, y todas las presentes revivíamos aquellos momentos en que la vida apenas empezaba. Por un momento olvidé que ahora tengo una familia y que ya rebasé desde hace un rato los cuarenta. Por un momento me sentí de nuevo esa joven relajada que un día fui. Sin embargo, el sentimiento fue corto.

Al regresar a casa y prepararme para dormir, me miro al espejo y los veo: no es posible negarlos. Observo uno a uno los cambios ya notorios en mi rostro, esos que han comenzado a marcar el inicio de una nueva etapa de mi vida. No es la primera vez que los veo, ya los había notado desde hace algún tiempo, solo que en esta ocasión miro con mayor detenimiento y determino qué ha cambiado: las líneas de mi sonrisa son cada vez más pronunciadas y se ha creado una ligera curva en la mandíbula a ambos lados del mentón, como si este se separara un poquito del resto de la cara. Unas pequeñas bolsas se han instalado debajo de los ojos y la piel en dicha zona se ha oscurecido un tanto; situación que le da a mi cara un aspecto cansado. Si me río con intensidad o finjo la acción de hacerlo, pequeñas, pero numerosas líneas de expresión se dibujan alrededor de mis ojos. En medio de la frente, otra línea se niega a desaparecer aun cuando ya no frunzo el ceño.

 ¿Qué decir de mi cuello? Ha dejado de ser tan terso como un día lo fue. Incluso, esta nueva condición ha dado la pauta para que mi hijo inventara un nuevo juego: atrapa entre sus dedos el exceso de piel bajo mi mentón, esa parte que comienza a perder su elasticidad; con un ritmo que marca con sonidos de su boca, la mueve de derecha a izquierda y, entonces, entona una pequeña canción de su autoría. Aunque su acción me hace reír a carcajadas, una parte de mí reconoce que hasta hace poco mi piel no daba cabida a un juego así. Pero quizás lo que me cuesta más trabajo aceptar son las raíces blancas que aparecen en lo alto de mi cabeza después de lo que me parece un muy corto respiro, una semana de haberlas cubierto con un tinte oscuro. Tener mi cabello totalmente negro se ha vuelto una obsesión.

Cuando era joven, solía tener una visión de los adultos bastante peculiar, y esa visión era más marcada hacia aquellos que ya habían rebasado la edad que tengo ahora. Por extraño que parezca, los percibía como seres que siempre habían tenido la misma edad. Como si nunca hubieran transitado por la niñez; como si hubieran nacido adultos y jamás hubieran tenido que enfrentarse al envejecimiento, porque ya eran viejos. Con la prepotencia que me daba la juventud, desestimaba comentarios o reflexiones de alguien mayor sobre esos cambios que un día llegarían a mi vida. No tenía la capacidad de ponerme en sus zapatos. En ese tiempo mi piel era luminosa, lozana, elástica, y mis cabellos eran tan oscuros que me era imposible imaginarlos de otra manera.

Mas el tiempo pasa y los años acumulados comienzan a manifestarse en el exterior. Mi cabeza sabía que un día llegaría, lo que nunca pensé es que me sería tan difícil  aceptarlo. Jamás fui una esclava de la moda, ni del maquillaje. Todo lo contrario. Mis fotografías de preparatoria o de mi primera etapa universitaria no me dejarían mentir. El maquillaje en mi cara era inexiste y una coleta en lo alto de la cabeza era el mayor esfuerzo que estaba dispuesta a hacer antes de salir de casa en dirección a la escuela. Prepararme no me tomaba más de quince minutos, y esa preparación incluía el lavado de dientes después de haber ingerido un desayuno rápido. Por supuesto que me importaba mi aspecto, pero nunca me quebró la cabeza. Mi cuidado facial no iba más allá del lavado con jabón y una esporádica crema de día.

Pero supongo que todo tiene un tiempo. Y el mío ha comenzado.

Mientras me aplico un aceite y repito los movimientos de los videos de yoga facial que me encuentro en las redes, mi consciente me dice que no importa, que algún día, tarde o temprano, los años iban a mostrarse en mi rostro, que tengo que dejar que el tiempo tome su curso natural. Incluso, me digo que esas marcas son solo el reflejo de lo que he vivido, de mis experiencias. Por supuesto que todo esto lo repite mi ser maduro, el que se niega a dejarse esclavizar por una batalla que ya está perdida de avance.

Sin embargo, en mi interior resuena fuerte esa vocecita que me dice que, si me esmero mucho y soy constante, quizás, solo quizás, el envejecimiento se demorara un poco y entonces, cierro los ojos y vuelvo a entonar aquella canción que versa «vuela más alto más, vete más lejos ya…» y me pierdo en el sueño de la eterna juventud.  

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Publicado por tanif24

Nací en Zapotlán el Grande, México y después de haber vivido en el extranjero por dos décadas regresé a mi país y actualmente resido en CDMX. Soy Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos por la Universidad París XII, Francia. Colaboré en la revista cultural Ventana Latina en Londres, Inglaterra y después de un pasaje por Toronto, Canadá he participado en diferentes antologías como Nostalgia Bajo Cero (2020), Laboratorio de Historias Breves (2021), La Casa en el Arce (2022), Sexta Antología de Escritoras Mexicanas (20239. Actualmente publico para las revistas Bikiniburka de España y Lacoyol de México.

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