Por Gabriela Cortés Delgado
El recuerdo se dibuja y se convierte en deseo.
Tus dedos en mi rodilla, debajo de la mesa;
el cosquilleo subió hasta mi entrepierna.
Las voces desaparecieron, el ruido se fue, solo existíamos nosotros. Debí ocultar la mirada para no delatar las ganas de que tu mano subiera más.
Debí morder mis labios y retener el suspiro.
Debí disimular y controlar el movimiento de mi cuerpo.
Debí, mas no lo hice.
Permanecí con los ojos abiertos, pero con la mirada extraviada en tu boca entreabierta que se acercó a mi cuello y untó saliva.
Una explosión subió a mis pechos y la humedad me provocó cosquillas.
Tuve deseos de balancearme sobre ti, pero una voz impersonal me detuvo:
—Ya vamos a cerrar, ¿le traigo la cuenta? Se apagó la flor, se deshizo el encanto.
Habrá que esperar otro momento, otro sitio donde no cierren tan pronto.
BLANCO Y NEGRO
Lo he traído a mi mente decenas de veces. Algunas tú te acercas y pones tus dedos en mi cintura, la empujas un poco y eso es suficiente para encenderme. Otras tantas, soy yo quien te calla los pesares con un beso; quien interrumpe la plática y rompe protocolos.
Me pregunto si has deseado lo mismo, o si solo soy yo que siento como imán tu cuerpo.
Tu voz que me recorre bloquea mis prejuicios, los miedos y los recuerdos; aunque no lo suficiente. Heme aquí imaginando de nuevo tu presencia en los escenarios más absurdos; viendo de cerca tus cejas, tu pecho que se eleva y desciende; escuchando las mismas historias de siempre, entonces todo se vuelve blanco y negro; lo único con color late en mi pecho, al son del bailoteo de tus manos.
Derechos reservados a su autor.

