Por Rosario Gonzáles
Mirando por la ventana que me ofrece un panorama inigualable, me siento feliz en este atardecer primaveral. Preparé un postre delicioso, ya que en un rato llegará mi maridito después de 4 días de ausencia. Viaja tanto que ya no sé ni de dónde viene.
Tengo una vida tranquila y placentera; voy al gimnasio, toco piano, leo, suelo visitar a mi suegra y a mis tías viejecitas, de vez en cuando me reúno con amigas y también me gusta caminar.
—Cariñoooo —dice mientras entra por la puerta, me coge por la cintura y me da un apasionado beso.
¡Pero qué amoroso está hoy! Salimos al balcón a fumar un cigarrito antes de sentarnos a merendar con el postre que está listo. Una de las cosas que más disfrutamos en pareja es la hora del café porque conversamos, nos hacemos chistes y la pasamos bien. No tenemos hijos y tampoco hemos sentido la falta; cuando yo lo conocí, él ya tenía dos hijos de una relación anterior. A poco de casarnos nos dimos cuenta de que yo no podría procrear. Al principio, debo confesar, que me sentí desasosegada, pero luego lo asumí porque tampoco he soñado demasiado con ser madre y él parecía muy tranquilo con la situación. Así que nuestra vida matrimonial se centró en nuestra relación de pareja, que cada día parece más perfecta.
Está nervioso, me mira y dice:
—Te cuento que la mujer a la que he estado viendo últimamente está embarazada; te propongo criar a ese niño, nos alegraría la vida, ¿no crees? Después del nacimiento, ella se irá a hacer una maestría; lo arreglé todo para que le den una beca y se perderá por dos años. ¡Qué mejor que el bebé se quede con su padre!
¡Qué pasó! No entiendo nada, o sea que tiene una amante y yo recién me estoy enterando, encima va a tener un hijo. ¡Pero cuánta información en un solo instante! Mi castillo de naipes por los aires. Estoy tan ofuscada que no sé si tomarlo en serio o en broma.
Lo miro sorprendida y él sonríe cínicamente. Corro a mi cuarto y estallo en llanto.
Imágenes de mi boda vienen a mi memoria. Mientras me probaba el vestido, mi madre, siempre amorosa, me dijo que no me case. Y cuando mi padre me llevaba al altar, me agarró la mano con ternura y me expresó su consternación. ¡Qué intuición!
Igual me casé.
Un día cualquiera mi marido, me trajo un perfume, fino y de buena fragancia, pero no era de mis preferidos. Me pidió que me lo pusiera y cuando esa noche estuvimos en la intimidad, él fue otro, o tal vez estaría pensando en otra. Hasta ahora no me di cuenta. Acabo de atar cabos.
En otra ocasión me compró un bikini bien provocativo; ese día estábamos de viaje alojados en un bonito hotel con jacuzzi. Me dijo que usara el bikini; me sentía mujer de cabaret, aun así, accedí a su pedido. Ahora que recuerdo, me quedó la misma sensación que con el perfume. Él fue otro o pensaba en otra. Después de un largo rato entra a la habitación; está pensativo. Soy yo quien comienza la conversación.
—¿Desde cuándo ves a esa mujer? ¿Y cómo es que no me he dado cuenta? Mejor no me cuentes; no quiero saber. Y seguro has estado también con otras mujeres.
Ya ni sé lo que quiero, saberlo todo o nada; mejor nada, así no me falta al respeto porque seguro se explayará en detalles. ¡Es tan egocéntrico!
—He tenido algunas canitas al aire, tú sabes, son necesidades masculinas y no te puedes quejar; en estos 15 años de matrimonio nunca te ha faltado nada y hemos tenido una vida íntima intensa y plena.
—¿Y a ti qué te faltó? He respondido a cabalidad con mi papel de buena mujer en casa. Esposa farol luciendo joyas y prendas caras en tus reuniones de empresarios. He sido compañera, amante e incluso tu puta cuando así lo requerían tus fantasías. No me puedes reclamar nada. Pero tenías que buscar fuera, qué decepción.
—La naturaleza del hombre es así, necesita variedad y ser siempre el conquistador.
Pienso que este tipo es un asqueroso machista. Lo que no tiene de borracho lo tiene de controlador y ahora me entero que de mujeriego también.
—Esta noche no compartiré la cama contigo, me voy al cuarto de invitados. Necesito estar sola.
A la mañana siguiente, ya muy segura de lo que quiero, le digo:
—Que sepas que no seré parte de tu maldito complot; alejar a ese niño de su madre es lo más repugnante que he escuchado. No seré cómplice. Me voy.
—Si sales por esa puerta, no vuelvas —escucho antes de dar el portazo.
Sobre la autora
Laura Rosario Gonzales Salguero, Cochabamba- Bolivia.
Durante 15 años, viajera incansable, solo la pandemia pudo detenerla. A sus 62 años, cuando dejó formalmente el trabajo, decidió escribir acerca de experiencias y emociones. Es una mujer diligente, cálida, a veces irónica, pero sobre todo práctica, que no le teme al cambio. Va por la vida ligera de equipaje, leyendo y observando.Su formación técnica en sistemas le llevó a desempeñar diferentes puestos de trabajo, siempre relacionados con los números y las ciencias exactas. Hoy, con 65 bien cumplidos, dedica el tiempo a su vocación por las letras participando continuamente en diferentes talleres de lectura y escritura. Sus historias, como sus viajes, siguen buscando momentos intensos que contar.Tiene publicaciones con diferentes editoriales como Palabra Herida, Huellas de Tinta, Komala y otras, lo que la motiva a seguir contando historias.
