por Yaneli González
“La infancia es una daga en la garganta imposible de quitar”
Wajdi Mouawad, Incendies
Cuando era infante la violencia de la vida cruzó su mirada conmigo, pienso: la infante es vulnerable, es expuesta, ofrecida al terror de la cultura que protege a los que sacan los colmillos, afilada vida. El destete es un mito.
Escribo este poema después de leer a Ampuero: los primeros años de vida son cruciales en el desarrollo de la personalidad de un individuo y al leer Pelea de Gallos, de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, pude estar segura de ello. Ya se sabe, científica, emocional, físicamente, etc., sobre la importancia de los primeros años de vida en el humano, pero Ampuero nos cuestiona hasta qué punto el adulto sigue tomando decisiones con base en las carencias, abusos, o golpes de cuando fue niño.

Pelea de Gallos fue publicado en 2018 siendo la obra que lanzaría a Ampuero a su éxito como narradora de terror-ficción, el libro consta de 13 cuentos donde, a excepción de uno (Persianas), el narrador es una niña/mujer quien cuenta la historia, no hay una ubicación geográfica exacta en ninguno porque son hechos que pudieran suceder en cualquier parte de Latinoamérica o el mundo, en especial a las mujeres.
A la autora se le ha adjetivado como una escritora visceral, que escribe más desde la rabia y la denuncia que en un sentido académico, como lo fuera por ejemplo Mónica Ojeda, quien presenta una narrativa muy similar en cuanto al tema, pero diferente en estilo, al usar metáforas, o cuidar microscópicamente cada palabra en el texto.

