Por Reyna Morales B.

Día ajetreado. Trámites aquí, citas acá. El tráfico de una ciudad que ya no para. Nunca hay tiempo para nada. Para nadie.
Por fin en casa. Salen volando los zapatos y tomo un poco de agua fría. Siento como corre por mi garganta. El silencio ayuda a relajar los sentidos, esos que estuvieron en estado de alerta ante tantos estímulos y estrés, propios de una ciudad viva y caótica.
Respiro profundo. Siento el aroma del café recién hecho. Es hora de cerrar los ojos, descansar un poco. Pequeños sorbos de café me regresan la calma. Me levanto a preparar el baño. Agua tibia y velas con aroma a flores para crear un ambiente tranquilo, sólo para mi. Es mi tiempo conmigo. No más «Llene ese papel» o «¡Este reporte es para ayer!». Sólo somos mi agua tibia y yo… Es hora de sentir un roce suave, cálido, es momento de descubrirme como un ser sintiente y deseante. Nadie mejor que yo conoce cada pedacito de piel, cada sensación. Nadie sabe que punto me hace vibrar. Me quedo allí, quieta, sintiéndome rodeada de mi misma, acariciada por mis manos suaves y hábiles. No existe nada ni nadie. Sólo yo. No es egoísmo ni tampoco falta de compañía. Es el momento de disfrutarme, de sentirme y de encontrarme. Es mi tiempo conmigo…
