
Bitácora de una madre
Por Anyela Botina
I
Te digo que el día en que naciste hacia un sol inmenso. Desde la ventana miraba un cielo limpio, sin una sola nube. Conoces esta historia, habita en ti como tus manos, tu cabello, tu rostro. Te digo también que el sol quiso conocerte primero, y por eso apartó todas las nubes. Entonces, sonríes y tu boca, sin pronunciar palabra, es el origen de este mito.
II
Siempre me ha parecido que tus ojos buscan un lugar para ser, me miras y te apoderas de algo mío que te pertenece.
III
Cuando me miras recuerdo que alguna vez fuiste una bebe, y cuando buscas mis brazos para dormir recuerdo tus movimientos en mi vientre. Quisiera pensar que siempre estaremos así, tu y yo en el tiempo, unidas por un cuerpo nuestro, un cuerpo profundo al que se le escapa la vida por las grietas.
IV
Cuando supe que crecías en mí, en las noches cerraba los ojos y te sentía: eras como una burbuja de aire que descendía desde mi ombligo hasta la pelvis. Nunca se lo conté a nadie; creía que eran solo cosas mías. Ahora, cuando quiero conversar contigo, te cuento estas cosas. Tú sonríes, quizás piensas que son ocurrencias de tu madre, pero lo que quiero es que sepas que tejí tu cuerpo con mi sangre y mi historia, con mi carne y mi palabra.
V
Después de tu nacimiento, fuimos dos cuerpos, elegí tu nombre, lo dije a los demás para que también pudieran llamarte así, para darte un lugar de todos los posibles en los que ahora podrías estar. Ya no mas en mi vientre. Te di un nombre para ofrecerle a tu cuerpo una casa.
VI
Sentir el cuerpo agrietado y que por las grietas se filtre el viento, el frio. Si, volverme mas sensible al frio. Sentir que la tristeza se me escurre por las grietas. Desear quedarme en la ducha, recobrar mi cuerpo, unir lo roto. Escribir mi nombre muchas veces para traerme de vuelta. Visitar mi armario, encontrar mi ropa de antes del embarazo, no encontrarme en la ropa, no encontrarme en la piel. Alimentar su cuerpo, sentir que no es suficiente, que llora porque no es suficiente.
VII
Pasé nueve meses tejiendo una manta que nunca llegaste a usar. Fue en mis manos mientras tejía que supe como llegarías a ser. No te dio abrigo, pero terminé colocándola sobre mis hombros, porque era mi espalda la que dejaba abierta la entrada al frío.
Dicen los antiguos que la gente solía tejer sus propias mortajas, como quien se prepara pacientemente para el final. Yo siento que, aunque tú nunca usaste la manta, yo ya sabía que iba a necesitar un lugar que me sostuviera.
Quizás fue sólo un azar, una coincidencia, pero hacerse una vida son muchos actos echados al azar y tejerse un nuevo cuerpo no es más que contarse de nuevo la historia de nacer y morir. Quiero pensar que ese tejido hecho con mis manos me recogió en la tristeza, y fue el útero donde volví a nacer.
VIII
Todos nacimos primero de un mito, nacimos de una palabra, ¿No ves que Dios dijo “hágase la luz” y la luz se hizo o que también se cuenta que “el Verbo divino se encarnó”?. Las palabras que te dieron origen tejieron un rayo de luz que atravesaron la oscuridad, figuraron tu cuerpo, yo camine por ese lugar oscuro, intuyendo lo que serias, no fue con los ojos, no te miraba, pero te sentía en el calor de mis manos y en el dolor con el que te hacías un espacio en mi cuerpo. Al nacer toda la oscuridad se vacío y te entrego en mis manos que fueron tu primer nido.
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Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇
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