Por Liana Pacheco
Hace unos días, reescribí un texto sobre el deseo femenino; de costumbre la música sonaba en mis auriculares y llegó al tema «The Phantom of the opera», la versión del musical que Lloyd Webber dio al mundo.
Inevitablemente pensé en la trama de la versión fílmica (Dir. Joel Schumacher, 2004): Ambientada en la Ópera de París, 1870, vemos a Christine Daaé, una joven bailarina que por causalidades obtiene el papel principal. En las catapultas del teatro vive un ser al que atribuyen poderes sobrenaturales, pero solo es un hombre de rostro desfigurado que se cubre con una máscara.

Este «fantasma», que Christine cree es el ángel de su padre, ha sido su tutor en el canto; explayando, alimentando su talento, más por fascinación de él, que por beneficio de ella. Al final, él, hombre fantasma, monstruo, obsesionado, hace todo por retenerla, pero entre la obsesión de él, el deslumbramiento de ella y el terror de todos, el caos domina.
Encuentro una similitud con la última adaptación de Nosferatu, (Dir. Robert Eggers, 2024). Ellen, una joven atormentada por la soledad clama la compañía de alguien y le responde una voz, ella cree que es un ser compasivo, pero todo lo contrario. La criatura mueve su existencia en única dirección: Ellen.
Destaco de esta versión el trasfondo de la protagonista, el Conde Orlok la llama “Enchantress” y el profesor Von Franz le menciona «En tiempos paganos, puede que haya sido una gran sacerdotisa de Isis”, reafirmando la naturaleza sobrenatural de Ellen.

Fue inevitable mi atracción hacia la corporalidad de Nosferatu, su voz, sus palabras, la intención y deseo de posesión por Ellen. Reconozco el deseo erótico que despertó en mí. O es que el atractivo de Bill Skarsgård ¿persiste entre el maquillaje y la caracterización?; o ¿son los diálogos?, una poesía de un amor dominante, carnal, violento. Recordé que al ver «The Phantom of the opera», hace más de diez años, mi emoción era creciente cada que el “fantasma” seguía los pasos y el rostro fascinado en deseo de Cristinne, a diferencia de las escenas que compartía con Raoul, el otro interés amoroso, que me parecían aburridas.
¿Es mi anhelo personal?, la voluntad de ser deseada, amada por un hombre que muestre esta insana devoción, al que no le importe fronteras, vidas, leyes éticas con tal de tenerme… Pero ya sacudiéndome la fantasía de amor romántico, mi culpa aminoró luego de encontrar tiktoks donde compartían mi sentir, la atracción hacia la figura cadavérica.
Recurrí a la IA que en resumen dice: «El atractivo sexual de los monstruos se debe en parte a su naturaleza «otra», su capacidad para evocar un sentido de miedo y fascinación al mismo tiempo. Sin embargo, también es importante destacar que estos personajes tienen una profundidad y complejidad que va más allá de su apariencia física. Tienen historias, motivaciones y deseos que los hacen más humanos y, por lo tanto, más atractivos».

En conclusión, dejemos que el erotismo de los monstruos siga fascinándonos, sin que nuestra conciencia pierda la objetividad de que esos monstruos pertenecen a la ficción de pantallas y libros; que la realidad no necesita seguir perpetuando estereotipos de amor romántico con violencia y abuso.
