Me quedo con los dedos en pausa, delante de una hoja en blanco tratando de exorcizar tu fantasma con palabras y metáforas que no te van a hacer justicia nunca. Justicia, una palabra con la que estoy peleada y perdí su significado en un juego de remembranzas que cada vez siento más que no me pertenecen. Sigo siendo tu hermanita aunque el tiempo te congeló a los 26 y yo tenga 31. Invento momentos que nunca fueron, como si pudiera bordar recuerdos nuevos con hilos invisibles.
Guillermo, el nombre que más me ha hecho sentir en mi corta existencia. Te imagino. Que no es lo mismo que recordarte, porque imaginar se trata de inventarte espacios y momentos que nunca van a pasar y el recuerdo es el repetir sonrisas, abrazos y lágrimas que solo quedaron en tu cabeza. Me toca imaginarte en un rincón vacío que me cuenta que serías si no te hubieses perdido en la infinidad del cielo. Porque si hablamos de infinidad, es una de las mentiras más grandes que me han contado. Porque la infinidad dura mientras dure la memoria y la memoria con el tiempo se va a un lugar llamado olvido que está lleno de escombros de lo que iba y dejó de ser.
Guillermo, dejame decirte que creo que nos enseñan los significados de la vida al revés. Aprendí que el miedo no evita la muerte, si no la vida y que una ausencia ocupa más espacio que una presencia. Tenías el raro don de habitar el silencio sin incomodarlo, como si llevaras música escondida en los bolsillos. Imagino tu sonrisa un poco chueca y la curva de tus ojos achinados cuando fuiste feliz. Caminabas como quien ya había entendido algo que los demás aún no. Y quizás por eso te fuiste antes. Quizás por eso te sigo buscando en las cosas que brillan por poco tiempo: una luciérnaga, una canción en la radio, el último sorbo de la taza de café que me daba mi abuela cuando iba a visitarla. Como dice Borges, “te debo las mejores y quizás las peores horas de mi vida y eso es un vínculo que no puede romperse.”
Guillermo, tu nombre es la brújula que me recuerda que vengo de un amor tan grande que aún sin presencia, me acompaña. Y aunque ya no estés en la mesa, estás en el mantel. En el aire. En las palabras que aún no sé escribir. Porque mientras para mi existan las palabras, existís vos en mi eternidad y en las estrellas que nos piden deseos porque al final de todo, quienes son los fugaces somos nosotros y no ellas.
Guillermo, sos mi recuerdo con raíces.

Amelia Serrano Arias es diseñadora gráfica y escritora hondureña. Cursa una maestría en Escritura Creativa y ha desarrollado su obra entre la imagen y la palabra, explorando las fronteras entre el arte, la memoria y la identidad. Sus textos han sido publicados en revistas y antologías literarias de Chile, Colombia y México. Combina su formación visual con la narrativa para construir un lenguaje propio donde el diseño y la literatura dialogan desde la sensibilidad y la raíz.
