Blanco y negro por Clau clouds


Arribo puntual al final de actividades de la ciudad bajando del último camión proveniente del pueblo vecino, el segundo transporte que debía tomar ya terminó de prestar sus servicios. Aun así, a sabiendas de que no habría algún un chofer perdido en el tiempo me dirijo a la terminal y espero vanamente alrededor de trece minutos. Empiezo a caminar, trazo mi trayectoria, la recorro en mi mente y formulo atajos efectivos. 

Mi destino no es tan lejano e incluso de día siempre opto por caminar, pero ya ha caído la noche y la gente no abunda en las calles, pienso que aunque vaya rápido no puedo ignorar los posibles riesgos a los que estoy expuesta.

Comienzo adentrándome entre las callejuelas. Calculo los pasos y el tiempo que me tomará llegar allá a velocidad media y sin titubeos o distracciones. En mis audífonos suena “York” de Christian Löffler que me cautiva y me enfoca en la misión. Atravieso la zona ruidosa de los bares y ante mí se presenta el obstáculo más grande, un tramo solitario y latente de ocho cuadras.

Miro detalles de la calle, siento el frío de la noche y apresuró el paso. Me encuentro con un grupo de individuos que luchan por echar a andar una camioneta vieja. Siento sus miradas y no reparo de sus comentarios. Mi mente canaliza lo intimidada que me siento pero sigo avanzando. Al cabo de tres minutos me encuentro frente a una iglesia que hace margen al camino y saludo a mi sombra que gracias a la escasa iluminación de unas lámparas viejas, ya se ha hecho presente. Su presencia no es fácil de ignorar ya que somos las únicas por aquí a estas horas. Analizo mi postura reflejada en el concreto y me pregunto ¿Cuándo adopté ese caminar despreocupado? Un movimiento alternante de ambos brazos me entretienen y apaciguan. Mi sombra es mi guía, compañía y disfruta de mi plática. Jugueteamos, nos deformamos y vacilo con movimientos rápidos que imita perfectamente, no sin antes abrirme camino con esa inclinación adelantada que la caracteriza.
Ahora, esta decide llamar a otra sombra proveniente de la refracción de las distintas luces que me envuelven. Y ya somos tres. Esta escena vuelve más ameno mi trayecto, acompañada, valseando con más seguridad, olvidando la soledad de la que soy protagonista , teniendo el deseo de aunque sola, estar sin peligro.

Repentinamente una tercera sombra corre al otro lado de la acera. Me cuestiono si ya que nadie se encuentra aquí más que nosotras, siento una energía que me hace mover la cabeza de lado a lado, latente, asustada, llevándome a cubrir mi rostro con ambas manos y liberando mis ojos hacia el cielo.

Planto la mirada en la luna quien me coquetea y miro codiciosa sus destellos que inundan mi cabeza. Tal vez pensé en alguna sombra mía se dio la libertad de moverse sola por ahí buscando quebrantar mi mente en la lógica de las luces.

Llego a mi destino  y en el umbral de la puerta deseo que la locura de la noche no sea el espacio donde hagan caer a alguien y si esa locura lo hace, lo haga jugando y hablándole suavemente, no volviéndose sombra para siempre.

Autora: Claudia Itzel Muñoz

Publicado por LaCoyolRevista

No sé quien soy. No ando en busca de estilo, sino de retos.

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