
Sueños y girasoles
Por Anyela Botina
Hay un campo de girasoles en mis sueños y al otro lado esta esa música que nunca sabré que dice. Quizás algo con hormigas o cebollas, no sé, desde hace mucho no sueño como antes, cómo cuando te contaba sobre ese cru cru que abría el cielo. ¿Si te acuerdas?
Verás que en mi sueños yo puedo conducir, es agosto otra vez, las cometas vuelan sobre los girasoles y voy hacia donde está la música, no sé porque hacia allá, pero voy feliz.
Cuando abro los ojos intento recordar la letra, tararearla, pero es inútil. Me gusta como sueño ahora, aunque extraño cuando te soñaba y te veía clarito, pero hace mucho que no te sueño nada.
Compro un girasol en el mercado. Los días lluviosos me dan tristeza, unas ganas de llorar que no se de donde vienen. He descubierto una forma de combatirla a traves de la distracción. Anoto una palabra en una lista, una sola palabra que nombre eso que pesa, que hunde el día. Tras escribirla, elijo un camino que la tristeza no espera, un camino casi absurdo en su lógica. Si dice «abajo», yo respondo «lavandas», si dice vacío, yo digo «lavar ropa», si murmura «difícil», yo como naranjas, si me llama «cobarde», acaricio un perrito. La lista crece, pero cada día siento que, poco a poco, la tristeza se va cansando de seguirme el paso.
Anoto la palabra girasoles, la tinta azul del lapicero, las líneas del cuaderno y mi mano que me guía hasta ellos. Es como en el sueño, busco esa canción, la busco dentro de mí. Abro mi mano entre los girasoles, la extiendo buscando entre la niebla que envuelve la ciudad. Un cielo azul vive en mí, una despedida se guarda en mí, un beso habita en mí, pero no consigo encontrar de dónde vienen ni de dónde surgen los sueños ni cómo son. No logro encontrar el lugar a donde va el amor.
Aunque rendirme no se me da fácil, tomo un camino lejos de los girasoles de agosto, lejos de las cometas que vuelan sobre ellos. Corro hacia la orilla de un mar que no existe, un sueño apacible. Vuelvo a la tinta azul, a las líneas del cuaderno, a mi respiración lenta, muy lenta, a un lugar donde decir, tomar agua, escribir una carta, cocinar algo… Dios… y no duela.
Hay un poeta que dice que no hay por qué interrogar a la vida, la vida nada puede decirnos. No sé qué dice la canción; quizás nunca lo sepa. Tampoco sabré nunca por qué mis sueños son así, por qué ahora no son como antes, por qué no te he vuelto a ver en ellos. Sin embargo, los días pasan y me descubro feliz, como en el sueño. Así es la vida, después de todo: una no sabe para qué hace tantas cosas y, luego, al recordar toda la felicidad y tristeza vivida sabe que cada cosa ha valido la pena.
***

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇
Si te interesa este contenido, también te puede interesar:
