Colaboraciones | Un helado de chocolate



Por Vía Plaza


Poco a poco se va olvidando de mí, antier, por ejemplo, le pregunté que si tenía hijos y me contestó que no, que no tenía hijos. Yo soy su hija desde que tengo memoria, él ya casi no.

Hoy le pregunté qué quería de comer y me respondió que un helado de chocolate como si fuera un niño pequeño. Sonreí.

El médico ordenó que no se le dieran cosas frías de comer; no obstante, vi en los ojos de papáuna candidez tan deliciosa al pedir el helado que no me pude negar a cumplirle el antojo.

“Vamos por helado entonces”, murmuré y papá sonrió.

Lo ayudé a subir a la camioneta que Manuel, mi marido, y yo compramos hace unos meses después de ahorrar por casi dos años.

“Gracias, señorita”, me dijo papá con timidez.

“De nada, señor González”, susurré y lo miré con dulzura.

Decidí llamarlo así porque cuando lo llamaba papá él se incomodaba. Le puse el cinturón de seguridad con cuidado, él se avergonzó y yo comencé a manejar hacia la heladería.

De manera aparentemente distraída encendí el reproductor de música y puse algo de Los Panchos, el trío favorito de papá.Sentí cómo la energía dentro de la camioneta de inmediato cambió.

“¿Por qué no han de saber que te amo, vida mía?”, se escucharon las voces aterciopeladas de El Güero Gil, Chucho Navarro y Hernando Avilés por todo el auto.

Papá de inmediato se puso a tararear la canción y yo aproveché el momento para iniciar una plática con él.

“¿Le gustan Los Panchos, señor González?”, inquirí.“Sí, señorita, me encantan”, papá respondió cohibido.Subí un poquito el volumen y mi padre sonrió a sus anchas, hacía mucho que no veía su sonrisa así de grande, me puse feliz.

“¿Por qué le gustan tanto, eh?”, cuestioné traviesa.

De reojo vi cómo papá agachó la cabeza y su mirada iba y venía un tanto inquieta, no supe bien cómo interpretar esa reacción.

De pronto, papá contestó: “Porque me gustaba bailar esas canciones con mi mujer y cantárselas al oído”.“¿Ah, sí?”, me mostré sorprendida. Tan sorprendida como si no me hubiera contado esa historia unas mil veces.“Sí, a mi mujer le encantaba bailar”.“¡Qué bonito!”, exclamé.

“Ella era muy bonita”, dijo mi papá sumamente orgulloso.

“¿Cómo era ella, señor González?”.

“Pues… ella… ella era muy güera y tenía los ojos verdes. En su casa no me querían porque era yo prietito”, soltó con guasa y me reí.

Lo miré llena de complicidad y papá me miró de la misma forma.“Y aún sin quererme en su casa, terminó casándose conmigo la güera pelos de elote”, me dijo desfachatado, con el demonio en los ojos, como decía mi mamá.

Solté una carcajada sonora y él se empezó a reír también.“¿Duraron mucho tiempo de casados?”, pregunté.“Treinta y cinco años, señorita”.“¡Caramba! ¡Muchísimo tiempo, señor González!”, apunté con un leve nudo en la garganta.“Pero ella murió y me quedé solo”.

Lo miré fijamente por unos segundos y él me miró de vuelta, era claro que esa parte de la historia se le había olvidado por completo. Papá nunca estuvo solo después de la muerte de mamá.

“Hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras”.

“Señorita”, papá me llamó al terminar esa estrofa.

“Dígame”, murmuré limpiándome una lágrima con disimulo.

“Ahorita que la vi bien me di cuenta de que usted se parece muchísimo a mi mujer”.

Sonreí de nuevo.“¿De verdad?”.

“Sí, sus ojos son igualitos, y tienen el mismo cabello de ángel, es usted igual de rubia, señorita”.

“¿Le confieso algo, señor González?”.

“Sí, adelante”.

“Yo también me casé con un hombre muy moreno, pero en mi casa lo quisieron desde el principio sin importar su color de piel”, susurré traviesa.

