Juegos lúdicos, locura y poder: las antiheroínas que desafían los estándares sociales.
Se han encontrado en Heridas Abiertas (2006) de Gillian Flynn y Siempre hemos vivido en el Castillo (1962) de Shirley Jackson aspectos similares relacionados en cuanto a los asesinatos y los juegos lúdicos como forma de controlar la realidad alrededor de ellas. A saber, formas de narrarse a sí mismas, activar la memoria súbitamente con palabras, frases, comentarios casuales o canciones escuchadas furtivamente. Las figuras de Mary Katherine “Merricat” Blackwood y Amma Crellin como personajes femeninos antiheroicos frente a los estándares sociales, es decir, la mirada de sus respectivos pueblos sobre ellas, que las ve como forasteras, a pesar de ser oriundas del lugar.
Introducción
Las mujeres a menudo han sido representadas como personajes complementarios, destinados a ser puros y bellos, de un personaje masculino que sí podía permitirse tener sus claroscuros. Sin embargo, en las novelas de Gillian Flynn y en las de Shirley Jackson los personajes femeninos dan un giro esquemático para desarrollar figuras capaces de pensar y actuar, para bien o para mal. Estas protagonistas no son buenas hijas, ni buenas amigas, ni buenas hermanas, ni buenas parejas sentimentales, falta en cada una de ellas los aspectos que los estándares sociales esperan de ellas. Son las antiheroinas por antonomasia que desafían todas las convenciones sociales.
La escritora Gillian Flynn ha publicado tres novelas, las cuales son Heridas Abiertas (2006), Lugares Oscuros (2009) y Perdida (2012). De la misma manera, Shirley Jackson creó La Lotería (1948), La Maldición de Hill House (1959) y Siempre Hemos Vivido en el Castillo (1962), entre otras obras. En sus novelas, las figuras femeninas son egoístas, sádicas, narcisistas, dispuestas a traspasar la línea y convertirse en asesinas si es necesario.
En este trabajo, exploraremos las figuras de Amma Crellin y Mary Katherine “Merricat” Blackwood, dos antiheroinas que desafían los estándares sociales en Heridas Abiertas y Siempre Hemos Vivido en el Castillo, respectivamente. A través de sus juegos lúdicos y narrativas personales, estas mujeres construyen mundos propios, desafiando las expectativas y revelando las grietas de una sociedad que las margina. Analizaremos cómo estas figuras literarias nos invitan a cuestionar los roles de género y los conceptos de normalidad.
Contenido general
Heridas Abiertas (2006) trata sobre una reportera llamada Camille Preacker del Chicago Daily Post que regresa a su pueblo natal, Wind Gap, para cubrir los asesinatos de dos jóvenes adolescentes, Natalie Jane Keene y Ann Nash, con la singular característica de que sus dientes habían sido arrancados. La narradora es la misma Camille, la que nos muestra su disfuncional relación con su madre Adora, su padrastro Alan y su alejada hermana, Amma Crellin. La trama detectivesca parece perderse, ya que lo relevante es el mundo interno de la protagonista y su reencuentro con un pueblo que la considera una forastera. En este punto, nos concentraremos en su reencuentro con su hermana menor Amma Crellin y cómo se desarrolla su relación a lo largo de la novela. De esta forma, a través de la narradora Camille, se descubren las pistas que Amma deja sobre el lector sobre sus asesinatos. Desde el principio, cuando Camille la ve por primera vez, confiesa que “la muchacha llevada un vestido infantil de tirantes y a cuadros, a juego con un sombrero de paja que había a su lado. Aparentaba la edad que tenía, trece años (…) la ropa que llevaba era más adecuada para una niña de diez años” (Heridas Abiertas, 2006, p.41).
De la misma manera, en Siempre Hemos Vivido en el Castillo (1962), Mary Katherine “Merricat” Blackwood no deja lugar a dudas desde el primer párrafo de su singular personalidad. Nuestra narradora, Merricat, nos cuenta que tiene dieciocho años, que le hubiera gustado ser una mujer lobo pero que se contenta con lo que es, no le gusta lavarse, ni los perros, ni el ruido. Pero le gusta su hermana Constance, Ricardo Plantagenet, la Amanita Phalloides, la oronja mortal y que el resto de su familia ha muerto.
