Por Liana Pacheco
Mis agradecimientos a Francisco García Reyes, regidor de Hacienda, al escritor Eduardo Ismael Salud y a la maestra Adriana Filio, por permitirme colaborar en Magdalena Tequisitlán.
A inicios del mes de julio, fui invitada por parte de mi amigo y colega Eduardo, a Magdalena Tequisitlán, comunidad del Istmo de Tehuantepec de mi natal Oaxaca, como parte del programa cultural de la fiesta patronal. Arribé cerca del mediodía, me recibió el calor húmedo y el verde que resplandecía en los cerros que bordean el pueblo. De inmediato me trasladé al CBTA Nº 92, Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario, para iniciar con las actividades.

El primer día fue una charla sobre MI proceso de aprendizaje y creación, algo que he realizado a menudo. Sin embargo, mis espectadores eran una veintena de adolescentes entre dieciséis y dieciocho años que me miraban con cierta incertidumbre y poco interés, como si frente a ellos se desarrollara un proceso de fusión nuclear, que saben que tendrá poca relevancia en sus vidas personales y estudiantiles. Les explicamos los conceptos de “Síndrome del impostor”, la diferencia entre “Terror de fantasía y terror real”. A pesar de que hubo ronda de preguntas, sentí que el tema “Mi proceso creativo en la literatura” seguía siendo lejano para ellos.
Después se hizo una lectura en voz alta de mi cuento “Bono de puntualidad” de mi antología “Dualidad de caos”. Para hacerla más dinámica, Eduardo propuso que todos leyeran un fragmento del texto estando de pie sobre una silla. Algunas de mis palabras escritas atropellaron el ritmo de su lectura. Una alumna se cohibió cuando llegó a la parte donde un personaje dice: “Ch1nga tu madre”. El que concluyó la lectura del cuento en voz fuerte y expresiva fue Eduardo. Mas tarde, nos informaron que ese grupo de estudiantes estaban en regularización y que, por asistir al programa cultural, obtendrían puntos para su calificación. Lo que me hizo caer en cuenta de que tendríamos que redoblar esfuerzos si queríamos captar su atención.

El segundo día inició con una charla sobre perspectiva de género impartido por la maestra Adriana. El tema sí fue de su interés, pero pudimos atestiguar cómo el machismo y muchos estereotipos están latentes en las ideologías de los jóvenes. La siguiente actividad eran tres talleres: violencia en las relaciones, poesía y narrativa que impartiría yo. Por la cual dividimos al grupo, así quedé con ocho alumnos y una única alumna. Un nuevo reto, ya que mis anteriores talleres los he impartido solamente a mujeres.
Inicié con una dinámica de movimiento: estirar brazos, inhalaran profundamente para oxigenar el cerebro. Después la tediosa teoría de porqué es importante el arte como expresión humana, géneros literarios, estructura de narración, etcétera. Recalqué que la literatura es un espacio libre y pueden escribir como deseen, con groserías, con amor u odio, así como crear los escenarios que su mente imagine. Observé algunos bostezos disimulados y otros que no tenían intención en ser discretos con el aburrimiento que mi clase les provocó. Un par de jóvenes sí mantenían la atención a las diapositivas y a mis explicaciones y otros respondían con ahínco a mis preguntas:
«¿Alguien de aquí ha estado o presenciado una obra de teatro?». «Sí, yo una vez», respondió uno. «¿Qué obra?», pregunté. «En el kínder. No me acuerdo del nombre, pero yo era un árbol».

Todos reímos, el humor y la energía de este alumno, al que nombraremos Julián, refrescó el ánimo en el salón. A mitad de la clase, la alumna pidió permiso para hacer una colecta e ir por la Coca, accedí, los ventiladores de techo ya no hacían batalla al calor de la una de la tarde. Cuando el taller ya llevaba poco más de sesenta minutos lo di por terminado, mis alumnos y alumna salieron emocionados, pero de inmediato fueron devueltos a sus butacas, ya que los otros dos talleres aún no habían finalizado.
Entonces para combatir su aburrimiento y sus deseos de querer salir de la escuela, les pedí que sacaran una hoja en blanco y un bolígrafo o lápiz. “Vamos a escribir entre todos un cuento”, sentencié. En cuanto estas palabras salieron de mi boca, mi conciencia me dijo que no tenía ninguna idea breve y novedosa como semilla de un arco narrativo. Observé los rostros expectantes y me topé con Julián. “Haremos un cuento sobre cómo su compañero fue elegido para interpretar un árbol en la obra del kínder”. Todos rieron y empezamos un proceso de creación en colectividad:
“Esa mañana Julián despertó con la frente llena de sudor. Su cuerpo estaba acalorado, incómodo e insoportable, entonces se dio cuenta de que Juanito, su hermano mayor, cerró la ventana de su cuarto, con el fin de molestarlo. Julián no tenía ganas de levantarse, pero en eso su mamá llegó a la puerta y con cable en mano lo amenazó: «más te vale apurarte a vestirte, sino te voy a dar un par de madraz0s en las na1gas»…”

