«Tal vez escribo historias con las que la gente se identifica,
tal vez sea por la complejidad y las vidas que presento.
Espero que movilicen a la gente.
Cuando me gusta un relato es porque tiene un efecto»
Alice Munro (1)
El silencio es un monstruo omnipresente, igual que la culpa y la vergüenza, aliados del poder contra el más débil. Se instala como una neblina, casi imperceptible, pero que todo lo impregna y todo lo corrompe; capaz de destruir las relaciones más profundas, la indispensable confianza y la autoestima.
La sociedad siempre pregunta por qué no se señala a los abusadores, por qué no se acusa cuando se ha vulnerado lo más íntimo, por qué se permite… La respuesta es diferente en cada caso y harto compleja. Es que el monstruo se yergue delante, con la amenaza de entrar por todos los poros hasta la asfixia. Callar es vivir, aunque la vida sea solo un cuenco de humo.
A Andrea Robin Skinner, la hija menor de la escritora Canadiense Alice Munro (ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013), el monstruo del silencio se lo impusieron sus padres, cuando les confesó que había sido abusada por Gerald Fremlin, su padrastro, en el verano de 1976. Una noche, cuando Munro no estaba, Fremlin se metió en su cama y la abusó sexualmente. Entonces ella tenía 9 años y él más de 50. El delito se repitió por varios años.
Pasó en un país «desarrollado» como lo es Canadá. Pasó en el hogar de una mujer que había quedado divorciada con tres hijas y quien fuera reconocida por su sensibilidad para retratar en sus historias los problemas feministas en una sociedad pautada por la discriminación. Pasó en la vida de una escritora capaz de explorar en sus cuentos los secretos más profundos y los demonios más provocadores. Pasó en el círculo familiar de una persona con voz en todo el mundo, inteligente y admirada. Pasó como pasa siempre: a una niña desvalida y a merced del más fuerte.
Su padre fue el primero en enterarse y no quiso encarar a su esposa. Fue hasta 1992 cuando Andrea pudo revelarlo. Munro reaccionó «como si se hubiera enterado de una infidelidad». Fremlin lo aceptó, escribió algunas cartas a la familia en las que reconoció el abuso, pero culpó a Andrea y amenazó con hacerlo público. Alice ignoró los sentimientos de su hija y se quedó al lado de su esposo hasta la muerte de él.
Andrea recuerda las palabras de su madre para justificarse: «…Nuestra cultura misógina sería la culpable si rechazara mis propias necesidades, si me sacrificara por los hijos y compensara por los defectos de los hombres». Como consecuencia, se alejó de la familia y no permitió que Munro se acercara a sus nietos.
Después de leer un artículo en el que su madre hablaba elogiosamente de su matrimonio, decidió que no podía mantenerlo más en secreto. En 2005, por fin denunció el abuso a la policía de Ontario, presentando las cartas que Fremlin había escrito. La policía lo declaró culpable y él lo aceptó, pero el silencio continuó, debido a la fama de su madre. ¿Por vergüenza, por no perder la admiración de sus lectores, por no generar un escándalo, por no develar la contradicción de sus palabras…? Este episodio en la vida de Munro no se menciona en su biografía. Jamás sabremos cómo se lo explicó.
La adulta Andrea le hizo frente al monstruo, publicando un artículo en el diario canadiense The Toronto Star este 7 de julio (2) lo que causó un gran revuelo en el mundo literario. Escribe: «Nunca quise volver a ver otra entrevista, biografía o evento que no lidiara con la realidad de lo que me sucedió, y con el hecho que mi madre, una vez enfrentada a la verdad, decidió quedarse con, y proteger a, mi abusador». La pregunta a quienes admiramos a Munro como escritora, a quienes hemos leído sus historias, nos han conmovido y nos han ceñido: ¿Se puede juzgar por su vida íntima, sobre poniéndola a su obra? Sin duda es encubridora, quizás cómplice. Quizás nos decepcione. Quizás no supo separar la realidad de su fantasía. Quizá ella misma fue una víctima y gracias a sus letras logró hacer frente a su propio monstruo. Ya no lo sabremos, ambos han muerto.
Algunos lectores expresaron que será difícil volver a leer a Munro. Otros señalan que esa trágica realidad es consistente con el mundo que Munro evocaba en sus cuentos. La también escritora Joyce Carol Oates, escribió en X: «Si has leído la ficción de Munro a lo largo de los años, verás cuántas veces los hombres son valorizados, perdonados, alcahueteados: parece haber un sentido de resignación». ¿Tendremos qué resignarnos en pleno Siglo XXI?
Joyce Maynard escribió en su cuenta de Facebook que las palabras de Andrea tienen el «timbre de la verdad», pero que no por ello dejará de admirar y estudiar la obra de Alice Munro. Un timbre, ciertamente, con su estruendo, con su molesta naturaleza, sería el arma ideal contra el índice sobre los labios.
Y recordamos entonces las atrocidades cometidas por otros tantos genios y personas de ciencia, de quienes tenemos que escindir sus actos y sus obras para poder quedarnos con la conciencia tranquila. Pero mientras así sea, el monstruo del silencio seguirá haciendo de las suyas, y protegiendo a quienes se vuelven depredadores de su misma especie.
[1] Fuente: Entrevista a Alice Munro. Fuente: Entrevista a Alice Munro http://funcionlenguaje.com/index.php/observatorios/actualidad-literaria/834-entrevista-a-alice-munro
(2) Fuente: Andrea Robin SkinnerSpecial to the Star. https://www.thestar.com/opinion/contributors/my-stepfather-sexually-abused-me-when-i-was-a-child-my-mother-alice-munro-chose/article_8415ba7c-3ae0-11ef-83f5-2369a808ea37.html
Imagen:
Odilon Redon
O silêncio, 1911, óleo sobre cartão, 54,6 x 54 cm. The Museum of Modern Art, New York – Estados Unidos: www.moma.org