Desde su primera impresión, Amma se presenta como una adolescente que en su casa viste vestidos de niña, con sombreros infantiles y se comporta de forma angelical. Sin embargo, la impresión de inocencia parece tambalear cuando la misma Amma dice que lleva esa ropa por Adora, “… cuando estoy en casa soy su muñequita” (Heridas Abiertas, 2006, p. 41), pero cuando Camille le pregunta cómo es cuando no está en casa, dice con total tranquilidad: “Soy otras cosas” (ídem, p. 42).
Es interesante destacar como esta niña excéntrica e infantil tiene preferencia, o conocimiento, sobre setas venenosas al momento de mencionar la muerte de su familia. Ella misma y su hermana Constance viven aisladas en una gran casa destartalada junto con su tío inválido Julian. Pronto queda claro que el resto de habitantes del pueblo las rechaza por la tragedia que acabó con la vida del resto de los Blackwood seis años atrás.
Ambas adolescentes parecen indiferentes a la violencia que se encuentra a su alrededor y no parecen necesitar la protección de sus hermanas mayores, más bien las adoran y quieren protegerlas. No esta de más observar que la maternidad se encuentra ausente o es disfuncional. La madre de Merricat murió envenenada y la relación de Amma con Adora está marcada por el síndrome de Munchaussen por poder, donde Adora envenena a sus hijas para poder cuidarlas.
En este sentido, la indiferencia puede observarse en Merricat cuando va al pueblo los viernes y los martes al colmado y a la biblioteca, y nos revela: “Siempre pensaba en la putrefacción al acercarme a la hilera de tiendas” (Siempre Hemos Vivido en el Castillo, 1962, p. 16). A lo largo de la novela, expresa fantasías de asesinato similares, siempre bajo el velo de niña infantil, cuando dice: “Les pondré veneno en la comida y observaré cómo mueren” (ídem, p. 21).
Amma Crellin, por otro lado, cuando no está en casa, parece asumir otro rol: es una niña de trece años que va en patines, con pantalones muy cortos y tops. Fuma, bebe y consume drogas. Se escabulle por las noches para irse de fiesta y trata, desesperadamente, de llamar la atención de su hermana cuando la encuentra por la calle. De hecho, su indiferencia se muestra cuando Camille nos narra que vio a su hermana Amma como “la misma que se reía con sus amigas delante de la iglesia en el funeral de Natalie” (Heridas Abiertas, 2006, p. 41).
Tanto Merricat Blackwood como Amma Crellin aparentan lo que se espera de ellas: docilidad, belleza, sumisión. Pero el pueblo las odia porque saben que mienten, son forasteras en sus respectivos pueblos porque son impredecibles y ambiguas, y es precisamente esto lo que estremece de ellas.
En efecto, en Heridas Abiertas (2006) el pueblo de Wind Gap es descrito por Camille como “un minúsculo reducto de catolicismo en una región de baptistas sureños recalcitrantes” (p.31) y que “es una de esas ciudades miserables propensas al sufrimiento” (p. 8). De igual forma, la vida en el pueblo de los Blackwood es burda, cruel y los habitantes son ignorantes, apegados a sus malos juicios y estándares religiosos y patriarcales. Tanto Merricat como Amma son antiheroínas que se presentan bajo un manto de inocencia, aparentan ser torpes, divertidas, perspicaces. Sin embargo, no se tarda en descubrir que son mentirosas, ambiciosas, perversas y controladoras. Las protagonistas son personajes profundamente complejos, con motivaciones y comportamientos que desafían las expectativas sociales. Ambas figuras femeninas parecen recordarnos a Livia (1948), fotografía de Frederick Sommer. En esta, la niña pequeña, de rubios cabellos, se muestra con las manos en su pecho, vestida de blanco, con trenzas y una mirada profunda que es estremecedora, el espectador no sabe si seguirá siendo angelical o abandonará ese disfraz de inocencia.
Tanto Amma Crellin como Merricat Blackwood son adultas asesinas, aunque ambas actúan como niñas. Cualquier cambio que altere sus pacíficas vidas es visto como una amenaza, desde simples objetos hasta las personas que la rodean. Los juegos lúdicos cumplen un papel crucial como mecanismos de control y protección de la realidad que las protagonistas desean mantener. Estos juegos, que pueden parecer inocentes a primera vista, en realidad constituyen una forma de brujería o rituales que les permiten manipular su entorno y mantener su realidad bajo control.
