Amistad, deseo y otros malentendidos.
Los vi desde lejos, en una terraza discreta del centro, compartiendo una cerveza y una risa que se notaba vieja, cómplice, sin tensión ni expectativa. Él le acomodaba el cabello con cuidado para que no le cayera en la cara. Ella le contaba algo con entusiasmo, moviendo las manos. Ninguno se tocaba demasiado, pero había entre ellos una cercanía muy viva. Me pareció hermoso, incluso tierno.
Dos personas, un hombre y una mujer, hablando como si el mundo allá afuera no les gritara otra cosa.
No sé si eran amigos, amantes, compañeros de trabajo, hermanos del alma. Pero verlos me dio la excusa perfecta para traer al centro una pregunta que lleva generaciones haciéndose:
¿Pueden un hombre y una mujer, ambos heterosexuales, tener una amistad profunda sin que el deseo sexual la atraviese —o la complique— en algún momento?
El cine, la literatura y hasta las sobremesas familiares parecen haber dictado un veredicto claro: no. Que siempre uno se enamora. Que siempre uno espera algo más. Que siempre hay tensión, aunque se reprima. Que no existe la «friendzone», solo una espera frustrada.
Pero… ¿y si eso no fuera más que una incapacidad colectiva de imaginar relaciones afectivas que no estén regidas por la lógica del romance?
Yo conozco personas —hombres y mujeres heterosexuales— que llevan años de amistad profunda, leal, amorosa. Amistades que no han cruzado los límites del deseo ni del enamoramiento. Y sin embargo, muchos a su alrededor dudan de esa posibilidad. “Algo debe haber pasado en algún momento”, “al menos uno de los dos seguro quiso algo más”, dicen. Como si fuera imposible que el afecto existiera sin que el cuerpo lo reclame todo.
Hablé con algunas personas para conocer sus experiencias. Algunas me confirmaron esa amistad sin dobles intenciones. Otras, me contaron historias donde los límites se volvieron difusos.
Natalia, 29 años: “Mi mejor amigo y yo llevamos catorce años de amistad. Nunca nos hemos besado, ni coqueteado siquiera. A veces bromeamos diciendo que somos como hermanos perdidos. Lo curioso es que nuestras parejas siempre terminan celándonos. Hay algo en la intimidad no sexual que parece más amenazante que una aventura.”
Óscar, 34 años: “Tuve una amiga con la que me llevaba increíble. Salíamos, nos desvelábamos hablando, nos contábamos todo. Yo estaba seguro de que éramos solo amigos… hasta que un día ella me confesó que estaba enamorada. Me dolió perder esa amistad. No porque no correspondiera, sino porque ya nunca volvió a ser igual.”
Paola, 27 años: “Yo sí me enamoré de mi amigo. Nunca se lo dije. Llevamos ocho años de amistad, y él nunca me ha dado señales. Me tomó tiempo entender que podía seguir amándolo, aunque él no me amara igual, y que eso no anulaba lo que tenemos. El amor no correspondido también puede ser silencioso y respetuoso.”
Mauricio, 33 años: “Mi mejor amiga y yo nos conocemos desde hace quince años. Nunca ha habido tensión sexual. No la hubo cuando ambos estábamos solteros, ni ahora que ella tiene pareja. Pero la gente insiste en que algo debe pasar. Como si abrazarnos, mirarnos con ternura o cuidarnos fuera un contrato no dicho. ¿Por qué el afecto entre hombre y mujer tiene que traducirse siempre en deseo?”
La psicología contemporánea ha señalado que la amistad y el deseo son dos sistemas distintos del cerebro, y que pueden —y suelen— coexistir sin necesariamente mezclarse. De hecho, muchos estudios han demostrado que las amistades entre personas de sexos opuestos pueden ser emocionalmente igual de profundas, leales y saludables que las del mismo sexo. El problema no es el vínculo, sino la interpretación que los demás —y a veces nosotros mismos— hacemos de él.
Y claro que existen zonas grises: personas que se enamoran de sus amigos, amistades que evolucionan en relaciones románticas, vínculos que se tensan por expectativas desiguales. Pero eso no invalida la existencia de miles —sí, miles— de amistades entre hombres y mujeres heterosexuales que han resistido el paso del tiempo sin confusión ni deseo.
El deseo puede estar, sí. Pero no determina. Lo que lo determina es la voluntad: de cuidarse, de respetar los límites, de priorizar el vínculo por encima de la expectativa romántica.
Entonces, ¿se puede?
Sí. Se puede.
Cuando hay claridad, madurez, respeto y honestidad emocional, la amistad entre hombres y mujeres no solo es posible: es profundamente valiosa. Porque nos permite descubrir nuevas formas de conexión que no responden a lo romántico, pero que igual nutren y sostienen.
Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
