Letras que ab (sorben/sortan) | Entre sueños y soñadores

Maleni Cervantes

El día de hoy hablaré de una figura-personaje que encontré en un libro. Compartiré una visión que logré a través de la reflexión íntima (desde mi perspectiva y mi sentir) de los primeros dos capítulos de esta novela para dar un preámbulo a lo que es ser un soñador y, al final, un pequeño resumen de la historia del soñador de la novela.

Hay ocasiones en las que el corazón siente, y en ese sentir está su capacidad de ver más allá de lo acostumbrado. Ya no se trata de mirar de reojo la vieja casa de la esquina que se encuentra abandonada. No es cuestión de compartir unas palabras sin sentido con los vecinos o con el señor de la fondita.

No, las cosas dejan de ser ellas mismas, todo esto cuando el corazón se apodera de nuestros ojos, de la manera de sentir, comprender, contemplar y gozar del alrededor. Es en este punto donde nos topamos con el yo soñador.

Somos soñadores en la mañana en que el sol pinta todo de otros colores. Cuando somos capaces de ver lo que otros no pueden. Al crear un lazo cordial y empático, aunque no conversacional, con aquel extraño que comparte nuestra rutina camino al trabajo y, que, sin saberlo se vuelve parte del día con día.

También, somos soñadores al prestar atención en los mínimos detalles, al observar una flor, al saber el papel que cumple el árbol que nos da sombra frente a la tiendita de la esquina. Somos soñadores al hablar con el alma, al despertar la capacidad de asombro que dormimos por la cotidianidad. Al reír con “boberías”, al llorar por un amor no correspondido, o al imaginar un futuro feliz con la persona amada.

Yo en este punto he de confesar que mi yo soñador es quien más vive por mí. Imagina historias fantásticas que, pese a que sé y no se harán realidad, me mantienen sensible y humana, entretenida y motivada. Sin contar que gracias a esta parte surrealista de mí puedo llegar a tener mis momentos de creatividad que me sirven para escribir estas líneas para ustedes.

No obstante, hay que saber que para todo hay un límite que al cruzarlo hace difícil el regresar atrás. Donde el soñador desmedido desea dejar de serlo. Donde existe la pregunta: ¿cuál es el límite de la imaginación de un soñador y la disociación de la realidad como un problema por solucionar?

Un soñador escribe sus sueños en las nubes, en las palabras, en el viento, en el suelo que pisa. Sin embargo, hay momentos en los que se envuelve en una realidad tan fantástica y privada que, al mismo tiempo, cierra su capacidad para entablar una relación con el mundo real que lo rodea. Porque, vuelvo a repetirlo, para todo hay límites.

Un soñador puede perder la noción del tiempo, y si lo hace con regularidad, hay la posibilidad de que sus sueños se conviertan en tormentos y reproches, porque en la balanza del equilibrio todo puede costarle sus años de juventud y de vida.

Un soñador en exceso, no actúa, imagina. Por lo que, entre sueños y fantasías, todo se esfuma ante él como si de polvo se tratase. Al voltear por un recuerdo, se dará cuenta de que el recuerdo más nítido que tiene en el acervo de su memoria es el de él mirando por la ventana de su casa sin esperar nada más.

Por otro lado, estos son algunos de los problemas a los que nos enfrentamos los soñadores. Pero, ¿y cuáles son nuestros vicios?, ¿qué pasaría si habláramos de ellos?

A lo mejor nos daríamos cuenta de que los soñadores somos los más susceptibles a anhelar y desear en demasía, a crear alegrías tangibles donde sólo hay experiencias pasajeras, a montar cadenas imaginarias entre las vivencias agradables y las tristezas constantes donde le damos mayor peso al “hubiera” y no al “existe” y “tenemos”.

Los soñadores brindamos con la luna, cuando en el alma guardamos secretos ridículamente sensibles. Somos aquellos que no sabemos vivir del presente, y en el mañana nos despertamos reprochándonos por no saber vivir y saber hacer.

Entonces, aquí surgen más preguntas, ¿y de qué nos sirve la alegría?, ¿nuestra manera de gozar del entorno?, ¿de qué sirve imaginar si no sabemos vivir como está estipulado hacerlo?

Por ejemplo, yo tengo casi treinta y sigo sin comprenderlo. Sin tener respuestas al por qué me tocó ser una soñadora. Más, de colmo, fue así como llegué a una lectura que me dejó un vacío emocional severo, y eso que no me considero soñadora en exceso.

Noches blancas de Dostoyevski. Una historia que te cautiva desde un principio, con la cual puedes conocer la vida de un soñador que ha pasado todo el tiempo entre fantasías, por lo que ahora se acongoja de ello.

En ella comprendemos la parte más íntima de un soñador, el lado positivo que engloba su sensibilidad y humanidad, pero al mismo tiempo sus vicios más severos, desde el apego desmedido y la carencia de un sentido real por la vida. Ahora mezclen todo eso en un frasquito y añadan al relato la historia de un amor no correspondido que habrá de destrozarnos el alma.

Esta novela se compone del estar en el momento no indicado en la vida de alguien más, soñar en abundancia y caer en cuenta del destino desde una perspectiva trágica y desconsoladora. Tres elementos que terminan con un personaje soñador encaminado a la madurez y la depresión al asimilar su realidad en una última noche de encuentro con la mujer que amaba, para quince años después escribir sus memorias. Ahora bien, sin más que decir, porque no quiero desglosar de manera imperfecta la perfección de esta novela, les dejaré la invitación a conocer a este soñador para tomar su historia como ejemplo de lo que es soñar en grandes cantidades…

Maleni Cervantes (1997) nació en Yahualica, Jalisco. Actualmente, es egresada de la Licenciatura en Letras Hispánicas por parte de la Universidad de Guadalajara. Como autora ha participado en distintos proyectos, entre los más destacados se encuentra su columna de opinión “Vagando por las calles” en la revista de Engarce donde trata temas de cultura mexicana. Por otro lado, ha publicado cuentos en diversas plataformas, por ejemplo, en el libro Bajo el paraguas o en la revista electrónica Letralia. Además, ha sido tallerista de escritura creativa para estudiantes de preparatoria por parte de Luvina, la revista literaria de la UdeG.

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