Vaciar una montaña | De Troya a Ítaca. ¿Irse es regresar?

Por: Samia Badillo


El camino,
más que camino,
es un lugar,
un lugar para estar en él,
como en todo lugar,
nada más que un momento.

Roberto Juarroz

Escucho la plática que tuvo Irene Vallejo en el Festival de Letras de San Luis Potosí. De esta autora estoy leyendo El Infinito en un Junco, en su adaptación gráfica. Voy despacio, saboreando cada página porque no quiero que se acabe. Porque de alguna manera, me devuelve a una sensación nostálgica y gozosa de mis años de lectora asidua, donde el amor a los libros formaba parte de mi día a día, estudiando, haciendo análisis de obras o dando clases y compartiendo lecturas con mis  alumnas. Hay algo de ese amor profundo que transmite Irene con el que yo me identifico. Y seguramente no sea la única. Porque “la historia del libro” es en realidad la historia de nuestros afectos con los libros. Es nuestra historia. 

Hay varios momentos de la charla en los que valdría mucho la pena reparar: aquel donde Irene recapitula, como en su libro, la gran conexión que hay entre tejer/hilar y el contar historias. O aquel donde con Volpi dicen que el texto es como una partitura pero quien la interpreta es el lector (yo diría: quien le da aliento, es decir, voz. ¿A caso no ‘en el principio fue el verbo’?). Y qué decir de cuando Irene refiere que hoy en día las redes sociales y su algoritmo nos mantienen en un mundo de ideas afines y que por ello la valía de los libros está en que nos desafían con su abanico de pensamiento: nos retan a ir más allá de nuestros propios sesgos. 

Hay, pues, momentos en los que sin duda, valdría la pena comentar y detenerse. Pero hay uno que me convocó especialmente: es donde cuenta cómo su padre le relataba las historia de Odiseo y que en ese momento, en la infancia, se definió su futuro como estudiosa de los clásicos. Irene dice que en la Ilíada y la Odisea se encuentran dos de los lugares afectivos humanos más básicos: Troya e Ítaca. 

Troya, el deseo de ir hacia lo desconocido y la aventura, el deseo de ir más allá de lo conocido y transformarse. Pero a la vez, está Ítaca: la gran necesidad de tener un hogar, en donde están los tuyos: donde están las personas que te aman y a quien amas, donde construiste recuerdos. Donde está tu perro que a pesar de haber envejecido recuerda cómo hueles y quién eres. 

No sé decir por qué descansé tanto al escuchar que ese conflicto/anhelo/deseo es una de las piedras angulares del ser humano. Supongo que me sentí menos sola sabiendo que la contradicción que de pronto siento tiene miles de años compartiéndose en historias. 

Este año me pidieron el lugar donde había vivido por tres años, junto a M. Tenía tiempo ya de estar pensando en abandonarlo todo e irme a vivir a otro lugar, ya que mi trabajo remoto lo permite. A veces, en mi fantasía, era más fácil dejar de pagar rentas tan caras (vivo en la CDMX), o no tener un lugar fijo y gastar lo que me cobran por un departamento en algún otro en Buenos Aires o Brasil. Quería viajar por Latinoamérica unos seis meses. Encontrarme con mi propia diferencia en otro país. 

Cuando tuve que tomar la decisión, me encontré haciendo cosas para quedarme. Yo, que a los 18 años decidí buscar a Troya en la Ciudad de México y vivir esa aventura, me preguntaba si había hecho esta ciudad mi casa. Si mi Ítaca había cambiado de lugar. 

No quería dejar mis plantas ni mis muebles. No quería dejar la casa que ya había construido aquí. La casa que son los amigos con los que tengo hasta un vocabulario inventado común. La casa que es mi pareja y su ternura. La casa que son los lugares donde he creado identidades y recuerdos: la panadería con su masa sabor a sal. El parque que antes de parque fue una ladrillera. El barrio que parecía un pueblito. La cineteca que se volvió hipster. El café argentino donde recuerdo tanto los afectos de ese país. Los jardines enormes de las bibliotecas antiguas. Las Islas de C.U. El Té Cuento. Ciertos rincones de Chapultepec. La sensación de los pies descalzos en Viveros. El parque de los venados y un primer beso. La prepa en cuyos jardines hablé de Fray Luis de León. La biblioteca que son mis libros…

Así que me quedé. 

Sobre la odisea misma de encontrar un lugar donde vivir en esta ciudad gentrificada, escribiré en otro lugar. Baste decir que ahora tengo la seguridad de ya tener un nuevo espacio, sólo para mí. Y al estar escribiendo entre varias cajas y pocos muebles me pregunto si en el futuro existirá otra Troya, que me anime a salir. 

En este proceso de mudanza, en algún punto, me quedó claro que de alguna forma yo soy mi propia casa. A donde quiera que vaya, lo que viví irá conmigo. Mi manera de tratarme irá conmigo. Mi diálogo interno. Mi paciencia o mi mal humor. Mis herramientas y mis carencias. Eso formará en cualquier lugar, mi casa. 

Pero también me quedó claro que los lugares y las personas transforman mis afectos y que al mismo tiempo, yo los transformo a ellos. Y que he podido hacer aquí no solo un lugar, sino varios lugares seguros. 

Y vuelvo a las palabras de Irene Vallejo, en el Festival de Letras de San Luis Potosí: Odiseo mismo encarna el anhelo de irse a la aventura y el anhelo de regresar a la seguridad del lugar que sentimos nuestro. 

No sé si hay un mejor camino. Ni sé si las decisiones pueden ser catalogadas como buenas o malas para alguien.

Lo que sé es que escuchar nuestro deseo es complejo, porque está lleno de contradicciones. Que somos una maraña de impulsos y de ideas; de afectos, emociones y recuerdos. Y que a veces tejemos nuestra historia sin que haya un mapa brindándonos una dirección. 

¿Quién contará nuestra aventura y relatará si nos animamos a quedarnos o a salir? ¿Quién lo atestiguará?

Compartía con M. que en la fantasía de irse era más fácil porque allí había una especie de evasión de las dificultades que implicaba lidiar con el presente y con la realidad. Pero si el irse se vuelve realidad, irse también es difícil. 

Soy mi casa. 

Y  se trate de Ítaca o Troya, mi aventura es volverme a habitar.  

Mediadora de lectura, narradora y creadora de contenido digital. Su trabajo ha estado ligado al acompañamiento de grupos, la creación literaria y la investigación de la Literatura de tradición oral en México y sus vínculos comunitarios. Actualmente se desempeña como consultora en el área de diseño y comunicación en equipos de UX (User Experience).

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