50 sombras de morado | El invencible verano de Liliana

Por Irene González.

‘El invencible verano de Liliana’ (Premio Pulitzer 2024) por la autora Cristina Rivera Garza, es una lectura dura pero necesaria que aborda desde la perspectiva más vulnerable el tema de los feminicidios en México y la inalcanzable, dolorosa lucha por alcanzar una justicia que, en una abrumadora mayoría de los casos, sencillamente nunca llega. Cristina habla con el corazón en la mano y el pecho abierto sobre su propia hermana, Liliana Rivera Garza, asesinada el 16 de julio de 1990. La familia señala a su entonces pareja, Ángel González Ramos, como el responsable de arrancarle la vida a Liliana, una joven universitaria de apenas 20 años.

Este libro es muchas cosas: un testimonio leal y bello del paso de Liliana en este mundo y de su huella, que ha perdurado y perdurará por más años de los que ella estuvo en él. Un recuento de los hechos que rodearon su vida, asesinato, y que aún rodean su ausencia. Pero, de alguna manera, entre tanta tristeza, vulnerabilidad e impotencia, es también un grano de esperanza. ¿Por qué? Porque Cristina menciona varias veces, tanto en el libro como en entrevistas posteriores, algo que me pareció una muestra inequívoca de que la lucha por nuestros derechos, desde muchas trincheras, siempre valdrá la pena. Que se debe persistir en alzar la voz, en señalar, en resistir: Cristina habla muchas veces de la importancia del lenguaje.

En 1990 no existía la figura del feminicidio, que fue tipificada en nuestro sistema penal hasta el año 2012. Se hablaba de ‘crímenes pasionales’, un término que no abarca en modo alguno ni intenta entender esta violencia por razones de género. En los años en los cuales Liliana sostuvo una relación con Ángel González Ramos no se hablaba del termómetro de la violencia, o violentómetro, que fue creado en el 2009 como una herramienta para educar, sensibilizar y prevenir distintos tipos de violencias, que en los 80’s y 90’s estaban incluso más normalizados que hoy día. Cristina se pregunta si este tipo de información habría podido ayudar a Liliana, en una época en la que el mensaje social justificaba, respaldaba y romantizaba actitudes peligrosas dentro de las relaciones de pareja, como los celos, las rabietas, la falta de control emocional y la insistencia. Ayer se llamaba romance, hoy se llaman banderas rojas.

Y no, ese progreso no llegó solito, como una consecuencia natural del transcurso del tiempo. Se dio porque se peleó por ello. Porque existió una resistencia que creó la necesidad de usar un lenguaje nuevo, de abandonar aquellas formas que hacen apología a la violencia, la normalizan, revictimizan. Que no bastan.

Ese progreso llega cuando, por ejemplo, a finales del 2019 un colectivo chileno denominado LASTESIS crea un himno llamado ‘Un violador en tu camino’, una protesta contra la revictimización, la impunidad, la opresión del Estado.

«Y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía
El violador eras tú»

Himnos así gritan las palabras que muchísimas violencias buscan con urgencia silenciar. Violencias que regresan una y otra vez a la víctima como culpable de su propia agresión, sin importar el contexto. Por vestir falda o vestido, por salir de noche o de día, por ir sola, por ir acompañada, confiar en tu novio, esposo, hermano o padre, por tener pechos, piernas, boca, por sonreír, por no hacerlo, por atreverte a estudiar, a usar el transporte público, a manejar, ir al gimnasio, a la escuela, al trabajo, por estar en tu casa. Por existir. Por ser mujer.

Pero el lenguaje importa. Importa cuando himnos así tejen a través de sus palabras redes que permiten otras formas de oposición. Redes que toman fuerza y llegan a quien las necesita, que inspiran nuevos movimientos, protestas o, incluso, un libro. Importa cuando mujeres como Cristina Rivera Garza lo escuchan y eso les ayuda a sentir que, finalmente, existe la posibilidad de hablar acerca de Liliana. De hacerlo a través del lenguaje correcto, uno que mencione su caso como lo que fue: ni un crímen de pasión, ni un amor celoso, sino una de las más graves violencias de género. Un lenguaje que reconozca que hay un culpable de su asesinato, y uno nada más: el hombre que decidió arrebatarle la vida.

El día de mañana, cuando algún estúpido salga a burlarse del performance de un colectivo, cuando otro cuestione de qué sirve tanta gritadera en las plazas públicas, para qué nos inventamos bailes, canciones, frases, pancartas, términos como banderas rojas o minicen cualquier esfuerzo por señalar nuestras violencias, recordemos las palabras de Cristina: el lenguaje sí importa. Sí hace la diferencia. Y continuemos visibilizando, desde diversas trincheras, las realidades que tanto empeño ponen por silenciar.


Irene González es autora de la novela juvenil de fantasía “En busca de Itzel”, ganadora en la convocatoria Alas de Lagartija 2021 del programa Alas y Raíces perteneciente a la Secretaría de Cultura Federal. Publicada en antologías infantiles como “Sobre la tela de una araña” (Ediciones Momo 2022) y la antología de ciencia ficción “Xalisco Inefable” (Ediciones Mandrágora 2022). Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria (Literalia Editores). Ganadora del 1° y 3° lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Colabora en la revista La Coyol y en Artefacto de Letras.  

Instagram: @r.irenegon 


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Publicado por La Coyol Revista

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