«Una vez que escapes de tu jaula,
abre tus alas y no dejes de volar jamás».
El concepto de monumento, que procede del vocablo latino monumentum, tiene distintas acepciones. El término puede emplearse para aludir a la obra que se instala en un lugar público con la intención de rendirle homenaje a algo o a alguien. Las estatuas, los bustos y otras clases de esculturas, pueden constituirse como monumentos cuando funcionan como tributo a una personalidad eminente o como recuerdo de algún suceso de gran importancia social. También se llama monumento a una construcción que se destaca por su trascendencia histórica, cultural o artística.
Todas las ciudades ostentan monumentos para recordar a sus grandes héroes o para conmemorar fechas decisivas. En la Ciudad de México, por ejemplo, son ampliamente conocidos El Ángel de la Independencia, El Hemiciclo a Juárez en la Alameda Central, El Monumento a José María Morelos y Pavón en Ecatepec o el reciente Paseo de las Heroínas, en Paseo de la Reforma.
Sin embargo, también es posible encontrar monumentos que significan todo lo contrario, los monumentos de la vergüenza, como El árbol de la Noche Triste, que nos recuerda el cruel genocidio cometido contra los pueblos originarios, o El monumento a la Revolución, que guarda la memoria de los hombres que tuvieron que morir demandando un México más justo.
Y a partir de las manifestaciones feministas, el espacio urbano también se atraviesa con recordatorios de la violencia con la que las mujeres nos enfrentamos todos los días en todos los espacios. A estos recordatorios, las activistas pro derechos de la mujer, los han llamado antimonumentas, y las razones se dicen solas.
La primera Antimonumenta fue erigida el 8 de marzo de 2019, fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Se instaló sobre Avenida Juárez, frente al Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, durante la marcha anual de cientos de miles de mujeres en contra de la violencia de género. La Antimonumenta representa el símbolo de la lucha feminista conformado por el símbolo de Venus con un puño alzado al centro. Las Antimonumentas de CDMX y Guadalajara son de color morado, el cual ha representado en la historia de la lucha feminista: «la lealtad, la constancia, la firmeza inquebrantable hacia una causa».
Se yerguen como símbolo de la lucha por visibilizar y combatir los feminicidios y la violencia de las que son víctima las mujeres en México. Son otra forma de visibilizar demandas de seguridad y equidad porque parece ser la única manera que de dejar constancia de una sociedad y de sus autoridades omisas a las desapariciones, feminicidios y violencia en contra de las mujeres.
Este tipo de manifestaciones, colocadas por quienes han sido víctimas de manera directa, indirecta o por sororidad, son llamadas de atención legítimas y necesarias, pero las que son colocadas por falsos solidarios, deberían cuestionarse.
Me encontré un ¿monumento? para recordar a todas las víctimas de violencia de género en la explanada de uno de los municipios con mayores índices de violencia contra las mujeres, como lo es Ecatepec, en el Estado de México. Resulta contradictorio. Es vergonzoso que las mismas autoridades negligentes y coludidas, sean las mismas que se atrevan.
Ahí está, en el Jardín Municipal, dos barras irregulares de color negro, entre puestos de fritangas y una feria destartalada: «En memoria de las víctimas de feminicidio en Ecatepec», #Niuna más. Delante está otra figura semejante, en honor del político Heberto Castillo.
Un sincero homenaje de las autoridades sería movilizar los recursos necesarios para garantizar la seguridad de niñas y mujeres, de hacer justicia y castigar a los responsables. No parapetarse colocando vallas en Palacio Nacional o en los edificios emblemáticos de la Ciudad, no decir que la violencia está controlada y que se tienen «otros números», basados en un México solo existente en la fantasía del gobierno omiso. NO levantar seudo-memoriales, que al paso de los transeúntes indiferentes, solo reflejan desolación y desesperanza. Desolación, porque entre tantas personas que cruzan esa plaza todos los días, nadie se detiene a reflexionar sobre su verdadero sentido, a dolerse por las tragedias individuales que tras cualquier estadística se esconden. Además, está rodeado de basura, merodeado por ratas enormes que apenas se pone la luz del día, aparecen buscando alimento. Desesperanza, porque parece que es lo único que se puede hacer, «condenar los hechos», normalizarlos y construir ofrendas, mientras el feminicidio sigue ocurriendo.
En esta primera entrega del año, mi deseo utópico, es que no volviera a mencionarse un caso de violencia, que la ley se impartiera de manera imparcial, y que pudiéramos ser libres y estar seguras en todo lugar, no que se gaste el erario público en falsas manifestaciones o en condenas inútiles.
Carmen Asceneth Castañeda
