¿Bailamos?


Por Miriam G. Pérez González


Ya nos habíamos visto muchas veces, sin mayor interés que un simple saludo.

Pero esta ocasión fue distinta…

Ese día me desperté sin muchas ganas; la verdad es que estaba cansada y un poco harta de todo, e ir a fiestas era en lo último que pensaba. Solo me dio impulso el pensar que ese día se celebraría el cumpleaños de mi mejor amiga y nadie, menos yo, podría perderse esa fiesta.

En la pista, la música tropical elevaba la temperatura de todos los que se dejaban seducir por sus ondeantes notas y el roce rítmico e impetuoso de los cuerpos. Siempre he pensado que bailar es como hacer el amor: sentir cómo tu cuerpo se deja poseer mientras tu respiración se agita y pides no parar, para regresar con una sonrisa jadeante a tu lugar; es un acto digno de repetir cuantas veces puedas y yo no me resisto, lo hago cada que la música me invoca.

Sentada frente a la pista de baile, me divertía viendo cómo la fiesta y sus elixires nos van transformando, viendo ir y venir borrachos rebotando de un lado a otro entre las paredes que conducen al baño, escuchando a otros que intentan retar a su cerebro y lengua para mantener la razón y la cordura en conversaciones intelectuales mientras escupen la cara de sus oyentes, otros que solo atinan a mantener el equilibrio con una copa en la mano. Tardé en descubrirte ahí, entre los cuerpos atravesando rítmicamente el espacio que nos separaba, como si fuera un cálculo matemático perfecto: estabas sentado al otro lado de la pista, frente a mí; en un acto sincronizado levantamos las miradas para detenerlas en ese instante revelador en el que nuestros ojos se encontraron y nos descubrimos, en ese instante en el que en una respiración los dos nos absorbimos. Esa fue la señal de que estábamos en un acuerdo.

Seguí el camino de tu mirada y observé cómo bajaba lentamente de mis ojos a mi boca, de mi boca a mis pechos, siguiendo una línea recta hacia mi ombligo. Tu mirada me envolvía suavemente mientras me desnudabas; pude verte dibujando mi cuerpo en tu mente, imaginando lo que había debajo de mi ropa con una curiosidad vehemente y tímida.

Seguir la trayectoria de tu mirada hizo que mi respiración se hiciera cada vez más profunda y pausada. Cuando tus ojos siguieron su camino hacia el sur desde mi ombligo, mi primer impulso fue abrir las piernas ligeramente, para permitir que tu mirada penetrara más allá de mi falda. Sonreímos en complicidad dejando que nuestros rostros hablaran por nosotros; éramos dos hogueras ardiendo sincronizadamente.

Me levanté y fui hacia el patio trasero, no teniendo la menor duda de que me seguirías, y así fue. No tardaste más de 5 minutos en confirmarme lo pensado; sin cruzar palabra, como dos imanes atrayéndose, nuestros cuerpos se fundieron en un beso intempestivo al tiempo en que mis manos se apresuraban a buscar el botón de tu pantalón para liberar al objeto de mi deseo que cada vez se ponía más duro. Tú también hacías lo tuyo con tus manos abriéndose paso debajo de mi falda, buscando los lugares más recónditos y húmedos. Nos urgía liberar ese fuego que nos consumía.

La única palabra entre nosotros esa noche fue: «Acuéstate». Me miraste un poco sorprendido, pero obedeciste sin protestar. Sentirnos tan dentro nos hizo perder la noción de que alguien podría encontrarnos; solo importábamos tú y yo tratando de devorarnos en un beso apasionado mientras tus manos memorizaban mis pechos en un viaje suave a través de la espalda hasta llegar a mis nalgas, y de regreso. No hacíamos más que traspasar lo corpóreo y entregarnos al calor y humedad de nuestros cuerpos; ahí, tirados sobre el pasto, bailamos la mejor cumbia de esa noche.

Desde ese día no rechazo las invitaciones a fiestas; uno no sabe qué ritmo nuevo puede aprender.

Miriam G. Pérez González 
Mexicana de raíces Mixtecas, Etnocoreóloga por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Mediadora de Lectura perteneciente al equipo de Pueblos Originarios del Programa Nacional Salas de Lectura, Gestora y Promotora cultural de la Mixteca Poblana, Locutora y Productora de programas radiofónicos culturales, Maestrante en Literatura aplicada por la IBERO Puebla, enamorada de la palabra, la música, la danza y las plantas.

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

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