Voces Tejidas | «Cuando Londres nos unió»

Por Leslie Urbina

Era una mañana lluviosa en Londres. Las personas caminaban apresuradas con sus paraguas y grandes abrigos. Algunas se detenían a mirar los aparadores de las tiendas, otras a hacer compras o a llamar por teléfono. Parecía un día como cualquier otro.
En mi interior sabía que pronto estaría reuniéndome con él, y sería un 9 de febrero que no podría olvidar. Miré a través de la ventana y noté el cielo gris. Salí de casa y comencé a caminar en busca de la dirección donde nos encontraríamos. Mientras recorría las calles, me di cuenta de que no sentía nervios en absoluto. Más bien, estaba en un estado de tranquilidad. No sabía si atribuir este efecto a mi abrigo verde o aceptar que su persona me inspiraba paz, como si lo conociera de toda la vida.

Frente a la cafetería, tomé un suspiro y entré, dirigiéndome hacia la vitrina de los pastelillos. Le pregunté a la chica que atendía el lugar si podía esperar a alguien antes de ordenar. Amablemente, y con una sonrisa, me dijo que sí. Decidí entonces sentarme en una de las mesas cercanas a la puerta para que él me encontrara fácilmente. Esperé mientras el aroma a café impregnaba el ambiente.

Cinco minutos después, recibí el mensaje que estaba esperando: era él, diciéndome que el tren estaba retrasado y que le tomaría unos minutos más llegar. Le respondí y seguí aguardando. Miré por la ventana, luego revisé el menú, mis manos, mi teléfono y a mí en mi pequeño espejo, deseando lucir lo suficientemente hermosa.

Debo admitir que el nerviosismo me invadía cada vez que entraba alguien. Y entonces apareció él. Entendí por qué en su último mensaje me había dicho que antes de reunirnos debía «hacer algo». Traía flores: preciosas rosas rojas en un ramo, atadas con un lazo rosa en forma de moño. Me reconoció de inmediato y me sonrió. Me abrazó y acercó su rostro al mío para saludarme con un beso. No supe si desde el inicio quiso besarme, pues su rostro pareció dirigirse al centro de mi boca, y yo giré para besar su mejilla. Lo único que sabía es que me sentía afortunada.

Me pidió que esperara un momento mientras iba a ordenar chocolate caliente para mí y café para él. Regresó, y acordamos dar una caminata por el parque, bajo la lluvia.

Mientras él intentaba encontrar la dirección, hablábamos sobre nosotros. Estábamos felices. Nuestras risas eran compartidas.

Sentados en una banca, frente a un lago, me miró con sus profundos ojos azules, de una manera única, como si me contemplara y yo fuera extraordinaria. Entonces, me besó. Sentí sus labios de terciopelo por primera vez: fue dulce, romántico, cálido, inusitado y necesario.

Lo abracé por un largo momento, apoyando mi cabeza en su cuello para impregnarme de su aroma y memorizarlo. Extendí mi mano para tocar su barba y lo llené de pequeños besos. De pronto, nos besamos una vez más, y otra, y otra, tan lento y suave, dulcecito.

A partir de ese momento, nos tomamos de la mano. Nuestras vidas estaban entrelazadas. Tuvimos una conexión preciosa desde el inicio. Fue mágico. Me sentí encantada de conocerlo, llegó para despertar mi ilusión y hacerme feliz con su amor auténtico, real y sincero.

No quiero olvidar jamás cómo me sentí la primera vez que lo vi. Supe, desde ese instante, que lo amaría.

Leslie Urbina

Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila. Cursó un Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas, por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.

Tallerista y promotora de lecto-escritura para la Dirección General de Bibliotecas de la Secretaría de Cultura. Colaboró en la escritura de “Voces Translúcidas” (2019), obra publicada como proyecto universitario en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades (UAdeC). Participó en el segundo número del suplemento literario “Letras Libres”, publicado en la ciudad de Saltillo.

Motivada por su pasión literaria, actualmente se dedica a la docencia.

Deja un comentario