Colaboraciones: «La tía Sonsoles» Narrativa 

Por: Miriam Rodríguez Roa

Esa mañana de invierno Laia despertó con la fragancia intensa y familiar que venía desde la cocina.

Estaba segura, ese era el olor de la leche caliente con cascarilla de cacao tostado. Salió de la cama y como persiguiendo el perfume, llegó al lugar donde solo había unos pocos muebles, silencio, fogones apagados sin rastro de leche o cacao. Decepcionada, se sentó en una de las sillas rojas y por una pequeña ventana pudo ver cómo caía la lluvia. Pero su sentido del olfato insistía en guardar esa esencia.

Entonces como Dorothy, se vió envuelta en un huracán, pero no llegó al camino amarillo que la llevaría hasta Ciudad Esmeralda, en busca del mago de Oz, sino hasta un lugar real, que ella conocía muy bien: el lugar donde podía volver a tener seis años.

Sonsoles era su tía abuela. Dulce, cariñosa, frágil, delicada, el cabello blanco siempre sostenido por un par de peinetas. Sus pestañas, seguían siendo rubias y rizadas y daban marco especial a un par de ojos azul profundo. Esto hacía que Laia creyera que ese era el motivo del origen de su nombre, se repetía para sí: “ los ojos de la tía son soles ”.

Sabía que cada visita, indefectiblemente traía aparejada el mal trago de la merienda, pero no le importaba, porque su “sacrificio infantil ” bien valía la pena. No le gustaba la leche, mucho menos con esas cascarillas. Pero ¿alguien podía negarse a saborear el brebaje humeante del tazón de loza que te habían servido con amor esas manos pequeñas, tan suaves como delicadas? Cada vez la veía preparar todo con suma dedicación y por eso jamás hubiese rechazado esa taza de sentimientos. Sí, de sentimientos. Pensar que el líquido blanco donde habían navegado esos trozos tostados, como barquillos en medio de un maremoto, llevaba la impronta de la bondad infinita de su tía, la hacía apretar los dientes y tragarlo sorbo a sorbo, mientras que claro está, había largos intervalos de una cuchara danzando dentro del recipiente.

Sonsoles era la hermana mayor de su abuela, esa abuela que no conoció, a quien nunca siquiera pudo soñarla, porque había muerto muy joven, a la que miraba desde una foto color sepia, colocada sobre una prolija carpeta tejida que abrigaba el mármol de la mesita de luz y a la que nunca le faltaba una flor.

La tía la llevaba de la mano hasta allí, como si fuesen a entrar en un lugar mágico. La habitación siempre olía a jabón con hierbas, a pulcritud, a bosque fresco. Tomaba la imagen y la besaba y luego le indicaba que hiciera lo mismo. Sus ojos azules eran más parecidos al mar que nunca. Laia podía ver cómo se le encharcaban de agüita salada y cuando la abrazaba fuerte, podía sentir los latidos de su corazón y escuchaba cómo estos le decían lo mucho que había querido a esa hermana, cuánto la extrañaba y que esa era la razón de que ella fuera su pequeño tesoro.

Es que Sonsoles, hablaba así: con el corazón . Su boca jamás había emitido palabra alguna, tampoco sus oídos habían escuchado el ruido del mundo y su alma pura no sabía de la furia que rodaba como moneda corriente.

Edición: Aimeé Miranda Montiel

Publicado por Aimeé Miranda Montiel

Soy una persona mega ecléctica y súper acuario… amo la energía, amooo a los perritxs, todxs me parecen adorables y a todxs les digo “hola bebé” cuando los veo en la calle, obviii mi favorita es Rafaella mi perrhija, amo las plantas, amo leer y escribir desde que era niña, soy una apasionada de las palabras y me encanta echar el chal, amo entrevistar a cualquiera, pues para mí todo ser humanx tiene algo interesante que compartir, pues todxs somos únicxs. Amo la vida, amo mi vida, amo este momento, gracias infinitas por compartirlo conmigo (:

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