Por Beatriz Moreno Toscano
Noche de calor intenso; su alma sensible, de piel expuesta y dispuesta a sentir, hace que, inevitablemente y con placer, sus manos recorran la piel suave que se eriza al paso y roce sobre dos estrellas de su universo, reaccionando agradecidas, contrayendo el vientre y liberando su mente.
El ritual inicia. Camina decidida a la liberación total que ha descubierto bajo el torrente de agua que danza sobre sus hombros y la relaja. Da paso a una posición invertida y permite caer en los montículos de su pecho la danza de agua clara.
El onanismo ha iniciado; la mente se abre a imágenes de hermosas cavernas rosadas, en las cuales ríos inesperados fluyen a través del vientre, llegando a las bifurcaciones de largos y tensos muslos, preparados para sostener una descarga de energía generada por los direccionados y constantes chorros de agua que hace caer sobre los genitales, que protege y regula con sus dedos.
Los ríos subterráneos se aceleran, van con fuerza saliendo de las cavernas rosadas y explosionan llegando al éxtasis con gritos de placer ante la fuerza de la emoción palpitante de su existencia, como olas que se estrellan en acantilados, como la caída de agua de elevadas cascadas. Con ese estruendo y fuerza se encuentra con su propia naturaleza.
Los torrentes se calman al igual que su ritmo cardiaco; sus piernas ya no son tan fuertes, el calor se ha ido, un cuerpo fresco yace en cama con expresión placentera. En el ambiente hay un olor corporal, un olor a sexo, una delicada fragancia de genitales, sin mezclas, solo sustancia. ¡Duerme sin calor y duerme sin ganas!