En Heridas Abiertas, Amma utiliza su maqueta de la casa familiar como un amuleto, de magia sencilla, que le permite controlar lo que sucede a su alrededor. La reacción violenta de Amma cuando recibe una mesita mal diseñada para la maqueta muestra cómo cualquier alteración en su entorno es vista como una amenaza. Entonces, sabiendo esto, aquella mesita mal diseñada presenta un mal augurio que nadie parece reconocer salvo ella, la tira al suelo y la golpea hasta convertirla en astillas. Como la describe su hermana Camille, “chillaba entre lágrimas, una rabieta en toda regla, con la cara crispada por la ira” (Heridas Abiertas, p.59).
De igual manera, Merricat reacciona violentamente cuando Helen Clarke visita a la hermanas Blackwood y casualmente le dice a Constance que aún es joven y debería salir al mundo. Aquello representa el peor de los males, la salida de Constance al mundo implicaría abandonar la casa en la que siempre serían felices, la que tanto se esforzó en proteger del mundo exterior con sus propios amuletos repartidos por la casa. Ella misma se aleja a la cocina y le cuenta al lector: “No podía respirar, me sentía agarrotada, tenía la cabeza a punto de explotar (…) Tuve que conformarme con hacer añicos la jarra de leche que estaba esperándome sobre la mesa; había sido de nuestra madre y dejé los pedazos en el suelo para que Constance los viera” (Siempre Hemos Vivido en el Castillo, p.44).
En ambas obras, los juegos lúdicos son una manifestación de la necesidad de las antiheroinas de controlar su entorno y protegerse de las amenazas externas. Estos juegos, aunque aparentemente inocentes, revelan la naturaleza oscura y manipuladora de las mismas y contribuyen a la tensión y desarrollo de la trama. De la misma forma se manifiesta súbitamente en canciones o comentarios casuales que le dan pistas al lector de sus verdaderas naturalezas.
Es relevante recordar la recurrente asociación de Mary Katherine Blackwood con actos perturbadores. Un ejemplo de esto es el canto que dice “Merricat, dijo Connie, / ¿una taza de té querrás? / Oh, no, dijo Merricat, / Me envenenarás.” (Siempre Hemos Vivido en el Castillo, 1962, p.29). Otro suceso significativo es cuando vierte una jarra de agua en la cama de su difunto padre para evitar que Charles Blackwood duerma allí. Asimismo, la figura de Amma se caracteriza por comportamientos inquietantes, como cuando se viste de Juana de Arco y simula que la quemarán en una hoguera (Heridas Abiertas, 2006, p.66).
Estos actos, aunque aparentemente inocentes, revelan una profunda perturbación. La apropiación por parte de Amma de objetos del lugar donde las víctimas tienen su altar, como flores y un oso de peluche, evidencia una conexión mórbida con la muerte y un deseo de control sobre los acontecimientos. Camille, observadora de estas acciones, percibe la oscuridad que subyace en la personalidad de Amma, pero no logra intervenir de manera efectiva. Es en este contexto que Amma señala a John Keene como el principal sospechoso de los asesinatos, asegurando a Camille de manera desafiante que este no la dañaría (Heridas Abiertas, 2006, p.76).
Está claro que todos estos actos son deliberados, malvados y egocéntricos, se presentan como inocentes gracias a la juventud y la apariencia de ingenuidad de las protagonistas. Sin embargo, es evidente que subyace una intención maligna y un profundo desprecio por la vida ajena. Esta dualidad entre la apariencia y la realidad es un elemento recurrente en las obras, que invita al lector a reflexionar sobre la naturaleza humana y la delgada línea entre la cordura y la locura.
Por lo que respecta a las hermanas mayores, Camille Preacker y Constance Blackwood, ambas mantienen relaciones disfuncionales de poder respecto de sus hermanas mayores, pero en distintos niveles. Por un lado, hay que aclarar que Camille logra irse del pueblo de Wind Gap físicamente, aunque sus fantasmas internos la acompañan y la traen de vuelta. Mientras que Constance nunca deja el castillo, se siente a gusto en la realidad que su hermana ha creado para ella.
