Vaciar una montaña | Las preguntas

Imagen de Chema Madoz

Por: Samia Badillo

A mí me gustan las preguntas. Mi madre me dice que, cuando era chiquita, yo era la niña de los por qués. Me acuerdo mucho de que me impresionaba de verdad el que los pájaros volaran y quería saber por qué lo hacían. O qué era el sol y por qué «salía y se metía». O por qué la luna nos perseguía mientras la veía en un auto en movimiento y por qué cambia con los días (aún hoy me impresiona, la verdad, pero hay cierto saber ¿racional? ¿científico? Que da calma a una parte de mí: “hay explicaciones para esto. Y lo puedes entender”).

Conforme fui creciendo, las preguntas se fueron haciendo más grandes -o más chiquitas, pero profundas- ¿Quién soy? ¿Qué siento? ¿Qué es amar? ¿El otro me ama? ¿Qué me da calma? ¿Por qué morimos?¿Cómo dejo ir?

Alguna vez pensé que mi afán de preguntar tenía que ver con mi afán de controlar. Si pregunto, por ejemplo, ¿a dónde va ese autobús? saberlo me hace pensar que no me pasaré de calle. Si pregunto: ¿Cuántas personas vienen a la fiesta? en mi mente puedo calcular las porciones para tener suficiente comida en la celebración. Conocer el itinerario de viaje (¿Dónde vamos a ir? ¿Cuál es la ruta que seguiremos?) me permite pensar en qué llevar, cuánto dinero, y prepararme para lo que surja. Mientras escribo esto una parte de mi pensamiento se reafirma: tenemos paz si sabemos todas las variables. Aunque en el mundo no haya paz del todo. Aunque esa sensación sea un refugio para afrontar este inevitable caos. 

No quiero tratar mal a esta parte de mí que quiere sentirse segura. De alguna u otra forma, sé que todas las personas lo queremos. Sólo que a veces la seguridad por sobre todas las cosas nos trae una vivencia del mundo muy parcial. Todo está pasando en el mundo siempre: y las preguntas con demanda de certeza a veces son espadas hermosas que movemos con energía y que solo alcanzan a cortar el aire. 

Ahora mismo, imagino a mi mente como una habitación. Los muros y las paredes son preguntas. Algunas paredes, las que más veo o cuido, están adornadas y limpias. Otras están siendo destruidas por el paso del tiempo. ¿Qué preguntas escondo porque no las quiero ver? ¿Hay habitaciones propias hechas de preguntas en las que nos sentimos amenazadas por nosotras mismas? 

Mi mente no deja de generar preguntas.  Y en mi corazón no dejan de nacer. Algunas las cultivo con esmero; a otras no las quiero ver seguido y me incomodan; otras sólo las dejo morir. Si me preguntan ahora, quisiera que todas estas semillas que llevan dentro preguntas se convirtieran de pronto en un jardín precioso. Pero su potencia radica quizá en no convertirse en un jardín. Su potencia radica en sólo ser lo que son  y en permitir que las contemple. 

Tal vez ya no haya que blandir la pregunta como arma. (Tal vez sí). Tal vez haya que  dejarse habitar por la pregunta, con la calma de quien se sienta a contemplar a la extranjera que dice algo de nosotras mismas  en un idioma que no hablamos pero sí entendemos, mientras nos dejamos estar, sin pretensión de decir nada, habitadas por sentirse en paz con el enigma.

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