Cartografías del Instante| Abrazar un árbol

Abrazar un árbol

Por Anyela Botina

  1. Veras que hay algo que siempre me pasa y es que no puedo creer en mis propias sospechas, como ese día que llovía y tu seguías acostado en la cama mientras yo hacía figurillas en los vidrios empañados, entonces, te pregunte si escuchaste ese crujido en la noche. Pero tu tenías esa habilidad de no hablar sobre lo que no querías; solo hacías ese gesto con los labios, como queriendo decir algo y luego nada. Una parte de mi sabía que no era solo habitar la casa nueva y comprar los muebles que a ti y mi nos gustaran, sino que se trataba de algo más que estaba pegado al aire, que nos había seguido desde donde estábamos y que a donde fuéramos nos seguiría.
    Tu no dijiste nada, te quedaste dormido toda la tarde, mientras yo daba vueltas por toda la casa esperando que la niebla subiera o bajara, recordando que de niña, papá decía que no le temiera a la neblina, que solo eran las nubes tomando agua.
    La televisión al fin agarro señal y el ambiente se llenó de palabras y de miles de sonidos, pero todos distintos a ese crujido. La comida caliente, tu despertar a media noche y preguntarme la hora, mi forma de decirte con esa voz ronca y fea cualquier número, eso siempre seria lo mismo. Estaba el tic tic del reloj viejo y un tic tic de la lluvia que cayó esa noche, pero el crujido era otra cosa.
  1. Le digo que me duele haberte perdido. Sé que ella me mira, pero yo mantengo la vista baja; no quiero verla y encontrar a la persona con la que hablo cada semana y a la que luego entrego un sobre con dinero. Quise decirle que envidié el amor que veía en los abrazos de mis amigas y sus padres, pero mejor no dije nada. En lugar de eso, le cuento que la nueva casa tiene un crujido que me inquieta. Ella me pregunta cómo eras tú y yo le contesto que ya no te recuerdo bien; le miento.
    El problema es que mi mente va demasiado pronto y puedo calcular sus preguntas y sus soluciones. Si vuelvo cada semana es porque, después de largos silencios, digo cosas que en el momento no tienen sentido, pero luego esas palabras abren una grieta por donde se me escapa un peso, como abrir un grifo a toda presión que me destruye por dentro y duele; un dolor que con trabajo va menguando y que me ha llevado a encontrar las formas más creativas para aliviar presión: coserlo, sellarlo, darle vuelta, dibujar en sus bordes, perderme, navegar. Ese dolor vale por todas las palabras.
  2. Estar en tus brazos es encontrar tierra firme. Tu respiración, una corriente y tu cuerpo, una barca que me lleva navegando por la incertidumbre. Me aferro a tus brazos y los beso; luego, viene la sensación de huida, un peligro inminente que no tiene nombre y me cuelga del pecho, que me despierta cada mañana y trato de olvidarlo durante el día.
  3. Mi terapeuta dice que reconocer que la búsqueda de validación masculina ha sido una constante en mi vida es un avance en el proceso. La solución me parece predecible, y luego me pregunta cómo voy con las respiraciones y el yoga. Le digo que, mientras hago mis respiraciones, he notado que los crujidos vienen de afuera, que no es la casa como pensaba al principio. Le cuento que hay un árbol enorme que parece ser el origen de los crujidos. Ella me pide que lo dibuje para la próxima vez que nos veamos.
  4. Encuentro un pedazo de papel y un lapicero de punta finita, entonces, escribo tu nombre y trato de escribir algo, alguna cosa que pudiera decirte que no puedo quedarme aquí, decirte que solo quiero huir de un peligro que no logro ver.
    Tu sales a buscarme y me aseguras que todo está bien, que no hay nada que deba temer, que hay muchas más casas donde podemos hacer otras vidas. Me besas las puntas de mis dedos y me dices que encontraremos la forma.
  5. Amaba tu mirada y tus brazos que me levantaban en el aire. Recuerdo que me hacías reír cuando cambiabas las letras de las canciones y aunque no recuerdo tu voz, sé que cuando tenía pesadillas, buscaba tus brazos. Luego te fuiste y lo único que tengo de ti es una foto de cuando eras joven. Eras todo lo que yo tenía y te fuiste, papá.
  6. Abrazar este árbol es lo mas cercano a estar entre tus brazos, su fragancia a tu olor, y sus crujidos a tu voz dormida que me arrullaba. El árbol y sus luces, sus sombras que se mueven en el papel como un rio oscuro, y mis dedos que juegan a ser una de sus ramas. Los crujidos que el viento desprende son imposibles de plasmar en el papel. Prefiero la quietud de la luz que me ilumina entre las ramas, pero no puedo evitar reconocer que dibujarte en la hoja es plasmar una ausencia, los crujidos que inundan la casa, lo mucho que me haces falta y lo que nunca podremos saber de ambos, aquello que quizás no logre solucionar en toda una vida o que en realidad no quiera hacerlo, para recordarte en cada abandono, en las veces que huyo de los brazos de quien me ama. Es imposible dibujar el crepitar del fuego, como darle cauce a un rio que desemboca en la mar, como volverte a la vida, padre.

Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. También, puedes escucharme en Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí👇

Si te interesa este contenido, también te puede interesar:

compártelo en:

Deja un comentario