Amor eterno


Por Teresa Sarahí Soriano

Jaime siempre la esperaba en la bañera cuando ella volvía del trabajo. Pese a su condición, parecía adivinar la hora que marcaba el reloj de pared de la entrada. Se desplazaba entre las habitaciones escurriéndose por el piso, despojándose por los pasillos de la ropa que ella le escogía por las mañanas antes de irse. Después de años había aprendido a regular el agua y cada vez se contaban en menos las ocasiones en las que inundaba el cuarto de baño. Cuando la escuchaba girar el pestillo de la puerta, una alegría infinita invadía sus ojos y, entre los temblores del agua y los propios, estiraba las manos para acariciar su miembro y esperar a que ella hiciera el resto del trabajo.Ella, por su parte, se había resignado a esa interacción de la que no tenía escapatoria desde hacía varios años. Desde el principio se había comprometido ante ella misma y ante el mundo a darle amor incondicional a Jaime, aunque cuando tomó esa determinación nadie le advirtió que una noche de copas, cuando él salía con sus amigos, podía llegar a cambiarles la vida. Desde el fatídico día del accidente, Jaime se había convertido en una piltrafa humana; cuando entró en coma, el doctor le había sugerido desconectarlo por el grave daño cerebral que presentaba. Muchas de sus funciones neuronales habían muerto aquel día y, aunque existía la posibilidad de que con el tiempo las que quedaban hiciesen nuevas conexiones, no se sabía a ciencia cierta si él volvería a ser el mismo. Ella se negó a quitarle la vida y se indignó frente a la sugerencia de los médicos. Pero para cuando despertó, se dio cuenta de que ambos habían cruzado un punto sin retorno. Él no la reconocía y tampoco hablaba, abría la boca cuando le acercaban los alimentos, pero su mirada permanecía siempre en un punto fijo. Usaba pañales y ella se veía en la necesidad de cambiarlo de posición todos los días para reducir las llagas que se producían en su piel a causa de la inmovilidad.En esa época se arrepintió de no haber escuchado los consejos; tenía que haberlo desconectado cuando se lo dijeron. Cualquier cosa que hiciese de aquí en adelante, sin lugar a dudas, sería un asesinato en todo el sentido de la palabra. El milagro ocurrió un día cuando la siguió con la mirada; algún tiempo después apretó su mano, luego comenzó a comer solo y casi tres años más tarde podía arrastrarse por la casa. No obstante, permanecía siempre en un completo mutismo; a veces parecía reconocerla, o entender cuando lo llamaba por su nombre como lo hacen un perro o un gato, pero siempre desde el total desconocimiento del lenguaje y lo que esto significaba.Una vez, él había comenzado a tocarse mientras ella lo bañaba; sin embargo, sus manos, tan temblorosas como las de cualquier anciano con párkinson, le impedían darle continuidad al placer que el cuerpo le solicitaba. A ella se le inundaron los ojos de lágrimas y, llena de dolor y de lástima, lo masturbó mientras muchas gotas de sal resbalaban desde sus mejillas hasta la bañera. Él, indiferente a lo que ocurría, eyaculó en poco tiempo y la miró con un brillo especial que no se le había visto desde antes del accidente. Desde entonces, cuando ella regresaba a casa, colocaba su bolso en el perchero, se quitaba los zapatos de tacón, se arremangaba la blusa hasta los codos, se recogía el cabello y se encaminaba hasta el cuarto de baño para socorrer a su hijo. Después de todo, nada podía compararse con el amor de una madre.

Derechos reservados a su autora .

Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana y actualmente estudia el Doctorado en Mundo hispánico en la Universidad de León, España. En el ámbito de la investigación mis estudios se centran en la figura de la mujer bruja en todas sus etapas dentro de la literatura. En la creación la bruja soy yo.

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

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