Ellas son las únicas que pueden domesticar a sus hermanas menores, las únicas por las que las hermanas menores se preocupan y quieren su protección. Merricat se empeña en esconder su oscuro secreto a través de su narración, esto es, el hecho de que envenenó con arsénico a su familia seis años atrás. No obstante, de tanto en tanto, su propia narración nos deja entrever la verdad. De la misma forma, Camille, en su afán por descubrir al asesino con su sagacidad y sus preguntas que incomodan al pueblo para su artículo, parece pasar por alto las pequeñas formas que Amma tiene de dejarle descubrir sus propios asesinatos a través de comentarios casuales o actitudes malévolas que muestra cuando no está en casa pretendiendo ser una niña inocente. Tanto Constance como Camille, a pesar de sospechar de la culpabilidad de sus hermanas, parecen mantener una extraña complicidad. Aunque reconocen los actos perturbadores de Amma y de Merricat, evitan confrontarlos directamente, como si estuvieran protegiendo un secreto compartido. Esta actitud ambivalente sugiere una profunda conexión emocional, a pesar de la gravedad de los crímenes.
Siguiendo esta línea argumental, tanto Constance como Camille son vistas como forasteras en sus pueblos de origen. Constance fue acusada del asesinato de sus familiares y sometida a juicio. Mientras que Camille se alejó del pueblo tras la trágica muerte de su hermana Marian y su relación insostenible con su propia madre. Ambas revelan una compleja relación con sus hermanas, parecen encontrar en ellas una figura central. Esta dinámica, marcada por la ambivalencia y la complicidad, sugiere una conexión emocional profunda que trasciende la gravedad de los crímenes. Sus actitudes protectoras, a pesar de las evidencias en contra de sus hermanas, plantea interrogantes sobre los límites de la lealtad familiar.
Estos signos de complicidad pueden observarse en Siempre Hemos Vivido en el Castillo (1962) en una conversación donde Merricat le pregunta a Constance: “- Me pregunto si sería capaz de comerme a un niño.” y Constance le responde: “Yo no sé si sabría cocinarlo.” (p. 204). Además, parece hasta disculparse cuando trae a colación que Merricat los asesinó y asegura que no habían hablado de aquello en seis años. Para Constance, están unidas hasta la muerte por este vínculo de asesinato, su hermana depende totalmente de ella para ser cuidada y alimentada, una niña adulta que parece no haber sido destetada.
Incluso cuando la casa de las Blackwood se incendia y el pueblo la profana, Constance parece más preocupada de que hayan encontrado viveres importantes y los robaran, más que el hecho de que la casa esté en ruinas. En su mente, la realidad que su hermana ha creado para ella no ha desaparecido del todo. Aún pueden “tragarse el año” de forma monótona como siempre, su lugar feliz no ha cambiado a pesar de ser consumido por el fuego. Jamás serán aceptadas en el pueblo, pero siempre se tendrán la una a la otra.
De la misma forma, en Heridas Abiertas (2006) la complicidad se revela en el mutuo conocimiento del trastorno de la madre, Adora. En este punto, podemos ver como ambas son víctimas, pero sólo Amma toma el papel de victimaria en la novela como una forma de recuperar el poder sobre sí misma y los demás. Camille parece saber también que Adora es la responsable de la muerte de su primer hermana, Marian, pero no parece querer recordarlo hasta que ella misma se deja envenenar para salvar a Amma del mismo destino. Al final de la novela, su propia madre es culpada de los crímenes de Natalie Jane Keene y Ann Nash. Las hermanas se mudan a St. Louis, finalmente han construido un hogar para ellas pero, a diferencia de las Blackwood, lejos de su pueblo natal, llevándose consigo la maqueta de la casa familiar. Es interesante pensar que lo único que les permite alejarse es que llevan su hogar consigo, porque, al igual que las Blackwood, son incapaces de dejarlo completamente.
La maqueta de la casa familiar, presente en Heridas Abiertas (2006), se revela como un poderoso símbolo. Este objeto representa tanto su pasado traumático como su deseo de escapar. Camille revisa la maqueta despreocupadamente y encuentra que el piso de la habitación de Adora está decorada con dientes, amuletos macabros que Amma guarda para su madre. Así como una alfombra hecha con el pelo de una vecina a la que Camille le tenía mucho aprecio en la habitación que sería suya. Este hallazgo subvierte la imagen idílica de la casa y revela la verdadera naturaleza de sus habitantes. Amma se descubre, como lo indica Camille, no como Juana de Arco vestida con su sábana inmaculada, sino “como Artemisa, la sanguinaria diosa de la caza” (Heridas Abiertas, 2006, p. 232). Amma desvela ser no una niña inocente jugando por el bosque, sino un ser poderoso y cruel, al igual que Merricat cuando dice: “Inclináos ante nuestra adorada Mary Katherine (…) o moriréis” (Siempre Hemos Vivido en el Castillo, 1962, p.157).
