Tramas Humas | Odio al Odio

Hace unos meses, una noche cualquiera, mi papá me invitó a acompañarlo a un centro budista. Estaba explorando un camino espiritual y quiso compartirme algo de eso. Acepté, sin saber muy bien a qué iba, pero con la curiosidad de quien busca entender el mundo un poco mejor.

Esa noche, entre paredes sencillas, aroma a incienso y la calma inusual del lugar, un monje nos guió en una meditación. No era solemne, ni rígido; hablaba con una tranquilidad firme, como quien ha peleado muchas veces con sus propios demonios y decidió hacer las paces.

En cierto momento, el monje dijo algo que se me quedó grabado:


“Odiar a quien te hace daño es como pegarle al fuego porque te ha quemado.”

Lo dijo despacio, con intención. Luego explicó que muchas veces confundimos a las personas con el odio que las atraviesa. Que el odio es como una sombra que se apodera de alguien por un momento, pero que no lo define. “No odies a la persona —dijo—, odia al odio que la habita.”

Nunca nadie me lo había explicado así.

Ese día entendí que el odio no se trata solo de violencia o rabia descontrolada. Se trata también de lo que elegimos hacer con el dolor que otros nos provocan. De qué parte de nosotros dejamos que se active cuando alguien nos hiere. Y de cómo, muchas veces, el odio no resuelve, solo perpetúa.

Desde entonces, cada vez que siento que algo me quema por dentro, me acuerdo de esa noche. Y pienso que quizás no se trata de perdonar inmediatamente, ni de justificar lo injustificable. Pero sí de recordar que el odio, aunque nos dé la ilusión de fuerza, termina quemándonos primero a nosotros.

Testimonios del odio:

«El odio que arde sin descanso»
Luisa, 36 años, diseñadora gráfica

“Yo no sabía que era neurótica hasta que empecé a ir a terapia. Me di cuenta de que vivía enojada. Todo me alteraba: el tráfico, los mensajes sin responder, los ruidos de los vecinos. Me irritaba incluso que la gente no entendiera cómo me sentía. Pero lo más fuerte fue aceptar que había gente a la que realmente odiaba. Personas que me traicionaron, que me hicieron sentir menos. Sentía que si las perdonaba, les estaba dando permiso de seguir existiendo sin consecuencia.

Una vez mi terapeuta me dijo: ‘el odio también te encierra a ti’. Y eso me pegó. Porque es cierto: no podía avanzar. Todo mi pensamiento giraba en torno a ese enojo. Como una cuerda apretada en el estómago. Todavía me cuesta, pero ahora lo reconozco cuando llega. Me digo: ‘esto que sientes no eres tú. Es solo la vieja costumbre de defenderte quemando todo a tu alrededor.’

«El odio que quiso quedarse y no lo dejaron»
María Elena, 42 años, maestra de primaria

“Mi mamá nos maltrató durante años. Y yo crecí con una rabia adentro que no me cabía en el cuerpo. Juré que nunca la perdonaría.

Pero hace poco me enfermé gravemente. Estuve hospitalizada y ella fue la única que estuvo ahí todos los días. No hablamos mucho, pero se sentaba conmigo en silencio. Me traía fruta cortada. No me pidió perdón, ni yo a ella. Solo fue.

No sé si eso basta. Pero entendí que a veces el odio también quiere quedarse porque nos protege. Yo lo solté un poco ese mes. No porque ella cambiara, sino porque yo ya no quería que esa parte de mí decidiera por mí. El odio me sostuvo un tiempo, pero también me quitó alegría. Ahora lo veo llegar y le abro la puerta solo lo necesario, como a un visitante que ya no me manda.”

«El odio como herencia colectiva»
Fernando, 28 años, sociólogo

“Cuando crecí, me enseñaron a odiar a los hombres ricos. A odiar a los policías. A odiar al sistema. Y en parte tenía sentido: yo vengo de un barrio muy golpeado, donde la injusticia era el pan de cada día.

Pero con el tiempo me di cuenta de que ese odio me estaba volviendo ciego. Que no podía distinguir a la persona de la estructura. Empecé a conocer gente que trabajaba dentro de ‘ese sistema’ y que también intentaba cambiarlo desde dentro. Gente buena, solidaria, empática.

Eso me dolió, porque me desarmó. Me obligó a cuestionar las etiquetas con las que yo organizaba el mundo. No dejo de indignarme. Pero ahora trato de que mi enojo no se convierta en odio ciego. Porque el odio nos une, sí, pero a veces también nos empobrece.”

Pensar en el odio: entre la permanencia y el desprendimiento

Hay una constante en todas las historias que escuché: el odio no aparece como una emoción pasajera, sino como algo que se queda. Se instala, se hace casa en el cuerpo. Y lo más peligroso es que, muchas veces, confundimos ese arraigo con verdad.

Creemos que si lo sentimos por mucho tiempo, es porque tenemos razón. Como si la duración de una emoción le diera legitimidad absoluta. Como si el dolor, al repetirse, se volviera justo.

Pero el odio, aunque parezca sólido, no es inmóvil. Con el tiempo cambia, muta, se contamina o se diluye. Y ese tiempo no pasa solo: necesita voluntad, conciencia y un esfuerzo activo por no dejar que el odio nos moldee la identidad.

El odio tiene sed de permanencia. Quiere convencernos de que solo siendo leales a él podremos protegernos. Nos ofrece una armadura, pero también nos quita el tacto.

En una sociedad donde el conflicto es constante, hemos aprendido a elegir bandos, a odiar con coherencia política, con rigor moral. Pero no siempre se trata de odiar menos —a veces se trata de odiar mejor. Es decir, de reconocer que ese odio debe ir dirigido a las acciones, a los sistemas, a las injusticias estructurales… y no al cuerpo frágil que en algún momento nos hirió.

Y entonces vuelvo a la frase del monje:
“Odiar a quien te hace daño es como pegarle al fuego porque te ha quemado.”

El fuego no es culpable. Quema porque es fuego. Las personas, como el fuego, a veces nos hieren desde un lugar que tampoco saben nombrar. ¿Eso las justifica? No. Pero tal vez, si en lugar de pegarle al fuego, aprendemos a reconocer su forma y su calor, podremos dejar de herirnos tratando de castigar lo inevitable.

El odio existe. Está ahí, latiendo en las relaciones humanas, en las estructuras sociales, en los discursos públicos y en los vínculos más íntimos. No es una emoción marginal: es una respuesta poderosa ante el agravio, la injusticia o el dolor. Pero eso no lo convierte en una brújula confiable.

El odio tiende a cerrarse sobre sí mismo. Aunque nace muchas veces del deseo legítimo de justicia, fácilmente se transforma en hábito, identidad o ideología. Y ahí radica el peligro: cuando dejamos que el odio organice nuestra manera de mirar el mundo, terminamos replicando la lógica que creíamos combatir.

Odiar al odio, como enseñó aquel monje, no significa romantizar a quien hiere. Significa no permitir que su sombra nos arrebate la posibilidad de actuar con conciencia. Significa elegir —una y otra vez— no devolverle al mundo la misma violencia con la que fuimos tocados.

Por Alondra de Castilla.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.

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