Por Tania Farias
Con la mañana bien avanzada, el calor comenzaba a agobiarnos. La plaza principal albergaba algunos espacios sombreados, mas no los suficientes como para encontrar la frescura que necesitábamos. Sin embargo, aún guardábamos el deseo de continuar descubriendo la ciudad colonial que visitábamos: la catedral, erigida en piedra blanca, era una de las joyas que no podíamos perdernos.
Un tanto por el interés de conocerla y otro por encontrar un resguardo del calor abrasador, dirigimos nuestros pasos hacia el imponente edificio. Sus techos altos y sus paredes desnudas eran una invitación para cualquier visitante en búsqueda de frescura. Avanzamos hacía el altar con pasos lentos. El cristo, imponente, a pesar de su simpleza, dominaba desde el fondo del recinto. Mi marido se dirigió hacia el interior haciendo pequeñas paradas frente a algunas de las imágenes religiosas; yo seguí a mi hijo quien caminó hasta el frente y se sentó en una de las bancas de adelante, ubicada entre dos entradas laterales, donde un aire fresco cruzaba de un extremo a otro. No pasó mucho tiempo antes de que mi marido se uniera a nosotros y se sentara a nuestro lado.
De pronto, se escuchó un cántico entonado por un coro que momentos antes se había instalado en uno de los costados, los presentes se pusieron de pie y desde detrás del altar salió una pequeña procesión encabezada por el sacerdote. Una celebración eucarística estaba por dar inicio.
Miré a mi esposo para saber qué haríamos: ¿nos quedaríamos a la misa o mejor nos retiraríamos de inmediato? Sin poder descifrar en su mirada una respuesta concreta seguimos el protocolo de la celebración. El sacerdote dio su discurso de bienvenida a los feligreses y un nuevo cántico dio inicio.
Desde el primer acorde lo reconocí. El cántico sigue tan vivo en mi memoria que sin importar las circunstancias, siempre me ha causado la misma reacción: un nudo que se forma en mi garganta y los ojos que se me humedecen. Cuando la voz se une a la melodía inevitablemente se me escapa una lágrima y, por unos instantes, vuelvo a estar en medio de aquella iglesia llena de gente, frente al ataúd que guardaba el cuerpo sin vida de mi madre.
Han pasado tantos años desde su muerte que por lo regular me es muy sencillo hablar de ello sin emociones, como si se tratase de una vieja película que apenas recuerdo, pero basta tan solo un sonido en particular, un olor o algún detalle preciso y vuelvo a ser esa niña que lloraba desconsolada frente a su féretro.
El cántico siguió y no pudiendo evitar el sufrimiento del recuerdo me sumergí en él, incluso, me uní al coro y empecé a susurrar mientras y las lágrimas de agolpaban en mis ojos y corrían por mis mejillas:
La muerte, ¿dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria? Resucitó, resucitó, resucitó, Aleluya…
El cántico terminó y la mirada de mi marido me invitó a retirarnos. Respiré profundo, mientras me persignaba, y aún con las emociones a flor de piel, sonreí al unirme a mis chicos para continuar nuestra visita.
Al salir de la iglesia, cuando el sol intenso del mediodía tocó mi rostro, volví a guardar los recuerdos en esa cajita de mi memoria, consciente de que en algún momento, cuando menos lo espere, habrá algún estímulo que la abrirá de nuevo y los recuerdos se desbordarán como un río en temporal y me sumergiré sin mucho esfuerzo en las emociones, porque al final de cuentas, tristes o alegres, son mis recuerdos y sin ellos no soy yo.
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