Maleni Cervantes
Esa noche pareciera que todo sucedía cual lo había planeado. Afuera, en el cielo, resplandecía una hermosa luna menguante convexa rodeada de pequeñas estrellas que figuraban ser las principales bailarinas del Waltz No. 2 de John Campbell que resonaba en la bocina que se encontraba en el recibidor. Mientras que los pinos, encinos, cedros y madroños les hacían segunda al dejar llevar sus hojas al compás del viento que las mecía de una manera delicada, pero constante.
Adentro, en la cabaña, yacían las velas que alumbraban de manera tenue la habitación que tenía vista al cielo estrellado y al denso bosque. En el ambiente la tranquilidad denotaba la paz que solo el amor puro puede traer consigo en una noche de otoño.
Al centro del lugar, una mesita con una botella de champaña Brut, dos copas tipo tulipa y un plato repleto de queso Comté, parmesano y gouda. Sin contar un sobre color café que pareciera sacado del siglo pasado por sus tonalidades, aunque con un hedor a café recién tostado.
“X” miraba a “Y” descansar en el sofá frente a la ventana. Nunca se había deleitado de una manera tan exorbitante al ver a ninguna mujer. Era la primera vez que una fuerza indescriptible la llevaba a querer situarse frente a ella de rodillas para suplicar cuan lo menos una mirada que le regocijara al corazón.
Sin embargo, para esa noche, tenía planeada otra acción maestra. Se acercó a ella, le tendió la mano y le propuso danzar tan sólo una canción. “Y” accedió, se puso de pie y pegó su cuerpo al de “X”. Comenzaron a bailar con pequeños giros, suaves y fluidos en un compás de tres por cuatro.
Exquisito es el olor de una fragancia que te es conocida, como el perfume de la persona amada. La música, la elegancia de un buen baile, la atmosfera en la que dos almas cruzan miradas y se entrelazan para siempre.
“X” contaba en su mente los días, meses y años que había esperado para que llegase ese momento. Recordó las veces que oró en silencio a un Dios que le parecía silencioso. Si tan sólo “Y” supiera lo mucho que la amaba desde el primer instante en que sus labios habían tocado los suyos en más de una ocasión.
Luego de la canción, sin perder más el tiempo, “X” actuó su papel de amante del siglo XIX, recogió el sobre de la mesita de centro y se arrodilló frente a su enamorada. Mientras en su rostro un pequeño rastro de sudor contrastaba con el brillo amarillento de las velas.
«Hay ocasiones en las que el corazón es un caballo sin jinete que lo guie por el sendero de aquello que se considera factible y correcto; es como si de un hilo dependiese la cordura de su fulgor, de la pasión de un sentimiento que es tanto incontrolable como imprescindible. Y, el día de hoy, quiero que comprendas cómo mi alma se aferra tanto a la tuya, así como si la vida misma dependiera de ello. Por ti esperaría la letanía de un desconsuelo que quema la razón por el aturdimiento de un amor incomprendido. Por ti estaría dispuesta a postrarme de rodillas mañana, tarde y noche con la devoción de un fiel al santo más predilecto. Debo de confesar que mi corazón quisiera seguirte fiel, cosecharte como una camelia roja por la cual late sediento y de manera tan ardiente por lo que la llama de mi deseo es tan inextinguible como la primera ocasión en la que tu aliento se topó con la barrera de mi cuello; es como si mi alma se abrazara a la idea fervorosa de que eres el lirio más blanco y perfecto, ese que es un deleite para la mirada, la belleza de la naturaleza misma al contacto de la sensibilidad del hombre; pero es que, aun así, mi ser entero se aferra a ti con el amor de un clavel rojo que he de entregarte sujeto a la cola de cabello que llevas hoy atada a los hombros. No sabes cuántas noches lloré en silencio, deseando estar frente tuyo, sujetar tu mano entre las mías, confesar todo esto que llevo en el pecho, todo lo que callo, mas te expreso con miradas de abstinencia, cual droga encuentro en tus besos. Hoy quiero entregarte lo más puro que me queda, la inocencia de un amor absorto por la luz de tus ojos, por la perfección de tus labios en la sonrisa que se traza en el lienzo de tu rostro. Hoy quiero pedirte que, si existen otros mundos paralelos o, incluso en este mismo, seas la mujer que me acompañe como si fuésemos una misma, tal cual en la inoculación de los árboles que esta noche nos rodean. Quiero tener la dicha de despertar por la mañana, observarte dormir, acariciar tus mejillas, reacomodar tu cabello, y amarte con la intensidad con la que ama la parte más profunda de un artista que no se cansa de esculpir la belleza de lo efímero que es la vida. Hoy quiero pedirte que seas tú, la mujer de lo que me resta de tiempo en este mundo terrenal. ¿Quieres ser mi fiel compañera de aventuras, deseos, nostalgias y anhelos?».
En el fondo de sus oídos, la sonata se había detenido. Al igual que todo lo que la rodeaba. En un instante, el mundo se paralizó, se detuvo a la espera de una respuesta que se comprendería entre un monosílabo de afirmación o negación, un juego en el que el corazón se esconde precipitado en lo más profundo de la carne humana.
La tensión se sujetó a sus mejillas y a una sonrisa forzada al igual que alguien que cuenta los segundos para escabullirse entre las calles y rostros que le son desconocidos. ¿En qué momento una coincidencia se toca con la punta de los dedos cual la delicadeza con la que una mirada conserva el recuerdo de un ser semejante?
Ahí estaba “X” tan enamorada como hacía doce años. Para cumplir una promesa nunca susurrada por sus labios. Esperando atenta a que el anochecer diera paso a un sol que aturdiera la mirada más diestra. Con una mano sujetando la carta que había escrito una noche a la luz de las velas y con la compañía de la luna. Mientras que en la otra mano sujetaba la de su amada.
Acto seguido de soltarse las manos y la carta, para buscar en el bolsillo del pantalón un anillo de compromiso que comenzó a colocarle en el dedo anular izquierdo. Un minuto eterno en el cual el pulso le fallaba, la respiración estaba entrecortada y sus labios tartamudeaban palabras inaudibles.
Y, el acto final, culminó con un beso en el que sus labios se entrelazaban en un ir y venir desesperado como con la presura del sueño que acaba de vislumbrarse ante sus ojos. Cuando se toparon por primera vez, saludándose de manera formal e inequívoca con un «buen día».
La destreza de un destino que recién comenzaría. Cuando de un sueño despertamos y nos aferramos a una sonata de unos audífonos destartalados como la realidad inmediata que nos absuelve de los pecados y los deseos más ocultos. Un sueño que inicia en el imaginario y se apodera de lo más tangible a nuestros sentidos.

