Por Mercedes Martínez Rangel
Un primer recuerdo cuando era pequeña, tal vez de cinco años de edad vivía en una colonia despoblada y pobre. Mi casa tenía techo de lámina de asbesto y en cada febrero el viento lo elevaba por el aire al grado que mis hermanos mayores iban a buscarlo unos metros atrás. Había un terreno baldío que se convertía en una enorme fuente de polvo y en época de lluvia se convertía en un inmenso charco. El futuro era incierto para todos sin embargo en mi mente había una idea que más allá de la nopalera debía existir más gente con aspecto diferente a todo, con un hablar distinto.
Sabía que lo que vivía no era todo. En mi infancia notaba que había algo más en mí, habitualmente me sentaba afuera de la casa en un tronco de árbol que se había desprendido de algún lado. Mi papá lo había colocado allí para sus hijos quizá por algún motivo como única pertenencia. Desde allí miraba pasar tarde a tarde a una chica, iba vestida con hermosos tacones, maquillada. Cuando la veía llegaba un pensamiento : «cuando crezca me voy a casar con ella». En ese entonces aún no sabía que eso era posible, por lo menos hasta esa época.
Esperaba con ansias salir de ese entorno, la primera prueba de ello fueron los libros que abrieron todo un panorama y nutrieron mi espíritu. Ellos llenaron de más curiosidad mi alma. En todo momento creí que habría un futuro distinto para mí. Cerca de mis treinta años supe que no era la única lesbiana, me acepté y por primera vez me enamoré.
¿Cuántos besos guardados? ¿Cuántos abrazos no dados? ¿Cuántas caricias reprimidas?
¿Mi salida del closet fue bastante tardía?
Conocí a Cony un martes: amplia sonrisa, mirar desenvuelto,inteligente y desenfadada. Yo reía en cada frase suya donde habitualmente mi conducta era sería y muy prudente; sin embargo no me resistí ante ella, me enamoré por primera vez. La sencillez de sus actos sumada a su atractiva naturalidad me llevaron a amarla. El amor no fue suficiente y el final llegó.
Después de varios amores fallidos me doy cuenta que aunque he amado y me he sentido amada aún queda un vacío, porque no hemos aprendido a amar de una forma distinta a la que construyeron los heterosexuales y que predomina dejándonos en desventaja. Me vuelvo a sentir una niña, mirando por la puerta, pensando que más allá de lo conocido tiene que haber una forma distinta de amar específicamente para nosotras como mujeres, empezando por mí misma, sin tabúes, sin ataduras, con los brazos abiertos y la mente liberada. Sólo espero llegar a conocer ese futuro y que no sea demasiado tarde para mí.
Editado por la Coyol Revista
Elizabeth Vázquez Pérez
