Por Tania Farias
En la casa reina el silencio, solo las luces encendidas esperan mi regreso. Después de una velada con amigas me siento relajada. Me quito los zapatos y conforme avanzo hacia las habitaciones voy apagando los interruptores de luz.
En mi cama hay una bella sorpresa: mi niño debió haber pedido a su papá que le dejara su lugar y sueña plácidamente sobre ella.
Antes de acostarme voy a despedirme de mi marido quien duerme en la habitación de al lado. Después, me meto bajo las sábanas, miro a mi niño y una sonrisa se dibuja en mi rostro, a la vez que se expande un calorcito agradable en mi pecho. Pero, casi enseguida, siento una punzada de desagrado, dolorosa.
Fijo la mirada en el techo blanco de la habitación el cual se torna en una pantalla de cine donde se proyectan los eventos de esa tarde cuando mi hijo me anunció, por segunda vez en la semana, que había olvidado en el salón de clases los ejercicios que debía finalizar como parte de su tarea. Puedo ver como mi rostro se crispó y en un segundo, el enojo se me había subido a la cabeza y se me nubló el razonamiento. No tardé nada en comenzar una letanía de remarcas por su falta de responsabilidad y de atención. Con voz aguda y golpeada, lanzaba palabras y palabras que le causaron el llanto; en lugar de callarme mi frustración crecía. Los reclamos internos también empezaron y una vocecita burlona me decía que estaba fallando en la tarea más importante que tengo que es la de hacer de él un hombre independiente y responsable de sus propias acciones y de sus deberes. El coraje me hacía decir que no me importaba que obtuviera una mala nota en la escuela y que él, solo, tenía que asumir su falta de organización. Por supuesto, en ningún momento me detuve a escuchar sus razones, pues a mí coraje no le parecían válidas.
Después de un rato, finalmente el enojo empezó a disminuir y aunque le había casi jurado que no me importaba si se ganaba un regaño de la profesora, pedí la tarea en el grupo de WhatsApp de padres de familia.
Al final, el asunto no era tan grave y mi hijo solo tuvo que trabajar un poco más; necesitó copiar los ejércitos antes de responderlos. Al final, las cosas se resolvieron.
Me siento acongojada, culpable por una reacción tan intensa y me pregunto si era necesario. Agarro mi teléfono y una noticia me impacta: una madre mató a golpes a su hijo por no haber terminado la tarea. El aire se me corta y el llanto empieza a fluir.
En la calma de la noche, con mi pequeño al costado, solo puedo decirme que en este tipo de circunstancias las únicas razones que no eran suficientes para permitir que la ira creciera en ese grado eran las mías.
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