Por Reyna Morales B.

En los primeros días de enero, estuve acompañando a mi hija a hacer sus trámites en la universidad. ¡Fue tan emocionante! Pero no me permitió hacer nada. Ella solita supo que hacer. Verla recorrer el pasillo que la llevaba a la ventanilla donde tenía que tramitar su ingreso me hizo sentir un nudito en la garganta y recordar dos primeros días cruciales en su vida: el día que entró al kinder y su primer día en la primaria. En ambos casos, lloré como toda mamá que ve a su pequeña cría apartarse de su lado. Sabemos que unas horas después estaremos de regreso para tenerlo otra vez en nuestros brazos, pero igual nos gusta el drama. Sin embargo, ella no derramó ni una lágrima. En el Kinder entró al salón, eligió un asiento y veía extrañada a todos los demás (padres y alumnos) hechos un mar de lágrimas. Volteó y muy seria me dijo: «¡Mamá! No llores, solo es la escuela!… Vete a la casa y al rato vienes por mi…» Cuando entró a la primaria, estábamos afuera de la escuela, cerca de la entrada. La directora abrió el portal y dio el mensaje de bienvenida. En cuanto empezaron a entrar los alumnos, mi hija me soltó de la mano y corrió a preguntarle a la directora que cuál era su salón. La directora sonrió y le dijo qué hacer. Mi niña entró feliz a buscar su lugar y no volteó ni para decir adios.
Hoy la veo segura, dueña de si, con planes, con amigos que la aman de verdad, iniciando una vida universitaria y creciendo en el trabajo, y me siento tremendamente orgullosa. ¡Creo que algo hice bien! ¿Pero saben algo? La maternidad no es nada sencillo… Ni es tan maravillosa e idílica como nos han inculcado. No cualquiera acepta el reto. Y no esta mal, aclaro antes de que me digan algo. Son decisiones muy personales. Yo opté por enfrentar la maternidad sola. Tenía 24 años, un trabajo estable y la seguridad de querer una hija y no casarme. Pero cuando el momento llegó, lo dudé
¿Qué podía ofrecerle yo? ¿Cómo la sacaría adelante yo sola? (Aunque tenía toda una familia dispuesta a hacer todo por nosotras, realmente me sentía sola) Consideré incluso, darla en adopción. Pero el instinto pudo más y me aferré a ella… Me aferré a ella…
Trabajé duro. Le di todo lo que estaba a mi alcance. Sobre todo, educación, conocimientos, experiencias. Criar a otro ser humano no es sencillo. No sólo es mantenerlo con vida. No sólo es cubrir necesidades básicas. Es formar una mente, un modo de ver e interpretar al mundo. Es enseñarle como no meterse en problemas y que si lo hace, sepa resolver. Seguridad y amor propio. Autorespeto. Y así una larga de características y herramientas para que sepa que hacer cuando tú ya no estés a la mano. Pero es agotador, confuso, caótico. Te ves obligada a ceder no solo tu cuerpo, sino también tu espacio, tu tiempo. Dejas de ser tu prioridad. Dejas de ser tú. Punto.
Todo el tiempo, todos los medios, los otros, te van encaminando, desde que eres niña, al fin que pareciera ser el único y la razón de ser, ser madre (aquí entran cantos celestiales)… Y entonces, muñecas, bebés, pañales, biberones; y eso sin mencionar los juegos de té, las cacerolitas, planchas, escobitas y tocadores miniatura… Todo para enseñarle a las niñas que su lugar ideal es estar dentro de casa, limpiándola, obviamente, y «arreglándose» porque una mujer hecha y derecha, debe lucir como modelo de enseres domésticos… También le enseña que su rol fundamental es el de ser madre (otra vez los cantos celestiales) No sé si por gracia o desgracia, las nuevas generaciones dicen «¡Hey! ¡Yo no quiero hijos! ¿Porqué me presionan?» o «Si quiero hijos… Pero después. Primero quiero estudiar, trabajar, viajar, salir…». Y está bien. Cualquiera de esas posturas están bien, incluyendo casarse y tener bebés, si están realmente convencidas.
Criar niños es cansado. Duele. Y no solo físicamente. Duele verlos sufrir. Duele que a veces no te entienden. Duele que interpreten tus «sermones» como un odio inconmesurable hacia ellos. Duele ver que algo les atormente y no lo quieran compartir contigo, porque tú no los entenderías (ellos creen que una nació de 40 años)…
Pero hay algo más… Un dolor del que muchas mujeres no hablan, del que soportan sin compartir porque temen ser juzgadas, rechazadas y señaladas. Temen decir que si hubieran podido, habrían hecho otra cosa con su vida. Si pudieran retroceder en el tiempo, cambiarían cosas, tomarían otras decisiones… Habrían hecho otras elecciones y evitarían ciertos errores… Y si. Algunas incluso habrían tomado decisiones muy diferentes con respecto a su maternidad. Y es por eso que no lo dicen. ¿Qué van a pensar de ellas, de lo «malas» que son, de lo inhumanas y desalmadas que salieron? En silencio sueñan con una carrera, un trabajo, un viaje, un príncipe azul diferente al que les tocó. Piensan en aquella actividad deportiva o artística que ya no pudieron iniciar o continuar. Y ni pensar en hacerlo cuando ya tienes un marido y/o hijos que criar, porque ya no hay ni tiempo ni energía… Y si además, eres madre trabajadora, los quehaceres, responsabilidades y cansancio se multiplican. Y el sentimiento de culpa… Esa incómoda sensación de que hagas lo que hagas, le quedas a deber a todos. A la familia que te ve de vez en cuando, al marido que deja de verte como una mujer deseable y deseante; a las mamás de los compañeros de escuela de tus hijos porque ¡cómo es posible que no estés presente en juntas y festivales!… A tu jefe porque nunca estas a la mano cuando se necesita pero que prefiere tu perfil porque «si tiene hijos, seguro necesita dinero… Y hará lo que se le pida»… Pero sobre todo a tus hijos, porque ellos no entienden de economía ni de carencias. No entienden porque a veces no estas en juntas ni festivales…
Nada de esto es para desanimar a ninguna futura madre y esposa. Ni para quejarme de mi propia maternidad. Es porque a veces es necesario visibilizar estas problemáticas tan calladas y poco aceptadas por las mismas mujeres que las atraviesan. Porque es necesario voltear a ver las realidades de otras personas y así entender a la sociedad que nos rodea. Películas como «Nightbitch» o «Witches» lo llevan a una explicación tan clara y contundente, que deberían formar parte de nuestro acervo referencial.
Amo mi maternidad, aunque fue difícil, a veces salpicada con un poco de culpabilidad, porque a veces me duele y tardé en entender el desordenado orden que conlleva, ver a mi hija convertirse en una mujer determinada, con metas y objetivos claros; disfrutando responsablemente su juventud sin olvidar que estoy cerca si me necesita, me hace pensar que no hice tan mal trabajo… Y no me importa si no me hace abuela…
