Escrito por: Alondra Grande
La calidez con la que mis manos recorren mi cuerpa,
la forma en que mis yemas reconocen sus mares y selvas
perdiéndose entre sus cuevas húmedas de sal y vida.
«Nadie podrá cuidar de mi mejor que yo misma».
El amor con el que me preparo mi comida favorita,
poner la música que calma las ansias de mi alma,
crear melodías en la oscuridad,
dibujando sombras entre yo y la nada.
«Amor propio» dicen, y yo pienso en las noches que pasé llorando.
En los años huyendo de los espejos y las superficies pulidas
evitando a toda costa mi reflejo… evitándome.
Pienso en las marcas que decoran mis piernas, mi vientre
y ese recoveco en la mente que, de cuando en cuando, grita.
No sé cuando comencé a quererme.
Ojalá tuviera una fecha en el calendario
que me permitiera celebrar cada año un aniversario;
recordar cuándo fue la primera vez que mis manos,
sin prejuicio, cobijaron mi piel desnuda.
Celebrar la primera vez que mis ojos se admiraron
de verme sin pudor, en medio de las noches vacías,
donde fuimos testigos de mi reconciliación:
Yo y la inmensidad del Sol.