La mayoría de alumnos, con papel y pluma en la butaca, se mantenían expectantes, algunos aportaban frases para ahondar en el drama al texto. Yo les reafirmé que tenían libertad para escribir las expresiones que ellos quisieran.
“…Por la apuración de vestirse y la amenaza de su madre, Julián terminó poniéndose un zapato en un pie y un tenis en el otro, pero no se dio cuenta hasta que llegó al salón de clases. La maestra lo regañó por llegar tarde y lo mandó a sentarse. Luego les dijo que ese día seleccionarían los personajes para interpretar la obra de teatro de la Bella durmiente o Blancanieves. Julián sonrió emocionado ya que él quería ser el príncipe azul, pero no contaba con que su compañero Charlie se empezaría a burlar de él, porque llevaba un tenis y un zapato…”
A esta altura del cuento, algunos estudiantes escribían con rapidez, otros reían y hacían mofa sobre la historia y otros decían haberse quedando en la frase inicial, pero la mayoría se mantenían atentos a la escritura colectiva.
“Julián se defendió de Charlie, pero la maestra lo vio y en lugar de regañar a Charlie por burlón, terminó reprendiendo a Julián: «si continúas portándote mal ya no tendrás oportunidad de que seas el príncipe azul». Por lo que Julián permaneció quieto, como niño bien portado. Sin embargo, Charlie no se rindió y siguió molestando: «¡Qué bruto/pendej0/menso eres!, no te sabes vestir. Te pusiste un tenis y un zapato». Julián ya no aguantó, se volteó y le dio un zape en la cabeza con todas sus fuerzas. Charlie empezó a llorar muy fuerte, luego corrió a acusarlo con la maestra. Ella se levantó muy enojada y le dijo a Julián: «te dije que te comportaras. Ya no vas a ser el príncipe azul en la obra, ahora vas a ser un árbol». FIN”

La energía del grupo seguía activa. De hecho, los alumnos habían incrementado, ya que cuando el taller de poesía terminó enviaron a los asistentes a mi salón. Yo les dije que podían nombrar el cuento como desearan, les propuse: “El peor día en la vida de Julián” o “El día que Julián se convirtió en un árbol”.
Una alumna acusó a su compañero de junto, ya que él solo escribió un párrafo de tres líneas: el conflicto en que el protagonista despertó sudoroso porque el hermano cerró la ventana. El autor, luego de estas líneas escribió en mayúsculas: FIN. Les dije que era un muy buen trabajo a pesar de la brevedad, eso podría considerarse un microcuento. Aproveché para explicarles que la narrativa no exige extensión mínima o máxima y lo ejemplifiqué contándoles “El dinosaurio” de Monterroso.
Cuando caí en cuenta, afuera del salón estaban algunos docentes para clausurar el programa cultural y darnos nuestras constancias de colaboración. Lo emocionante fue que cuando el coordinador leyó mi nombre, el de la maestra Adriana y del escritor Eduardo, las y los jóvenes gritaban y aplaudían con una alegría que indudablemente me estremeció. Mi último mensaje fue de agradecimiento, por la escucha a nuestras palabras y el consejo de que lean, busquen y escriban sus propias historias.

En los seis años que llevo en este camino literario, es la primera vez que una experiencia me saca de mi zona de confort y me desafía a buscar la manera para despertar en lo bachilleres de una comunidad en Oaxaca interés y emoción por las letras. Me sentí orgullosa de haber dejado huella en su aprendizaje, quizá no a todes, pero escucharlos y verlos fascinados por escribir un cuento ha sido de las mejores experiencias. En estos años de ser escritora independiente he caído en cuenta de que el oficio va mucho más allá de la intelectualidad de sentarme frente a mi MacBook y dejar que las letras fluyan en la hoja en blanco. También hay que ser vendedora de libros, desarrollar estrategias de marketing, diseñadora gráfica, community manager, tallerista, añado hoy: pedagoga, más lo que la vida artística nos vaya instruyendo.
De regreso a la ciudad de Oaxaca, recordé la energía irreverente y desafiante de las y los alumnos. Sé que mi generación a esa edad no era tan explosiva, pero al final pensé que me hubiera gustado disfrutar un poco más de esa rebeldía y no andar tan metida en los libros, quizá hoy tendría experiencias más nutridas para escribir.
