Por Irene González.
Quizá pocas personas notaron su ausencia. Aurora fue hija única y sus padres ya llevaban tiempo viviendo en un asilo del gobierno. Para cubrir los gastos tenía tres trabajos, dos más o menos formales y uno informal. En los tres se desempeñaba como vendedora: dependienta en una tienda de ropa, vendedora de polvo para malteadas en una tienda de suplementos, representante de una marca por catálogo a través de las redes sociales.
Una tarde fue a entregar un producto a la estación de periférico sur. Eran unos sartenes caros que le hacía ilusión vender: el dinero ajustaba para comprarle un par de zapatos a su mamá. Aurora bajó del tren y salió a la calle, a cada paso el metal entrechocaba, cantaba. Nadie recordaría lo que llevaba puesto; una blusa tipo polo morada, morado jacaranda, que era el color que más le gustaba. Unos jeans con roturas, tenis converse de segunda mano. Traía alrededor del cuello la medallita de San Antonio que su mamá le regaló de niña y la esclava de plata heredada de la bisabuela materna. Ellos sí se acordaban.
Aurora nunca tomó el tren de regreso, su mamá no pudo estrenar zapatos nuevos. La casera fue el primer ser humano en notarlo, la reportó como desaparecida una semana después porque no pagó a tiempo la renta y la joven, a pesar de su batallosa economía, solía ser puntual con el pago. Los chaneques, en cambio, se dieron cuenta esa misma tarde. Quizá Aurora tenía poco, pero siempre lo compartía, pan y leche todos los días para alimentar a los duendecillos que vivían con ella. Jamás los vio, le bastaba sentirlos correteando entre las paredes, murmurando en las esquinas de las ventanas. “Son nomás las condenadas ratas”, le dijo alguna vez una vecina, agitando la mano con desinterés cuando ella le contó sobre sus compañeritos. Aurora sonrió, se encogió de hombros y continuó llenando platitos hondos de agua, leche fresca y tantita fruta y verdura. Limpiaba bien el espacio alrededor de la comida porque había escuchado de alguna parte que los chaneques disfrutan mucho los lugares higiénicos.
Esa noche, al inicio, se molestaron un poco cuando asomaron sus narices en la cocina y encontraron que los platos no estaban, porque pensaron que Aurora los había olvidado. Al llegar la madrugada, sin noticias de la joven, comprendieron que algo debía de andar muy mal, y para la mañana siguiente estaban, sencillamente, descorazonados.
Los días pasaron, no muchos antes de que una familia desconocida ocupara el apartamento en el que solía vivir Aurora. La vecina alguna vez le preguntó a otra si sabía qué había pasado, alguien mencionó que “…seguro a la morrita ya la traía hasta la madre mantener a los papás, se la ha de haber llevado el novio a vivir con él pa’ su pueblo” “¿Pero cuál novio? Si aquí nunca vino nadie” “No sea ingenua, mujer, ¿apoco cree que una chamaca como ella se arregla así nomás para salir sola a la calle? Si salía to’a pintada de la casa es porque se andaba viendo con alguien”
Esos vecinos muy pronto descubrieron que las llaves se les perdían mucho más de lo habitual, que el pan se les echaba a perder en cuestión de minutos, las plantas de repente se les marchitaban y nunca más una sola flor volvió a crecerles sin plaga. Pero eso no era suficiente. ¿Quién recordaría a Aurora como la amiga que fue para los pequeños chaneques? Honrar en silencio la bondad de la joven les parecía una resolución pobre. Decidieron hacer algo que en cualquier otra circunstancia evitarían a toda costa: pedir ayuda.
Ese año las jacarandas florecieron casi un mes antes de lo usual y la floración se mantuvo mucho más tiempo de lo debido. El fenómeno llamó la atención de los medios de comunicación, de los ciudadanos, los botánicos y de, bueno, básicamente todo el mundo. El brillante color estaba por doquier, los camellones rebosaban morado, arriba y abajo, pues los pétalos caídos se mantenían vivos en el suelo hasta que los barrían o se esparcían con el viento. Las ramas estaban tan tupidas que resultaba difícil ver el cielo desde la calle. Costó poco trabajo convencer a las hadas. Incluso fue idea de ellas hacer que, al amanecer, las flores lanzaran destellos dorados y, si te encontrabas parado lo suficientemente cerca de uno de estos árboles, escucharías durante algunos minutos un ligero tintineo, como campanitas muy pero muy pequeñas, recordando aquello que las personas habían dejado de lado tan fácilmente… el nombre de una chica que jamás volvió a casa.

Irene González es autora de la novela juvenil de fantasía “En busca de Itzel”, ganadora en la convocatoria Alas de Lagartija 2021 del programa Alas y Raíces perteneciente a la Secretaría de Cultura Federal. Publicada en antologías infantiles como “Sobre la tela de una araña” (Ediciones Momo 2022) y la antología de ciencia ficción “Xalisco Inefable” (Ediciones Mandrágora 2022). Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria (Literalia Editores). Ganadora del 1° y 3° lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Colabora en la revista La Coyol y en Artefacto de Letras.
Instagram: @r.irenegon
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