De recuerdos, aventuras y reflexiones|Más un sí que un no

Por Tania Farias

Cuando era niña imaginaba que, una vez que fuera grande, viviría en la Ciudad de México, en aquella época conocida como el Distrito Federal. Incluso, aún sin haber jamás visitado la ciudad, construía en mi mente lo que podría ser mi vida muchos años más tarde.

Después, crecí. Me volví adulta, pero en lugar de mudarme a la capital del país, me mudé a otro continente, a otras capitales. La idea infantil que un día tuve de vivir en la gran Ciudad de México quedó rezagada en mi memoria. Alguna vez hasta me reí para mis adentros por haberlo deseado, pues conforme los años pasaban, me parecía que no era un lugar al que me adaptaría fácilmente, a causa de muchas ideas preconcebidas de alguien que creció en un pueblo de provincia.   

Sin embargo, el destino tiene sus propios recursos y cuando algo tiene que llegar a tu vida, llegará. Es así como después de, exactamente veinte años, de haber salido de mi país, por razones profesionales, hace dos años llegué con mi familia (esposo, hijo y mascota) a instalarnos sin fecha de término a la Ciudad de México.

Después de dos años de vivir en la ciudad, como resultado de una pregunta que me hizo la terapeuta sobre si me gustaba vivir aquí, me he permitido reflexionar en lo que ha sido esta nueva aventura. Si esa pregunta me la hubiera hecho hace un año, la respuesta hubiera sido un rotundo no. En ese tiempo, seguía sumergida en el duelo por haber dejado mi vida de más de seis años en Canadá, donde había logrado crear un espacio en el que me sentía cómoda, integrada, con una red de apoyo importante, o sea, con amigos, grandes amigos; y una manera de vivir que me daba seguridad y me hacía sentir a gusto.

Recientemente, tuve la oportunidad de volver a esa ciudad canadiense que por tantos años llamé casa, y aunque no opuse resistencia para dejarme llevar por la nostalgia, ya no sentí el dolor que me había acompañado todo el año anterior. Por supuesto que a los amigos los sigo extrañando; las reuniones, las risas, tantos momentos compartidos. Pero pude disfrutar de mi visita sin añorar con tristeza el ya no vivir allí.

Durante ese viaje, coincidí con una chica de quien, por la premura de la mudanza, no pude despedirme. Al verme de nuevo, lo primero que comentó, a guisa de reclamo, fue que no sabía que me había ido del país; no me había despedido de ella. Y finalmente pude decirlo en voz alta: “Lo siento. En aquel momento era tan difícil aceptarlo que preferí callarme”. Tan real era ese sentimiento de negación que jamás lo mencioné abiertamente. A diferencia de otras mudanzas que realicé, en esta última, mis redes sociales se quedaron mudas sobre el tema; nunca lo publiqué como tal. Había fotos, claro, pero no mencionaba que vivía de nuevo en México. Era tal vez una manera de engañarme a mí misma: si no lo decía en voz alta, quizás, volvería a Canadá y todo retomaría su curso como si nunca me hubiera ido.

Al contrario de lo que mi niña soñadora deseaba, la adulta que soy ahora vivió la mudanza a la Ciudad de México con demasiada dificultad. Después de tantos años fuera del país, la idea de regresar no estaba en mi horizonte ni a corto, ni a largo plazo. El caos en la ciudad me incomodaba a tal grado que me sentía perdida en cada movimiento que hacía. Ni hablar de la inseguridad. Sin embargo, lo más difícil fue sentir que no pertenecía. Sé que tal vez suene a cliché, pero después de haber vivido inmersa en otras culturas, el cambio interior es inevitable y existen cosas que ya no quieres volver a aceptar. Por muchos años, fui parte del grupo de las extranjeras, pero principalmente, formé parte de los grupos de las latinas. Sin importar si éramos de Venezuela, Colombia, Chile, Ecuador, etc, siempre había rasgos comunes entre nosotras. Pero en mi propio país, esa etiqueta ya no existía, y aunque conocía personas de otros países latinoamericanos, ya no éramos un bloque común. En México, dejé de ser extranjera; no obstante, así me sentía.  A pesar de ser mi país, llegué a una ciudad en la que nunca había vivido, aun cuando mis sueños infantiles así lo habían deseado. Y no se trata de una ciudad cualquiera, sino de una de las más grandes del mundo. Al principio, su magnitud me agobiaba, y aunque estaba rodeada de miles de personas, me sentía sola.

Después del primer choque emocional, empecé a permitirme disfrutar de las pequeñas cosas que no eran tan comunes en los otros lugares donde viví: el sol constante a lo largo del año, el clima templado, la sonrisa de las personas y su amabilidad; una mayor cercanía con mi propia familia, pues, aunque seguimos viviendo lejos, estamos en el mismo país y las visitas son más frecuentes. Y por supuesto, la comida. Encontrar todos los ingredientes que por años extrañé o por los cuales llegué a pagar pequeñas fortunas por volver a probarlos, fue un verdadero placer.

Poco a poco, empecé a aceptar que había tantas cosas que había extrañado y que para no dejarme arrastrar por la tristeza las había rezagado en lo más profundo de mi ser. Empecé a abrirme y a darme la oportunidad de conocer gente. Esto último es, sin duda, lo que ha hecho la mayor diferencia. Un día, conocí a la mamá de uno de los compañeritos de clase de mi hijo y, gracias a ella, a otras más con las que me sentí identificada, con las que tenía muchos puntos en común. Poco a poco, las redes de apoyo empezaron a crearse alrededor de mí, y me volví a sentir integrada; encontré un grupo al cual pertenecer.

A la pregunta que me hizo la terapeuta, acerca de que si me gusta vivir en la Ciudad de México, la respuesta se ha transformado en los últimos ocho meses, y justo al cumplir dos años de regreso a mi país, con toda sinceridad pude decirle: más un sí que un no. 

Si te gustó este artículo también te podría interesar:

Publicado por tanif24

Nací en Zapotlán el Grande, México y después de haber vivido en el extranjero por dos décadas regresé a mi país y actualmente resido en CDMX. Soy Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Colima, México y Maestra en Recursos Humanos por la Universidad París XII, Francia. Colaboré en la revista cultural Ventana Latina en Londres, Inglaterra y después de un pasaje por Toronto, Canadá he participado en diferentes antologías como Nostalgia Bajo Cero (2020), Laboratorio de Historias Breves (2021), La Casa en el Arce (2022), Sexta Antología de Escritoras Mexicanas (20239. Actualmente publico para las revistas Bikiniburka de España y Lacoyol de México.

Deja un comentario