La obra de Ampuero es cercana al tremendismo al exagerar situaciones o elementos para llevarlos a lo extremo, como en el cuento de Luto, donde la protagonista (María Magdalena) es expuesta de manera grotesca a los castigos de su hermano (Lázaro), haciendo este guiño a historias de la Biblia, incluso burlándose de la ficción de Jesús, por lo que su narrativa también cuestiona desde hace cuánto se ha normalizado la violencia hacia las mujeres y cómo la religión ha defendido al patriarcado desde el inicio de lo que podemos rastrear como la historia del humano pensante.
Cada cuento tiene como esencia hablar del hogar y de lo que ahí se gesta. Nadie sabe lo que pasa detrás de las puertas de una casa, excepto Ampuero, dibujando situaciones aterradoras que para nada son ficción; mas hablaré específicamente de tres cuentos que me atravesaron e hicieron conexión con esa frase de Wajdi Mouawad: Subasta, Crías y La niña Ali.
SUBASTA
Es el inicio del libro, un cuento breve y quizá uno de los más potentes porque habla de un hecho aterrador que sí sucede cada día en el mundo, que es la subasta de personas, el secuestro que viven mujeres y hombres para ser comprados por, lo que deberían ser personas, monstruos para hacer negocio con ellos. Lo impactante de este cuento es su veracidad. Está narrado por una mujer que se va a proteger de ser comprada usando una técnica que desde niña le funcionó para no ser violada por los galleros con los que su padre convivía todos los días. Es curioso que el padre de la protagonista le dice: “no seas mujercita” cada vez que ella le cuenta algo que le causa dolor o miedo, cuando en realidad sí es una mujercita, una niña de 12 o 13 años expuesta a un ambiente de alcohol, drogas y hombres bien machos que se reúnen a pelear gallos. Esta táctica la salva de ser vendida, el consejo de su padre de no ser una mujercita la salvó. “Yo me concentro en los gallos. Tal vez no hay ninguno. Pero yo los escucho. Dentro de mí. Gallos y hombres. Ya, no seas tan mujercita, son galleros, carajo”. ¿Que entendemos con esto entonces? Que el solo hecho de ser mujer ya eleva los indicies de sufrir una violación o un asesinato. Que esto sucede, que no es ficción, que por ser mujeres sería conveniente usar armaduras para protegernos de un mundo feroz.
CRÍAS
Este cuento es una historia de amor bastante retorcida, donde dos niños con evidentes trastornos mentales conocen el amor a través del abuso que el niño le da a la protagonista, siendo este acto triste el único recuerdo de ser amada cuando niña, a lo largo de la historia ella lo dice: digo que sí a los hombres porque siempre les digo que sí, “Las personitas nos habíamos convertido en personas: el daño ya estaba hecho… Entonces me levantaba despacito, bajaba las escaleras como un fantasma, abría la puerta asfixiándome y me iba a mi casa donde el aire no era mejor, pero era mío. Respiras, aunque sea espantoso, lo propio, lo que tus pulmones anhelan sin saber por qué. La pobrecita inteligencia del pulmón. Carne de mi carne. Aire de mi aire. Hija de mis padres”. La mujer que narra la historia asegura que todo lo que quiso siempre fue que su padre la quisiera, y a partir de ahí, de esa ausencia de amor por parte de la figura paterna ella fue cediendo siempre a los hombres para sentirse querida, pero claramente no lo iba a conseguir porque solo era arrojada contra la pared como una botella de vidrio, como la misma protagonista nos cuenta, y aunque se fue de su casa, estudió y viajó fue el retorno a la casa de ese niño, ahora un adulto depresivo, el que la hizo sentir que sí había un refugio en el mundo para alguien como ella. Regresamos a lo conocido, aunque duela, aunque no lo entendamos. El trauma es el centro de nuestras decisiones.
LA NIÑA ALI
Este cuento polifónico es contado por las voces de las mujeres que ayudan a la limpieza y al cuidado de los niños de un hogar donde, poco a poco, se va viendo la decadencia de la señora de la casa. Estas voces dejan en evidencia la clase social y la importancia que tienen las apariencias para la gente de dinero. En otro cuento llamado Coro Ampuero sigue trabajado el tema de la clase social pero ahora narrado por las voces de las mujeres ricas, dejando un mensaje claro: hay vidas que importan y vidas que no.
Sigamos con la niña Ali, una mujer de clase alta y gorda, dicen las mujeres de la limpieza que cómo les obsesiona el peso a estas mujeres ricas, dejan de comer, vomitan y se ven mal si alguna ha subido un kilo o dos, pero no la niña Ali, ella era demasiado amable, demasiado ingenua, demasiado buena, las trataba como a sus iguales y era una madre amorosa, hasta que detona en ella un trauma bastante evidente para las mujeres de la limpieza pero poco visible para la madre de la protagonista o para cualquier persona que convivía con ella, asombradas se dicen: ¿por qué ellos no lo ven y nosotras sí? Pero saben que su voz no importa y por eso no se toman el tiempo de decir que Ali fue abusada y por eso se pone mal cada vez que hay un hombre cerca.
“Un día vino el papá, don Ricardo, sin avisar. Nosotras abrimos la puerta, preguntó por la hija y le dijimos que en el cuarto de huéspedes. Fuimos a la cocina a prepararle el café que pidió cuando escuchamos el portazo en la puerta principal. Corrimos al cuarto de la niña y ahí estaba ella: los ojos como platos, una mano agarrada a la sábana bajo el cuello y la otra a una tijera de uñas. Apuntaba hacia la puerta. El brazo le temblaba desde el hombro. ¿Niña? Empezó a gritar. Que se vaya, que se vaya, que se vaya. ¿Quién? ¿Su papá? Ya se fue, niña linda. Que se vaya. Cierren la puerta, por favor, que no vuelva a entrar. Cierren todo, pongan seguro, que no se acerque a las niñas, que no se acerque a Alicia, que yo sí veo, yo sí veo y yo sí oigo y yo sí sé”
La niña Ali sí ve, sí oye y sí sabe, no como su madre, que nunca hizo nada para defenderla porque no veía, no escuchaba y no sabía. Dicen las voces de las mujeres cuidadoras: la niña Ali no necesitaba pastillas para dormir o para el dolor sino un psiquiatra que le ayudara a sanar la herida, pero la servidumbre qué va a saber sobre el valor de la vida. La protagonista termina con un final muy triste, donde además se alude a la repetición del abuso cuando menciona que la hija de la protagonista, Alicia, miraba con los mismos ojos que su madre.
Aquí no solo está el asunto clasista sino el de la familia como una institución inquebrantable, sagrada, que no puede profanarse. La madre de la niña Ali sabía que su esposo y su hijo abusaban de Ali y no hacía nada al respecto porque era más importante mantener a la familia unida que hacer denuncias. El silencio es lo aterrador en esta casa, no decir nada hizo que Ali quisiera borrar su cara con un cuchillo para no ser ella y aventarse de la cima de un centro comercial.
El hogar tiene el poder de construir y de destruir a una persona, es el origen de nuestra psique, así como de nuestra cultura: ser mujer hace que las historias escritas en Pelea de Gallos dejen de ser ficticias y cobren todo el peso de la realidad, de los abusos que suceden en la intimidad, del incesto, la pedofilia, el peligro en los espacios que deberían ser seguros cuando se es infante, en cómo esos años determinarán el origen de nuestras elecciones y ciertas particularidades que a veces hacemos con desconcierto. Ampuero nos asegura que el monstruo está dentro de cada uno de nosotros pero que se manifestará de diferente forma o con distinta intensidad, a menos que sí haya un núcleo sano es probable que el monstruo deje de serlo para ser parte de un ser completo, donde luz y oscuridad son parte de existir y de crecer sin lastimar a nadie. Sí se puede dejar de ser monstruo, sí hay esperanza todavía, lo primero es romper el silencio, cuestionarlo todo, incluso cómo pensamos y el discurso que nos repetimos a diario. Romper la institución de la familia, amarnos más profundamente, es empezar a tumbar al patriarcado.


Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo y mamá de Eileen. Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir
