Por Natalia Mendoza Servín

América Invertida. Dibujo a pluma y tinta de 1943 del artista uruguayo joaquín Torres García. Recuperado de: https://www.aventuraquetzal.com/post/nuestro-norte-es-el-sur
El título de este texto está muy lejos de insinuar que Montevideo es una ciudad sin sabor. Nada más remoto que eso. Montevideo es una ciudad divina. Es pequeña y con todo el encanto del mundo. Las personas son muy amables, sus calles agradables, su clima templado, su música y bailes son excepcionales, y sus alfajores más que deliciosos ¡hay hasta oreos hechos alfajor!
Pero llamaron mi atención dos cosas. La primera vez que probé un asado uruguayo, aunque la carne estaba en su punto, me dio la impresión de que le faltaba sal, pero no le di mucha importancia porque yo soy una persona a la que le gusta mucho lo salado, así que imaginé que seguramente eran mis excesos de consumo de sodio los que me generaban esa impresión.
Sin embargo, la segunda vez que comí asado uruguayo, noté que otros compañeros mexicanos le ponían sal a la carne. Entonces me di cuenta que no era solo yo. Tengo un gran amigo canadiense que alguna vez que visitó mi México, compró en la calle un vaso de rusa, mismo que inmediatamente escupió y exclamó: ¡es que ustedes a todo le ponen sal! Recordé dicha anécdota, y pensé que tal vez el pueblo mexicano consumimos demasiada sal.
La tercera vez que fui a un asado, no lo pude evitar. Le pregunté al parrillero si la carne tenía sal o no, o si los uruguayos no la consumían. Me comentó que lastimosamente las principales causas de muerte de la población uruguaya eran dos: los problemas cardiovasculares y el suicidio. Por ello, los asados no tenían sal y solo te ponían un salero en tu mesa si expresamente lo pedías.
Después de ese asado, me fui a caminar a la rambla. El agua que corre a su lado no es precisamente salada, es agua del Río de Plata, y esa es una segunda razón por la cual digo que a Montevideo le hace falta sal, porque toda costa que yo he conocido en mi país, tiene agua de mar. El agua no es transparente, sino terrosa. Los uruguayos que fueron mis compañeros de curso me decían: es que ha llovido, normalmente el agua es clara. Pero un chico con el que conversé en el autobús me dijo que desde que él nació, nunca había visto el agua clara.
En realidad, era hermosa tal y como estaba. Terrosa, color bronce, el agua era fría y de oleaje precioso. El viento que golpeaba mi cara era fresco, muy distinto a la sensación de frescura de mar, pero no menos agradable, solo distinto. Caminar por ahí era una delicia, ¡yo lo hice por horas!
En mi caminata por la rambla vi personas correr, pasear con sus mascotas, patinar, andar en bicicleta o salir en pareja. Pero vi algo que no había visto nunca en una rambla, o al menos en la cantidad que tenía Montevideo. La rambla tenía divisiones de tres metros tal vez. Eran una especie de cubos que separaban las bancas de la rambla, como se aprecia en la siguiente imagen:

Imagen tomada de: https://www.descubrimontevideo.uy/playas-y-rambla
Bueno, en cada cubo de la rambla había una persona sola, mirando el Río de la Plata y bebiendo mate. A veces había dos personas, pero concentradas en el infinito y no en el otro ser que los acompañaba. También había gente en las bancas, pero en realidad, eran los cubos los que estaban llenos. Parecía que quien diseñó la rambla hizo exclusivamente esos cubos para la reflexión de las personas, porque la lejanía entre uno y otro permite toda la privacidad del mundo. Además, Montevideo es obscuro, tiene poca luz pública, así que eso propicia más la reflexión.
Soy una persona que tiende mucho a pensar y las ramblas (o malecones, como les decimos acá) en el mar, me inspiran a ello. El Río de la Plata no me inspiró a hacer lo que el mar sí, pero era tanta la gente que estaba haciéndolo que tenía que darme la oportunidad de probarlo también. Así que busqué un cubo. Fue difícil, porque como dije, demasiada gente está haciendo eso: mirar el río a solas y tomar mate.
Cuando por fin encontré uno solo, me di la oportunidad de parar, de permitirme tener un momento en el que no tenía un lugar a dónde ir o algo más que hacer. Lo digo porque el viaje a Uruguay lo hice por cuestión laboral, así que cuando disponía de un poco de tiempo para conocer la ciudad, quería devorarla; además soñaba con encontrar a Pepe Mujica en sus calles y charlar con él. Pero me di permiso para detenerme, sentarme en un cubo y mirar el Río de la Plata en la obscuridad y sin mate.
Lo primero que vi fue unas piedras grandes y recordé un pasaje del libro que justo se titula “La uruguaya”, de Pedro Mairal, y que me recomendó una persona que fue mi amiga hace un tiempo. Y que, por cierto, hoy es su cumpleaños (el cielo sabe que te he mandado mis buenos deseos a donde estés). Pero después de ello, me pensé en el Uruguay. Imaginé la ubicación geográfica de donde estaba… ¡casi al final del continente! Y frente a mí, el extenso Río de Plata.
Recordé mi vuelo de México a Montevideo. Por largos momentos vi pasar por la ventana del avión extensas cantidades de tierra y agua que se tradujeron en horas y horas de vuelo. Y ahora ocupaba un pequeñísimo espacio en la rambla de la Ciudad sin sal. ¿Qué era mi existencia, mi alma y mi pequeño cuerpo en el fin del continente frente a una grande masa de agua? ¡Nada! ¡no era nada! A lo sumo, podría representar ese grano de sal que podría querer Montevideo.
Aún así, no desprecié mi existencia en este mundo. El Río de la Plata me llevó a la conclusión de que más que algo insignificante, yo soy un instante. Los instantes tienen magia, oportunidades y muchas cosas buenas a la vista de quien quiera ver. ¿Yo quería ver? Sí, sí quería ver. Entonces, no minimicé los fantasmas que a veces aprisionan mi espíritu, pero sí que eran pequeños frente a lo que ya había reflexionado. Cuando terminé de pensar esa y algunas otras cosas, me distraje para ver a las personas reflexionar, ver el río y tomar mate.
¿Será está una razón por la cual algunas personas deciden quitarse la vida? No lo sé. No sé qué mueva a la comunidad uruguaya a que el suicidio sea una de sus razones para morir. Relacioné la falta de sal en los alimentos con los problemas cardiovasculares y la falta de sal del Río de la Plata que invita a los montevideanos a la reflexión. No es que sean temas conexos, solo se me ocurrió en ese momento.
Pero desde el contexto mexicano, Montevideo tiene sal, mucha sal. Toda la sal que no tienen sus asados y su hermoso río. Está en su gente, sus cortes, vinos, alfajores, dulce de leche, medio y medio, mates y empanadas. ¡A Montevideo no le falta nada!
Contacto en X: @NataliaMese

Natalia Mendoza Servín es abogada y maestra en transparencia por la Universidad de Guadalajara. Se ha dedicado a temas relacionados con transparencia, acceso a la información y privacidad, pero desde el año 2020 ha decido decirle al mundo que ama la causa de las mujeres, así que también es especialista en Estudios de Género por la Universidad Pedagógica Nacional, y ha combinado lo que le apasiona con el feminismo desde entonces. Le gusta hacer análisis jurídico y feminista de las expresiones artísticas, y lo comparte, porque nunca se sabe cuándo esas reflexiones pueden ser útiles para alguien.
