Breve crónica nostálgica y musical con Gloria Trevi, la de los 90’s.
Por Liana Pacheco

En la década de los noventa, con poco temor a equivocarme, no hubo un hogar mexicano que no viera en la pantalla de su televisor a una jovencita llamada Gloria Trevi. Mi casa no era la excepción, pero el juicio crítico de mi abuela me impedía externar la emoción que me provocaba esa desgarbada figura de ropa deshilachada, cabello alborotado. Yo era una niña educada con lineamientos católicos y tradicionales que me exigían ser “juiciosa”; por fortuna, los medios de comunicación de esos años me brindaban un vistazo a la música, vídeos, presentaciones y películas de “La Trevi”.

Una tarde de sábado, de esos lejanos 90’s, mi abuela y madre fueron requeridas en la casa de “Tía Chepita”, la vecina que vivía en la cuadra de junto. Una menuda mujer con arrugas encarnadas en su rostro, pero de pies ligeros que recorrían las calles de la colonia, emocionada por compartir o buscar algún chisme. En cuanto llegamos se percibía el ambiente lúgubre. “Está muy grave, dijo el doctor que no pasa de esta noche”, mi madre hablaba con las hijas de la enferma, en voz baja, pausada y cargada de preocupaciones. “Que vaya a jugar con las niñas” dijo alguien, refiriéndose a mí. Las niñas eran un grupo conformado por las nietas de la enferma, con edades similares a la mía.

Estaban en el cuarto contiguo, alrededor de un televisor, en cuanto me vieron me abrieron un espacio entre ellas, “andamos viendo una película de La Trevi”. Mi pecho saltó de emoción y temor al unísono. Aunque ya no recuerdo si la película era de las cintas VHS o de tele abierta, pero por la trama sé que era la de “Zapatos viejos”. Las horas transcurrieron, para nosotras, en una entretenida complicidad de risas, canciones por las escenas que nos tenían encantadas. En cambio, en el cuarto de junto, se escuchaban llantos y algunas voces de enfado, pero la salud de la “Tía Chepita” poco nos distrajo, hasta que avisaron que había llegado el Padre y nos ordenaron ir a saludarlo.

Era el sacerdote de la iglesia de la colonia, un gallego de mirada firme, que contrastaba con su carácter amable. “Viene a ponerle Los Santos Óleos”. “¿Qué es eso?” preguntó una de nosotras, “algo que le ponen para que se muera pronto”. En expectación observamos cómo el Padre le ungió un líquido en su rostro y frente, al momento que oraba por su alma y perdonaba sus pecados. Hasta ese instante, la tristeza hizo presencia en mi pecho, la mujer postrada era alguien que siempre me daba una palabra gentil o un consejo; sin embargo, esa melancolía se diluyó cuando el sacerdote salió de la casa y nosotras volvimos en torno al televisor y las sintonías de “voy a traer el pelo suelto”.

Horas después, un par de vecinos entraron a la casa, llevaban cerveza argumentando que al ver personas reunidas, pensaron que era una fiesta, luego se disculparon y permanecieron un rato solidarios con la preocupación que se respiraba en la sala. Cerca de medianoche nosotras volvimos a la casa, la sentencia de un familiar fue “sólo nos queda esperar que pase lo que tenga que pasar”. Sentí alivio de que mi madre no indagó a qué jugué con las demás niñas. El resto de la noche no ocurrió nada relevante y conforme transcurrieron los días “Tía Chepa” se recuperó.

Años después de esta noche, el sacerdote que le puso Los Santos Óleos, falleció. Se ofició una misa en la parroquia a la que acudimos algunos vecinos, “Tía Chepa” estaba entre las primeras filas.
Años después, aquella irreverente cantante de pelo alborotado, medias rotas y zapatos viejos se vio entre un escándalo de trata de menores que la llevó a pasar un tiempo en la cárcel.
Años después, sin embargo, “La Trevi” retomó su carrera musical, fiel a su talento y deseo por triundar. La opinión se dividió entre quienes la consideran culpable y los que no. Yo veo a una adolescente seducida por el anhelo de fama, cuyo mentor terminó aprovechándose del talento musical e ingenuidad de esa niña.
Años después, acudí al catecismo para Confirmación. Ahí nos dijeron que los Santos Óleos no necesariamente se ponen a los que están en agonía. También a los enfermos o quienes tendrán una cirugía. “Tía Chepita” fue mi madrina de confirmación.
Años después, específicamente en febrero del 2020, falleció “Tía Chepa”. Semanas antes de eso, la encontré en la calle, me abrazó y me dijo que me cuidara, sobre todo de los hombres, que ya para este tiempo no son necesarios. Fue la última vez que la vi.
Años después de aquella noche de sábado, precisamente en el invierno del 2023, acudí a un concierto de Gloria Trevi. A pesar de no conocer su nuevo repertorio musical, cuando entonó sus éxitos noventeros como “Pelo suelto” y “Doctor psiquiatra”, mi pecho se emocionó en la nostalgia infantil de verme cantando y saltando a escondidas de la abuela esas líneas de: “Voy a traer el pelo suelto. Voy a ser siempre como quiero. Voy a olvidarme de complejos. A nadie voy a tener miedo… Voy a ser siempre como soy”.