Papá se empezó a reír y se recargó cómodamente en el asiento del copiloto, asumí que ya había entrado en confianza.

“¿Hace tiempo que está casada?”, preguntó papá.

“No mucho, cuatro años apenas”, le dije afable.

“¿Tienen bebés?”, papá preguntó con dulzura, una que siempre estuvo presente mientras me crió junto a mamá.

“Voy a tener uno”, mencioné contenta abriéndome el cárdigan para que papá viera mi panza hinchada y llena de vida.

Estacioné la camioneta y miré a papá, sus ojos oscurísimos estaban posados en mi barriga enorme que casi pegaba con el volante.

“Quiero gozar de esta vida teniéndote cerca de mí hasta que muera”.

La canción terminó junto con mis ganas de seguir con la plática, pero tenía que continuar, yo no me podía quedar así.

“¿Usted conoce a Samantha González?”, le pregunté a papá con muchas ganas de llorar otra vez.

“Samantha González… me suena”, repitió muy pensativo.

“Sí, todos le decían Tatá cuando era bebé”, agregué temblando.

Los ojos de papá se abrieron como platos y se me clavaron en el rostro, algo hizo clic dentro de su cabeza llena de canas.

“Así le decíamos a mi hija, señorita. Yo tuve una hija”, él mencionó convulso.

“Yo soy Samantha González, papá”, le dije con las lágrimas al borde de mis ojos.

La frente de mi padre se frunció al instante y me miró por lo que me pareció una eternidad, no supe qué hacer, me quedé impávida todo ese rato.

“¿Tatita?”, murmuró tiernamente llevándose las manos al pecho.Sólo pude asentir porque era la primera vez en semanas que papá se acordaba de quién era yo.

“Sí, papi, soy tu Tatita”, le dijePapá me abrazó como pudo, haciendo de lado la panza enorme que de momento nos estorbó un poquito. Yo me aferré a él antes de que el Alzheimer se lo volviera a llevar, antes de que me quedara nuevamente sin papá por quién sabe cuántos días.

“¡Tatita, vas a tener un bebé!”, gritó emocionado.Sonreí en medio de mi llanto y le agarré las manos rápidamente para ponerlas encima de mi barriga.

“Se va a llamar Saulo”, susurré.“¿Como yo?”.

“Sí, papi. Como tú”.

“Qué bonito, Tatita”, me dijo sonriendo, se llevó las manos al rostro y de pronto algo se desconectó en su cabeza.

Yo lo vi. Lo vi como muchas veces antes. Y así como llegó, se volvió a ir. Se me congeló el corazón, pero ya estaba acostumbrada a esa sensación, por lo tanto me armé de valor y sonreí a pesar de los lagrimones que decoraban mis mejillas.

“¿Por qué llora, señorita?”, me preguntó papá.“Porque alguien a quien amo se acaba de ir”.

“¿Pero va a volver?”, preguntó papá sumamente preocupado.

“Yo creo que sí, señor González, él siempre encuentra una forma de volver. ¿Vamos por su helado de chocolate?”.


VIA PLAZA (Ciudad de México – 1989) Escritora, docente y estudiante de la FFyL (UNAM), orgullosa poseedora de un cerebro políglota con TDAH. Miembro del mapa de escritoras mexicanas contemporáneas; autora registrada en el Catálogo del Cuento Mexicano; participante del X Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe en La Habana; participante del Encuentro Internacional de Escritores y Artistas del Movimiento Internacional de Escritores por la Libertad (2021 y 2022); participante de la 13° Bienal Identidad de la Casa de la Poesía en La Habana; participante de la Feria Nacional del Libro de Escritoras Mexicanas – FENALEM (2021, 2023 y 2024); participante del proyecto “Llaves, la escritura como defensa personal” del CIEG-UNAM. Escritora publicada en revistas literarias de México, Argentina, Brasil, Colombia, Estados Unidos, Perú, Portugal y Puerto Rico.

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

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