En este punto, las hermanas en ambas novelas se mantienen unidas por mutua necesidad, las terribles muertes constituyen un vínculo que las ata para siempre con el único objetivo de que la realidad que Amma y Merricat han construido para sus hermanas y para sí permanezca intocable. Unidas por un trauma compartido, construyen una realidad paralela en la que la violencia y la manipulación se convierten en elementos esenciales para mantener el control.
De este modo, la casa de las Blackwood seguirá en ruinas pero su “lugar feliz” permanece intacto, Constance siempre será indulgente y buena con su hermana porque la quiere y quiere protegerla, aún si ello significa renunciar al mundo exterior. Merricat repite tantas veces: “Oh, Constance, somos tan felices”. La casa de las Blackwood se convierte en un microcosmos de su perturbada realidad. Las hermanas se aferran a la casa como un refugio de las amenazas del exterior. Sin embargo, esta misma se convierte en su prisión, perpetuando un ciclo de violencia y aislamiento. La obsesión por preservar su “lugar feliz” las lleva a sacrificar cualquier posibilidad de una vida normal.
No obstante, hacia el final de Heridas Abiertas (2006), luego del descubrimiento en la maqueta, Camille prosigue a relatar la forma en la que ocurrieron los tres asesinatos que cometió Amma de un detalle tan vívido que al lector se le hace imposible creer como durante toda la novela parecía no pretender ver a Amma como una asesina cruel. A diferencia de las Blackwood, Amma Crellin es entregada a las autoridades y Camille parece verse “libre” de su pasado y su complicidad con Amma.
Sin embargo, aunque aparentemente las hermanas han sido separadas para siempre, Camille no deja de sentirse culpable, como lo habría hecho Constance si hubiese tomado la misma decisión, por haberla abandonado. Cuando la visita, Camille quiere hacer la visita lo más amena posible, sin hacer preguntas sobre los asesinatos y, si por error lo hacía, sonaba como “si la estuviese reprendiendo por haber montado una fiesta aprovechando que yo no estaba en casa” (Heridas Abiertas, 2006, p.233). Además, esto provoca el regreso de Camille a Wind Gap, ya no puede dejar aquel pueblo desde entonces, la maqueta se queda con ella como su amuleto, la protección que su hermana ha dejado para ella y nos relata con remordimiento: “A veces me acuerdo de la noche en que cuidé de Amma (…) Sueño que lavo a Amma y le seco la frente. Me despierto con el estómago revuelto…” (ídem, p.235).
Conclusión
Amma Crellin y Mary Katherine “Merricat” Blackwood son personajes femeninos antiheroicos, porque representan un retrato más humano de las mujeres. Ambas se ven dóciles, inocentes, educadas, pero detrás de esto se esconde el trasfondo oscuro de sus asesinatos a sangre fría. Han demostrado que pueden ser personajes perversos y crueles que son capaces de asesinar en pos de apoderarse de su realidad. A su vez, el uso de una brujería que implica amuletos que les permiten controlar dicha realidad. El vínculo sangriento que comparten con sus hermanas es una prueba de que las mujeres no siempre son buenas unas con las otras, no cumplen con estándares sociales que esperan solidaridad e inocencia. Tanto Constance como Camille tienen sus complejidades y matices que las deja en vilo entre la inocencia y la complicidad con su hermanas.
Por consiguiente, tanto Gillian Flynn como Shirley Jackson nos ofrecen un paraíso hecho de vestidos de flores, risas angelicales de niñas, perversidad, inteligencia macabra, envenenamientos y amuletos como una caja de dólares o dientes que adornan el piso de la maqueta familiar que parecen controlar la realidad de las hermanas y su idílica felicidad lejos de pueblos que las odian. Lo que las convierten en niñas estremecedoras es su ambigüedad y capacidad de ser sujeto libres, con todo lo que eso implica.
